Apres-coup_Nº8_articulo_5
Entre un psicoanálisis razonable y un psicoanálisis razonado: la subjetividad psicológica en el psicoanálisis americano actual (1)*
Hélène Tessier
La razón y el psicoanálisis mantienen relaciones complejas. Entre la parte de razón que Freud reconocía en la locura (2) y la sospecha que el psicoanálisis siempre ha mantenido respecto a la racionalidad, se intercala la elaboración metapsicológica, mediante la cual el psicoanálisis se esfuerza no solo por dilucidar los fenómenos a los que se enfrenta, sino también por explicar su propio modo de acción.
Por lo tanto, en psicoanálisis los vínculos entre razón y locura son plurales. Recuerdan la historia de la disciplina, sus curas célebres y varias de sus grandes figuras históricas. Pero, sobre todo, evocan la tensión que tradicionalmente caracteriza las relaciones entre el objeto de estudio del psicoanálisis y su forma de dar cuenta de él. Así, Pontalis describía a Freud como un “hombre de la Ilustración” que quería someter «a la ley del lenguaje el mundo oscuro del Sturm und Drang, el mundo de las pulsiones y de los goces ignorados, de los tormentos del alma, de la locura oculta» (Pontalis, 1990). Ya en 1929, Thomas Mann —muy sensible a la resistencia que cierta visión del psicoanálisis podía oponer al irracionalismo que pronto triunfaría en Alemania— insistía en que el psicoanálisis se inscribía en la continuidad del racionalismo de la Aufklärung. En el homenaje que escribió en honor a Freud, describía el clima cultural resultante de «la singular conjunción psicológica de incredulidad y odio hacia el espíritu» que acompañaba el ascenso del nazismo en Alemania. «En nuestros días», escribió, «se afirma por todas partes una voluntad anti-idealista y anti-intelectual, una voluntad de quebrar la primacía del espíritu y de la razón […], de restablecer triunfalmente en su derecho vital primitivo a las fuerzas de las tinieblas y de las profundidades abisales, a lo instintivo (Das Instinktive) y a lo irracional». A esta tendencia, Thomas Mann oponía el psicoanálisis, cuya exploración «de lo demoníaco y de los dominios nocturnos del alma» no provenía de «un interés servil por el instinto (für den Trieb)». Al contrario, le parecía guiado por un elemento de orden espiritual que lo preservaba de ser deformado «con fines hostiles al espíritu» y que limitaba «su anti-intelectualismo al ámbito del conocimiento, sin dejar que invadiera la voluntad». Según Thomas Mann, Freud otorgaba a la sexualidad una «espiritualidad revolucionaria» que revelaba el estrecho parentesco del psicoanálisis con la filosofía del conocimiento, con la que compartía especialmente la búsqueda de «un nuevo orden de vida fundado en la toma de conciencia, la libertad y la verdad» (1929).
Esta descripción un tanto lírica del psicoanálisis correspondía más a un deseo que a una constatación de Thomas Mann. A pesar de la admiración que sentía por Freud y por su método de investigación, seguía preocupándole la facilidad con la que el psicoanálisis podía inscribirse en la corriente contemporánea de apoliticismo antirracionalista, heredera de una atmósfera romántica «de cruces de muerte, de tumbas» (1938), y cuyas consecuencias para la cultura y la vida social temía. Sin embargo, un pasaje de La montaña mágica (1924) —donde, por cierto, se expresa un personaje cuyas posturas progresistas suelen ser caricaturescas— ilustra bien esta oposición:
«—¿Está usted mal dispuesto hacia el análisis?
—No siempre. Tan pronto muy mal como muy bien, ingeniero. […] El análisis es bueno como instrumento de progreso y de civilización; es bueno en la medida en que sacude convicciones estúpidas, disipa prejuicios naturales y socava la autoridad; en una palabra, en la medida en que libera, afina, humaniza y prepara a los siervos para la libertad. Pero es malo, muy malo, en la medida en que impide la acción, socava las raíces de la vida y es incapaz de darle forma. El análisis puede ser algo muy poco apetecible, tan poco apetecible como la muerte, de la que en realidad depende; está emparentado con el sepulcro y con su anatomía viciada».
En este contexto cultural de inquietud provocada por el auge del irracionalismo, los psicoanalistas que se convertirían en los líderes de la psicología del yo estadounidense abandonaron, a partir de 1938, Austria, Alemania y Hungría para establecerse finalmente en los Estados Unidos. Heinz Hartmann, Ernst Kris, Rudolph Löwenstein, Edith Jacobson, Margaret Mahler, David Rapaport y Otto Fenichel pertenecían a diversas corrientes culturales, pero compartían una concepción racionalista del psicoanálisis. En sus esfuerzos sostenidos por convertirlo en una psicología general, fomentaron la investigación sistemática de fenómenos que, aun escapando a la razón, debían poder ser explicados por ella en términos científicos. El interés que los psicólogos del yo mostraban por el yo también procedía de esta preocupación por la racionalidad. De hecho, los psicólogos del yo se basaron en la segunda tópica de Freud y la desarrollaron desde una perspectiva positivista. Asimismo, adoptaron una visión decididamente optimista del psicoanálisis, descartando de la teoría freudiana tanto las referencias lamarckianas —las tesis filogenéticas— como la pulsión de muerte (Bergmann, 2000).
En el psicoanálisis estadounidense actual suele exagerarse injustificadamente la influencia de la psicología del yo, sobre todo la de Hartmann y sus colaboradores. Es cierto que, entre 1945 y 1960, la psicología del yo ejerció una verdadera hegemonía en los Institutos de psicoanálisis más importantes. También es cierto que la orientación optimista de la psicología del yo, la afirmación de una zona autónoma del yo y el concepto de adaptación —con su corolario, el average expectable environment, que daría lugar a la good enough mother de Winnicott—, han dejado huellas duraderas en el psicoanálisis estadounidense. Sin embargo, no es menos cierto que cuando Hartmann y sus colaboradores llegaron a los Estados Unidos, el psicoanálisis estadounidense ya contaba con sus propias tradiciones. El pragmatismo, el irracionalismo, el conductismo, la práctica psicoterapéutica y el funcionalismo psiquiátrico constituían sus influencias formativas. Así, la pasión de los psicólogos del yo por la metapsicología, su apego al vocabulario técnico, su compromiso con la elaboración teórica y su interés científico por la tópica no se implantaron de forma duradera en suelo estadounidense. El anti-intelectualismo de la tradición norteamericana llevó al psicoanálisis en direcciones totalmente distintas, en las que se encuentra actualmente.
Un psicoanálisis razonable
El psicoanálisis estadounidense es un psicoanálisis razonable en la medida en que, por lo general, ha sabido estar en sintonía con las expectativas sociales depositadas en él (3). Así, actualmente reacciona a la pérdida de interés de la que es objeto haciendo valer su complementariedad con los enfoques neurocientíficos y cognitivistas predominantes, al menos en el mundo anglosajón. Esta orientación, sin embargo, no resulta sorprendente si se tienen en cuenta dos elementos propios de su historia: por un lado, sus estrechos vínculos con la psicología científica, las prácticas psicoterapéuticas y las corrientes psiquiátricas y, por otro, el lugar central que hoy ocupan en él las escuelas intersubjetivistas y las teorías del apego.
Del inconsciente a los estados de conciencia y de la interpretación a la relación
El psicoanálisis estadounidense le debe mucho al pragmatismo de James, especialmente por su influencia sobre el funcionalismo en psiquiatría (4). La corriente funcionalista representaba una tendencia dominante del psicoanálisis cuando llegaron los psicólogos del yo, que no se adherían a ella en absoluto. En efecto, el funcionalismo pragmatista tomaba como objeto los estados de conciencia; no enfatizaba tanto las estructuras de la conciencia ni su realidad neurobiológica, sino sus funciones, en particular la del conocimiento, al que concebía como una respuesta adaptativa a los problemas planteados por el medio. Harry Stack Sullivan, fundador de la escuela interpersonal —cuya influencia en la orientación intersubjetivista sigue siendo muy significativa hoy en día—, también se remitía a los principios del pragmatismo. En su labor a comienzos de la década de 1930, en un contexto de crisis económica que lo llevaba a buscar las causas de la psicopatología en el entorno, Sullivan insistía particularmente en la importancia de los factores relacionales en la génesis de los trastornos mentales. Además, rechazaba la idea de pulsiones generadoras de conflictos y, como los intersubjetivistas contemporáneos, atribuía la acción terapéutica del psicoanálisis a la relación en sí misma entre el analista y su paciente. Según Sullivan, el objetivo de la psicoterapia psicoanalítica era permitir la expansión del self mediante una mejor integración de los datos de la experiencia vivida. Aquí volvemos a encontrar la influencia de James, para quien el flujo de conciencia —“stream of consciousness”—, fuente de los procesos de conocimiento, toma forma en la experiencia vivida (Tessier, 2000).
Aunque Sullivan no era psicoanalista, se le consideraba como tal y figuraba como disidente del movimiento psicoanalítico de la época. Ejerció una influencia considerable en los círculos psiquiátricos y psicoterapéuticos, al igual que su contemporáneo Alexander, también cercano a las corrientes relacionales actuales. El nombre de Franz Alexander (5) se vincula principalmente a las modificaciones de la técnica analítica que se asocian al término “experiencia emocional correctiva” (corrective emotional experience). Estas modificaciones buscaban desmentir las expectativas transferenciales del paciente, oponiéndoles la calidad afectiva de su relación con el analista. Según Alexander, el psicoanálisis funcionaba más por el apoyo afectivo que brindaba al paciente que por su técnica asociativa o por el manejo de la palabra: los afectos compartidos en el marco de la relación permitían modificar las distorsiones resultantes de los procesos inconscientes y ofrecer al paciente la oportunidad de aprender nuevas modalidades de relación (Tessier, 2005).
Los psicólogos del yo estaban profundamente en desacuerdo con estas posturas, que gozaban de gran aceptación en los círculos clínicos estadounidenses. Así pues, conviene insistir en la ambigüedad del contexto donde se impuso la psicología del yo: su enseñanza se apoyó en una práctica psicoanalítica bastante desvinculada de la metapsicología y centrada esencialmente en problemas clínicos, sin que nada indique que la teoría llegara a calar verdaderamente en ella. Dicho de otro modo, las preocupaciones racionalistas y positivistas de la psicología del yo se superpusieron a una práctica que —al igual que hoy— reducía los fenómenos inconscientes a su dimensión descriptiva y cognitiva, considerándolos responsables de perturbaciones en los procesos de conocimiento, especialmente en el registro afectivo. Un psicoanálisis de este tipo no se interesaba demasiado por su propia acción desde la perspectiva de la razón, sino que evaluaba sus resultados basándose en el carácter inefable de la autenticidad de la experiencia vivida. Desde este punto de vista, se aproximaba a los movimientos de curación mental (mental healing) de principios del siglo XX y se situaba en la filiación irracionalista del psicoanálisis estadounidense, que hoy sigue estando muy bien representada en las escuelas relacionales contemporáneas (Hale, 1971; Tessier, 2005). Así, Hoffman, un representante de la escuela intersubjetivista actual, suele recordar que el análisis funciona como ciertas prácticas místicas; sobre este punto se remite a Freud, pero también al pensador romántico Friedrich Schlegel, en quien se inspira para describir el aspecto “mágico” de la autoridad del analista. Este formaría parte de un componente dinámico que solo actuaría en la medida en que permanezca al margen de todo análisis racional (Hoffman, 1992; 1994).
Los psicólogos del yo también sostenían que ciertos cambios producidos durante el análisis no debían ser analizados. Este principio de “reserva interpretativa” constituía un corolario de las posturas de la psicología del yo sobre la existencia de una zona libre de conflicto y sobre las funciones autónomas del yo. En efecto, para los psicólogos del yo solo los elementos conflictivos debían someterse a la interpretación psicoanalítica. Sin embargo, la verdadera inclinación por lo “inanalizable” se encuentra sobre todo en las corrientes relacionales, en la medida en que hacen de la relación interpersonal el motor de la acción terapéutica del psicoanálisis. Löwald (6), seguido en esto por varios intersubjetivistas actuales, sostenía, en particular, que el componente relacional que actúa a nivel terapéutico está formado por elementos irracionales que, por definición, quedan excluidos de la actividad interpretativa, e incluso del trabajo de desligazón (Wallerstein, 1992; 1995).
Esta práctica psicoanalítica —basada a la vez en una visión cognitivista de los estados de conciencia, en una concepción afectiva del inconsciente y en un método psicoterapéutico desvinculado de los procesos asociativos/disociativos— ya era característica de las formas que había adoptado el psicoanálisis estadounidense antes de la llegada de los psicólogos del yo. En consecuencia, fueron precisamente estas características las que, con ocasión de la Segunda Guerra Mundial, colocaron al psicoanálisis en un lugar destacado dentro de la psiquiatría estadounidense. En efecto, la guerra desempeñó un papel decisivo en el éxito del psicoanálisis estadounidense por dos razones. Por un lado, contribuyó a convencer a los psiquiatras de la importancia del entorno y de las experiencias de vida como factores patógenos, tesis defendida por los psicoanalistas estadounidenses de la primera generación, mayoritariamente opuestos a las explicaciones organicistas. Por otro lado, varios psicoanalistas ocuparon puestos de mando en el ejército (7). Aunque los psicólogos del yo del entorno de Hartmann (8) no contribuyeron realmente a la expansión del psicoanálisis durante la guerra, se beneficiaron de ella en la medida en que favoreció la difusión de la psicología del yo en los círculos psiquiátricos (Bergmann, 2000; Hale, 1985).
Retorno a la neurobiología: el origen natural de la subjetividad psicológica
El declive del psicoanálisis en los Estados Unidos comenzó hacia finales de la década de 1960. La psiquiatría abandonó gradualmente la perspectiva ambientalista que la había acercado al psicoanálisis para regresar a un enfoque somático de los trastornos mentales. Este retorno a la biología vino acompañado de la exigencia de cuantificar los beneficios respectivos de las distintas terapias, algo que el psicoanálisis difícilmente estaba en condiciones de satisfacer. La pérdida de influencia del psicoanálisis se tradujo oficialmente en la supresión, en 1983, de la referencia a las psiconeurosis como categorías diagnósticas en el Manual diagnóstico y estadístico (DSM) de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense (Hale, 1985).
En este contexto, el interés actual de varios psicoanalistas estadounidenses por las neurociencias responde en parte a preocupaciones prácticas. Consideran esencial que el psicoanálisis se dote de instrumentos de investigación reconocidos por la comunidad científica para que resulte más fácil demostrar su eficacia comparativa y sus verdaderas fortalezas y ventajas. Las neurociencias, así como las ciencias cognitivas, se prestan a la investigación experimental tal como se lleva a cabo hoy en día. El acercamiento entre el psicoanálisis y las neurociencias también facilita las relaciones entre psicoanálisis y psicofarmacología, y responde, además, a las expectativas de un cierto número de psicoanalistas, no solo estadounidenses. Sin embargo, antes de adoptar las herramientas de investigación de estas disciplinas, el psicoanálisis debe aclarar primero en qué medida comparte con ellas conceptos y campos de interés (Tessier, 2005).
La neurobiología contemporánea estudia los afectos. Los psicoanalistas que intentan acercar el psicoanálisis a la neurobiología se refieren especialmente a los trabajos sobre la detección de emociones inconscientes y el sustrato anatómico de la empatía (9). Por otra parte, la neurobiología no se centra únicamente en los factores endógenos; insiste cada vez más en la relación entre el entorno y los datos genéticos. Desde esta perspectiva, los psicoanalistas que intentan integrar el psicoanálisis y las neurociencias consideran que el primero podría contribuir útilmente al desarrollo de estas últimas. En efecto, cuando las disciplinas neurocientíficas evalúan el impacto del entorno en las estructuras neurológicas o en la activación del potencial genético, tienden a asimilar el entorno a los hechos objetivos que se producen en él. Para el psicoanálisis, por el contrario, no sería tanto el entorno lo que influiría en las estructuras internas del individuo, sino la manera subjetiva en que el individuo experimenta ese entorno. Los trabajos psicoanalíticos sobre la teoría del apego, que hoy ejercen una influencia significativa en el psicoanálisis estadounidense, se interesan particularmente por este aspecto de la cuestión, por las relaciones entre experiencia vivida, activación genética y modificaciones neurofisiológicas. Peter Fonagy, por ejemplo, insiste mucho en las relaciones entre el vínculo de apego y la modificación del potencial genético o de las estructuras cerebrales. Puesto que, en su opinión, la subjetividad constituye el eslabón débil del modelo propuesto por las neurociencias, el psicoanálisis podría subsanar esa laguna de las disciplinas científicas, en la medida en que su campo de acción y su objeto de estudio se centran en los diferentes componentes de las representaciones que generan una vivencia subjetiva (felt experience) en el individuo (Fonagy, 2003a; 2003b).
Esta posición sobre el psicoanálisis también implica una posición sobre el inconsciente. ¿La noción de inconsciente sigue siendo pertinente para definir la subjetividad, si esta última se define esencialmente en términos proyectivos, en función de la vivencia subjetiva del individuo? Desde la perspectiva de Fonagy, la subjetividad es lo que califica, deforma o modula la realidad del acontecimiento vivido. Así, la subjetividad se inserta en una teoría psicológica del conocimiento donde la noción de inconsciente solo serviría para dar cuenta de un aspecto de los procesos cognitivos, particularmente su componente afectivo. Esta es la concepción de la subjetividad que predomina en el psicoanálisis estadounidense actual y que se manifiesta a la vez en los enfoques neurocientíficos, las teorías del apego y las escuelas relacionales e intersubjetivistas, consideradas complementarias. En efecto, aunque las escuelas relacionales e intersubjetivistas no se interesan directamente por los vínculos entre psicoanálisis y neurociencias, comparten con estas y con su corolario, las teorías del apego, una concepción común del origen de la subjetividad: las tres orientaciones conciben la subjetividad dado que, a partir de un sustrato natural, se desarrolla gracias a la maduración, a las relaciones intersubjetivas y a un conjunto de factores ambientales.
Por lo demás, estas teorías siguen vinculadas a un esquema tradicional y esencialista de la realidad: de un lado, la realidad objetiva, cuyo conocimiento auténtico es imposible para el individuo, que solo puede aprehenderla a través de sus esquemas proyectivos e introyectivos; por otro, la única realidad que cuenta para él: la que se construye o elabora subjetivamente en una relación intersubjetiva. Esta posición tiene consecuencias para la práctica: al igual que sus predecesores, que situaban la relación terapéutica en el primer plano de los factores de cambio en psicoanálisis, los psicoanalistas de orientación relacional —incluidos quienes hacen referencia a las teorías neurocognitivas o a las teorías del apego— también consideran que el psicoanálisis funciona porque brinda al paciente la oportunidad de crear nuevas modalidades de relación. En el marco de la situación terapéutica, estas podrán favorecer la sustitución de las antiguas estructuras que las teorías del apego consideran codificadas en la memoria procedimental.
Así, si exceptuamos la psicología del yo desarrollada por Hartmann y sus colaboradores, observamos una continuidad en los intereses del psicoanálisis estadounidense. Esta se manifiesta en la atención constante que presta a las relaciones interpersonales y a sus vicisitudes afectivas. Esta característica contribuyó a reforzar los vínculos entre la cultura popular y el psicoanálisis, que durante mucho tiempo gozó de una amplia difusión en diversos ámbitos. Ahora que los enfoques naturalistas de la vida emocional y de la psicopatología han desplazado las perspectivas que el psicoanálisis había contribuido a popularizar, la insistencia en las relaciones, las emociones y los afectos sigue resultando una orientación práctica y razonable ya que, en el panorama científico actual, estos tres aspectos constituyen los elementos más adecuados para establecer un puente entre el psicoanálisis y las neurociencias.
Un psicoanálisis razonado
Se ha dicho que la escuela intersubjetivista estadounidense representó la transición de la pulsión a los afectos (Stolorow, 1991). Es cierto que la noción de pulsión dejó de ser un concepto central en el psicoanálisis estadounidense desde el declive de la psicología del yo y que, en la práctica, las orientaciones relacionales actuales ya no se refieren a ella. Sin embargo, cabe precisar que la confusión entre instinto y pulsión —debida en parte a la traducción del alemán al inglés— no es la única responsable de esta situación. La traducción inglesa de Trieb por instinct ciertamente favoreció el vínculo de continuidad entre etología y psicología que plantean las teorías del apego, facilitando, además, la descripción naturalista de la génesis de la subjetividad y la reincorporación de los procesos de conocimiento al campo de las ciencias neurocognitivas. Sin embargo, esa explicación no basta, ya que el término instinct no era el único utilizado en los Estados Unidos para traducir la palabra Trieb: los psicólogos del yo también recurrían al término drive para verter la noción de pulsión, y la psicología del yo se definía como una drive theory (o drive/defense theory). Así pues, el desinterés por la noción de pulsión, y por la de inconsciente reprimido —que le es correlativa—, obedece también a otros factores. Debe buscarse del lado de la sexualidad en psicoanálisis, de su papel y su definición.
Socioconstructivismo y sexualidad: la contrapartida de una crítica epistemológica
Es habitual describir el psicoanálisis estadounidense como un psicoanálisis desexualizado. Sin embargo, esa afirmación presupone un acuerdo sobre qué sería un psicoanálisis no desexualizado, lo que ciertamente no ocurre en el mundo psicoanalítico (Laplanche, 1999, 2003).
Es cierto que la sexualidad no figuraba en el primer plano de las preocupaciones clínicas de las escuelas interpersonales anteriores a la psicología del yo, ni de la escuela estadounidense de las relaciones objetales que tomó su relevo. Sin embargo, no sucedía lo mismo con la psicología del yo: aunque los trabajos de Hartmann y sus colaboradores también fueron asociados con un psicoanálisis «desinfectado» (sanitized) (Kernberg, en Bergmann, 2000) —en referencia, sobre todo, a su labor de sistematización teórica y al estilo técnico de sus escritos—, no fue porque hubieran descartado de sus concepciones el inconsciente reprimido o la sexualidad. Los psicólogos del yo apoyaban su metapsicología en la segunda tópica de Freud, que ya planteaba una visión psicológica del aparato psíquico y reforzaba la perspectiva genética. En efecto, según este modelo, todo lo consciente ha sido primero inconsciente y el yo se desarrolla a partir del ello. De acuerdo con esta tesis, los psicólogos del yo postulaban la existencia de pulsiones de origen endógeno, presentes desde el nacimiento, y de un inconsciente ahistórico cuyos contenidos preexistían a lo reprimido individual. Por ello, el inconsciente dinámico ya no era lo único en juego, y la represión —concebida ahora como siempre defensiva y secundaria— se explicaba por la atracción ejercida por los contenidos inconscientes preexistentes, atracción responsable también del funcionamiento específico de sus derivados.
Pero el inconsciente de los psicólogos del yo no dejaba de ser un inconsciente «sexual», al menos en el sentido, a menudo cuestionable, que el psicoanálisis clásico daba a ese término. El tratado de Fenichel (10) (1953) sobre la teoría psicoanalítica de las neurosis es ejemplar a este respecto: en efecto, en él la etiología sexual, la escena primitiva, las zonas erógenas, los estadios psicosexuales y las referencias a los derivados de las pulsiones inconscientes ocupan un lugar preponderante. Sin embargo, para Fenichel se trata de una pulsión previsible, que se inscribe en el marco positivista mediante el cual los psicólogos del yo buscaban asegurar al psicoanálisis un lugar respetado en una psicología general.
Durante las décadas de 1950 y 1960 (11), la cuestión de la sexualidad pasó a vincularse estrechamente con la de los estadios del desarrollo, tomando como referencia los Tres ensayos de teoría sexual de Freud (1905) (12). En ellos la sexualidad infantil aparecía en un doble contexto: por una parte, en la descripción de las zonas erógenas y del sustrato biológico de la pulsión sexual (drive); y, por otra, como en Fenichel, en las descripciones psicopatológicas formuladas en términos de fijación a los estadios del desarrollo psicosexual. Además, la diferencia de los sexos ocupaba un lugar importante en las interpretaciones clásicas: el complejo de castración y la envidia del pene (penis envy) solían servir de marco para la escucha de las asociaciones del paciente. En general, los psicoanalistas estadounidenses de la época consideraban la envidia del pene y el complejo de castración como elementos clave de la interpretación psicoanalítica, al igual que la referencia a la genitalidad formulada en términos del complejo de Edipo y del fracaso de su resolución.
Estos elementos, especialmente el Edipo, el complejo de castración y la envidia del pene, fueron objeto de las críticas de socioconstructivistas como Schafer y Spence, antes de ser cuestionados también por los intersubjetivistas. Los representantes de estas corrientes denunciaron el uso sexista y falsamente científico de las referencias sexuales que, a su juicio, ponía de manifiesto dos problemas epistemológicos fundamentales del psicoanálisis clásico: la transformación de la adhesión a una simple teoría en una verdad científica y la creencia en la objetividad de unas impresiones subjetivas, a su vez dictadas por el esquema teórico elegido por el intérprete. Además, Schafer destacó el carácter determinante de la afiliación teórica del analista, tanto en su escucha —aunque fuera flotante— como en el material aportado por el analizado. «All psychoanalytic narratives are system-bound», escribe Schafer (1983). Desde esta perspectiva, cuestionó los cánones del psicoanálisis de su época sobre la sexualidad femenina, así como las interpretaciones, a menudo estereotipadas, a las que daban lugar. También subrayó el carácter esencialmente subjetivo del conocimiento en psicoanálisis y el papel fundamental del contexto y del intérprete en la elaboración del sentido. De este modo, Schafer se oponía al dualismo sujeto/objeto —característico, entre otros, del positivismo de los psicólogos del yo—, según el cual el analista podía ocupar la posición de un observador más o menos neutro, capaz de extraer conclusiones objetivas a partir del material que se le presentaba.
La escuela intersubjetivista retomó la cuestión de la subjetividad para convertirla en el tema central del psicoanálisis. Además del enfoque de Schafer, para quien la intencionalidad del sujeto debía reflejarse en cada uno de sus actos psíquicos (Schafer, 1976) (13), en la concepción intersubjetivista de la subjetividad también encontramos la hipótesis fenomenológica de la continuidad entre el cuerpo y el cuerpo vivido; de ahí la importancia considerable que esta orientación concede a las impresiones, sensaciones y emociones del analista para la interpretación del conjunto del proceso analítico. La noción de inconsciente, sumamente cuestionada por varios de sus representantes, se reduce, para la mayoría de ellos, a aquello de lo que el individuo no es consciente (unawareness) y a lo que no es percibido. En cualquier caso, existe acuerdo en definir los procesos inconscientes como manifestaciones a la vez afectivas y subjetivas.
Por otra parte, la escuela intersubjetivista defiende una noción de subjetividad que presenta varios rasgos funcionalistas, lo que sitúa a esta orientación dentro de la corriente pragmatista de las filosofías de la mente: la función de la subjetividad se asimila a la de la conciencia y se ejerce concretamente a través del conocimiento. Así pues, la subjetividad que interesa a los intersubjetivistas corresponde a la subjetividad psicológica, en su relación con el conocimiento y la proyección. Esto se aprecia en las cuestiones que les preocupan: ¿la transferencia constituye o no una distorsión de la realidad? ¿Hasta qué punto la percepción del analista o del analizado corresponde a elementos reales? ¿Es la subjetividad irreductible? ¿Cuál es el estatuto de la realidad out there? ¿Acaso la realidad efectiva no se reduce a la co-construcción a la que da lugar?
Estas preguntas, eminentemente razonables, nos alejan de los procesos primarios, de la resistencia y de lo que constituye la especificidad de los modos de expresión de los procesos inconscientes. En efecto, para los intersubjetivistas, los derivados pulsionales —si alguna vez se refieren a ellos en estos términos— no se presentan de un modo cualitativamente diferente al de las manifestaciones del yo. No resisten al sentido ni a la comunicación. Por el contrario, las relaciones intersubjetivas permiten elaborar su significado de manera tal que, sin cambiar de naturaleza, pueden encontrar nuevamente su lugar en una estructura narrativa abierta a otras modalidades de relación. Se trata, entonces, de un enfoque razonado del psicoanálisis en la medida en que la alteridad de los derivados del inconsciente y su «inquietante extrañeza», además de la sexualización sadomasoquista de la repetición, son reducidas a sus dimensiones afectivas, mediadas por una relación interpersonal.
En este contexto, la subjetividad se asimila a la individualidad psicológica y la inter/subjetividad se presenta como la condición previa para la constitución de la subjetividad, de acuerdo con la fórmula clásica según la cual el nosotros precede al yo.
Esta última perspectiva favorece el acercamiento entre las escuelas relacionales, las teorías del apego y las neurociencias, cuyas vertientes psicoanalíticas también se han desarrollado sin reconocer a la sexualidad función alguna en la constitución de la vida psíquica. Así, las teorías psicoanalíticas del apego, en la línea de las filosofías analíticas y de las filosofías de la mente, definen el inconsciente como un dato originario, cuyos fundamentos neurofisiológicos se confunden con los de la memoria procedimental. Sobre este último punto, Fonagy se apoya en trabajos que buscan demostrar que las experiencias tempranas se almacenan en zonas cerebrales distintas e independientes de aquellas donde se codifican y recuperan los recuerdos. En este contexto, las teorías del apego otorgan, con razón, una importancia decisiva a la distinción entre memoria procedimental, por definición sin contenido (content-free), y memoria declarativa, ya que el sustrato neurológico de la memoria procedimental constituiría el lugar donde se inscribirían las modalidades de relación que se encuentran en la base de las estructuras psíquicas organizadoras del comportamiento. Debido a la inmadurez neurofisiológica del niño, las experiencias vividas en su relación con los adultos y con el entorno se situarían primero en la esfera de lo no experimentado psíquicamente y, por lo tanto, corresponderían a la memoria procedimental. La calidad de los vínculos de apego sería entonces determinante para permitir el paso de esa experiencia no experimentada psíquicamente al reflexive self, portador de la capacidad de mentalización (Fonagy, 1999). En consecuencia, la terapia psicoanalítica buscaría crear las condiciones en las que podrían construirse nuevas configuraciones relacionales destinadas a sustituir a las antiguas, construidas sobre la base de contenidos inadecuados elaborados en el pasado y conservados en la memoria declarativa como consecuencia de los déficits relacionales vividos por el niño.
¿La razón del más fuerte siempre es la mejor?
El acercamiento entre las ciencias cognitivas, las teorías del apego y la corriente intersubjetivista muestra que el psicoanálisis estadounidense actual atribuye a las funciones de autoconservación un papel central en la génesis de la subjetividad. Esta perspectiva pone de manifiesto el doble aspecto de su carácter razonado. Por un lado, se interesa por una subjetividad psicológica, movida por una forma de racionalidad de los afectos que la vuelve maleable por efecto de la relación terapéutica. Por otro lado, esta subjetividad no se encarna en instancias psíquicas que se oponen entre sí, sino en un self unificado que refleja el carácter no conflictivo de las funciones adaptativas de las que procede.
Al abandonar el inconsciente sexual, el psicoanálisis estadounidense actual ha racionalizado su objeto de estudio. También lo ha simplificado considerablemente. De este modo, al negarse a considerar aquello que, en el ser humano, se resiste al sentido, al progreso y hasta a la vida, ha adoptado, paradójicamente, una actitud irracionalista. Es cierto que, en general, el psicoanálisis se ha mostrado decepcionante en su manera de abordar la sexualidad y dar cuenta de las fuerzas que hacen que el yo no sea dueño en su propia casa. Aunque la apertura de las escuelas relacionales a las tesis culturalistas y las teorías feministas ya no les permitía adherirse al falocentrismo del psicoanálisis clásico, su crítica de la perspectiva psicoanalítica sobre la sexualidad y su oposición a los prejuicios sexistas y a los estereotipos de género no las liberó de las concepciones tradicionales en la materia, ligadas a la genitalidad y a la diferencia de sexos. Simplemente las llevó a dejar de lado esas cuestiones y a negarse a considerar el papel de la sexualidad infantil en la formación de la vida psíquica.
El psicoanálisis estadounidense no es, desde luego, el único que ha adoptado una actitud razonable en materia de sexualidad. El biologicismo de la pulsión, la referencia al Edipo y a la castración como complejos inconscientes, la confusión entre sexualización y sexuación constituyen otros tantos intentos de domesticar el campo de lo sexual y reintegrarlo en un marco normativo. Desde esta perspectiva, el psicoanálisis estadounidense ha seguido, por vías diferentes, el camino de la reunificación del sujeto que también tomaron otras tradiciones psicoanalíticas, renunciando a desvincular la subjetividad de la ligazón, de origen narcisista o mitosimbólico, operada por el yo.
Thomas Mann esperaba que la «espiritualidad revolucionaria» que, según él, el psicoanálisis confería a la sexualidad le permitiera enfrentarse a los «subterfugios míticos» (14) estetizantes y «negadores del espíritu» característicos de su época. Sin embargo, la historia del psicoanálisis ha mostrado que este no estaba a salvo de tales influencias y que también podía «presentar la hostilidad al espíritu como una revolución» (15). El psicoanálisis estadounidense contemporáneo quiso luchar contra esas tendencias. Creyó poder hacerlo racionalizando el modo de expresión de la cosa inconsciente y tratándola según la lógica del sentido y de la comunicación. Sin embargo, perdió de vista que el proyecto de «desecar todos esos pantanos pútridos» (16), ya formulado por Goethe y retomado en el «Wo Es war, soll Ich werden» de Freud, pasa ante todo por una confrontación con la desligazón que opera en la pulsión sexual de muerte.
El antiintelectualismo que Thomas Mann denunciaba en su tiempo sigue manifestándose hoy. Ahora nos invita a la renuncia al pensamiento, a la banalidad de las explicaciones y a la desconfianza hacia la cultura y el análisis crítico. Aunque inquietante, el elemento «demoníaco e irracional» (17) forma parte de los fenómenos que la razón humana debe aceptar mirar de frente. Negarse a dar cuenta de él es, paradójicamente, atentar contra la «nobleza del espíritu» (18). Es también aliarse por omisión con ese mismo elemento que, como recordaba Freud, obra en silencio y amenaza con separarnos de nuestra humanidad. «[…] comprendía —escribe Thomas Mann— que la naturaleza extrahumana es, por esencia, iletrada, lo que, a mis ojos, le confiere […] su carácter inquietante» (19).
Notas
(1) Tessier, H. (2006). «Entre une psychanalyse raisonnable et une psychanalyse raisonnée : la subjectivité psychologique dans la psychanalyse américaine actuelle». Psychologie clinique et projective 2006/1 (n° 12), p. 231-250. Versión revisada de una comunicación presentada en el marco del Coloquio «Entre la razón y la locura: el psicoanálisis» organizado conjuntamente por el Centro de estudios en psicopatología y psicoanálisis de la Universidad de París7 y el Laboratorio de Psicología Clínica y Psicopatología de la Universidad Paris-5, 4 de marzo de 2006. Traducción: Deborah Golergant.
(2) El tema del coloquio hacía referencia al siguiente texto, extraído de la interpretación de las memorias del presidente Schreber: «El futuro decidirá si la teoría contiene más locura de lo que yo mismo querría, o si la locura contiene más verdad de la que otros están hoy dispuestos a creer» (Freud, 1911, p. 71)
(3) Lo que probablemente sucede en todos los lugares donde el psicoanálisis se ha impuesto verdaderamente como teoría y como práctica; sin embargo, lo que se espera de él varía según las culturas.
(4) Adolf Meyer, figura dominante de la psiquiatría estadounidense entre 1920 y 1940, fue uno de los miembros fundadores de la Asociación Psicoanalítica Estadounidense, junto con J. J. Putnam —discípulo de William James y primer presidente de la Asociación—. Meyer despertó el interés por el psicoanálisis en su alumno William Alanson White. El célebre Instituto de Psicoanálisis Interpersonal de Nueva York, fundado, entre otros, por Frieda Fromm-Reichmann y Karen Horney, lleva el nombre de White.
(5) Franz Alexander es también muy conocido por sus trabajos en psicosomática.
(6) Hans Löwald (1906-1993) es considerado un precursor de la escuela intersubjetivista y uno de los pilares de la escuela estadounidense de las relaciones de objeto. Su artículo «On the Therapeutic Action of Psychoanalysis», publicado en 1960, marcó el fin de la hegemonía de la psicología del yo (Bergmann, 2000).
(7) Por ejemplo, William Menninger, psiquiatra jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses a partir de 1943, cuyo hermano Karl había sido presidente de la APsA en 1942 y 1943; el propio William ocupó esa presidencia en 1947-1948.
(8) Hartmann, quien había abandonado Austria en 1938, llegó a los Estados Unidos en 1941.
(9) Por ejemplo, véase A. Damasio, «La neurobiología del sentimiento», Actas del 43.º Congreso de la API, Boletín de la Asociación Psicoanalítica Internacional.
(10) Fenichel es considerado el primer verdadero representante de la psicología del yo, surgida aproximadamente diez años antes de la publicación en alemán de los trabajos de Hartmann sobre la adaptación, en 1937 (Bergmann, 2000). La versión inglesa del tratado de Fenichel sobre la etiología psicoanalítica de las neurosis, publicada en los Estados Unidos, data de 1945.
(11) Se trata de la psicología del yo estadounidense tal como se desarrolló después del período de Hartmann, con numerosas simplificaciones en el plano metapsicológico. Entre sus principales representantes figuran Jacob Arlow y Charles Brenner.
(12) Brenner, C. (1973) An Elementary Textbook of Psychoanalysis. New York : Anchor Books. La primera edición del libro de Brenner data de 1955.
(13) Se ha relacionado el Action Language de Schafer con la psicología en primera persona de Politzer (Laplanche, 1999).
(14) Richard Wagner y el Anillo del Nibelungo (1937).
(15) Freud en la historia del pensamiento moderno (1929).
(16) «Hasta aquellas lejanas montañas se extiende un pantano, / envenenando todos los terrenos recuperados. / Sería la última y suprema empresa / desecar todos esos pantanos pútridos» (Goethe, Fausto II, trad. J. Malaplate).
(17) El doctor Fausto (1947).
(18) Noblesse de l’esprit es el título que el editor francés dio a una colección de ensayos de Thomas Mann, entre los que figura su ensayo de 1936 sobre Freud, titulado Freud y el futuro.
(19) El doctor Fausto (1947).
Resumen
Este artículo describe la atención que el psicoanálisis americano contemporáneo otorga a los estados de conciencia y el desinterés que manifiesta por los derivados sexuales del inconsciente reprimido. Examina las principales influencias que han marcado la evolución del psicoanálisis en los Estados Unidos y su impacto sobre las corrientes actuales, entre ellas las orientaciones relacionales, los enfoques neurocientíficos y las teorías del apego. Subraya en qué sentido la impugnación de la definición falocéntrica de la sexualidad en el psicoanálisis clásico, fundada en preocupaciones legítimas, ha llevado, sin embargo, al psicoanálisis americano a simplificar su objeto de estudio y a reforzar sus tendencias adaptativas.
Palabras clave
Psicoanálisis americano – Irracionalismo – Inconsciente sexual – Represión – Orientaciones relacionales – Enfoques neurocientíficos – Teorías del apego – Sexualidad.
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