Apres-coup_Nº8_articulo_4
Lo real es sexual: malestar en la clínica lacaniana de las psicosis (1)*
Paulo de Carvalho Ribeiro
En septiembre de 1999 se realizó en Belo Horizonte la V Jornada de la Escuela Brasileña de Psicoanálisis- Minas Gerais, cuyo tema, «Hay algo nuevo en las psicosis», señalaba de forma explícita su alineamiento con el Conciliábulo de Angers (1996), la Conversación de Arcachon (1997) y la Convención de Antibes (1998), eventos vinculados al Institut du Champ Freudien y enteramente dedicados a la discusión de las psicosis. Los principales trabajos presentados en esa Jornada, así como la transcripción de algunos debates que tuvieron lugar entre los participantes, fueron incluidos en la revista Curinga, publicación oficial de la sección de Minas Gerais de la Escuela. La naturaleza afirmativa del título del evento y del número correspondiente de dicha revista tiene el poder de producir un efecto de gran expectativa sobre cualquier persona interesada en la psicopatología. E incluso fuera del universo «psi»: ¿quién no espera, desde hace décadas, por algo verdaderamente nuevo en las psicosis? Curiosamente, en una conferencia que lleva el mismo título del evento y del respectivo número de la revista, Éric Laurent, invitado internacional y figura principal de la jornada, inicia su intervención transformando la afirmación en pregunta y asociándola al malestar:
«¿Hay algo nuevo en las psicosis? El propio título de esta Jornada refleja un malestar. No preguntamos si hay una teoría de la psicosis que sea más verdadera; ya nadie busca lo verdadero. Lo que se quiere es algo nuevo» (2).
La referencia a lo verdadero y a lo nuevo en esta afirmación de Laurent no deja de evocar un cierto recorrido de Lacan, en la medida en que la «novedad» de una teoría del goce y de lo real, que domina su pensamiento en los años 70, contrasta con la hegemonía de lo simbólico en los años 50, una hegemonía totalmente ligada a una teoría de la verdad en la que el psicoanalista era convocado como agente, es decir, como mensajero de la verdad. Sin embargo, es curioso observar que este recorrido —que parte del amor a la verdad como adecuación o como velamiento-desvelamiento y conduce al inconsciente entendido como cifrado incompleto de un goce que se hace presente en los restos y en el vacío— tarda en producir la plenitud de sus efectos prácticos. En nuestro medio, la clínica lacaniana de las psicosis aún se apoya preferentemente en la teoría de la forclusión del Nombre-del-Padre, dando así continuidad a la hegemonía de lo simbólico y a la concepción de la psicosis como déficit de significante. “Nombre-del-Padre, ¿sí o no?» es una pregunta que ha sellado y continúa sellando el diagnóstico y el destino de miles de personas dentro y fuera de los hospitales psiquiátricos.
Malestar y revisionismo
Paralelamente a este desajuste entre los cambios de enfoque teórico y los cambios en lo cotidiano de la clínica, se constata que el declive de la forclusión del Nombre-del-Padre como principio explicativo y organizador del campo de las psicosis, en vez de acompañarse de una adhesión entusiasta a lo que se presenta como novedad, produce un gran malestar y una proliferación de interrogantes sobre las psicosis. En lugar de la antigua certeza estructural, asegurada por la confiabilidad absoluta atribuida al concepto de forclusión del Nombre-del-Padre, asistimos a la instalación de una gran duda, capaz de sacudir incluso el sacrosanto bastión de la clínica lacaniana, a saber: el carácter discontinuista de las estructuras clínicas. Nada podría ser más estimulante para quienes dudan de las certezas definitivas y creen menos en las verdades de cualquier teoría que en la necesidad de someterlas permanentemente a revisión. Sorprendentemente, sin embargo, muchos estudiosos del pensamiento de Lacan consideran que el abandono de la forclusión del Nombre-del-Padre como principio explicativo de las psicosis no debería llevar al abandono de la hipótesis discontinuista, según la cual existe una delimitación nítida y estructural entre neurosis y psicosis. En otras palabras, el declive del Nombre-del-Padre como principio organizador del campo psicopatológico debería convivir con una delimitación nítida de las estructuras clínicas, preservando así cierta exactitud en el diagnóstico y la posibilidad de determinadas previsiones en el abordaje clínico de las patologías psíquicas.
En ese sentido, las dificultades procedentes de la clínica —en particular la constatación cada vez más frecuente de casos de psicosis cuyas manifestaciones psicopatológicas no corresponden a lo establecido por la teoría de la forclusión del Nombre-del-Padre—desencadenaron una verdadera carrera en busca de nuevos conceptos y articulaciones capaces de explicar los hechos observados. Una nueva clínica, llamada «segunda», y un nuevo Lacan, llamado “2″, se volvieron designaciones fuertemente cargadas de expectativas, curiosidades y, sobre todo, aprehensiones y cuestionamientos.
A este respecto, es imposible no preguntarse si, de hecho, actualmente asistimos a un aumento real del número de casos llamados «inclasificables» o si, en realidad, siempre existieron en gran número y simplemente se clasificaban de forma más o menos arbitraria, debido a la restricción impuesta por una teoría que no admitía ninguna manifestación psicopatológica que no pudiera incluirse en las categorías de neurosis, psicosis o perversión. Para quienes vienen acompañando la práctica lacaniana en los servicios de salud mental, no es difícil constatar las numerosas disputas y discordias en torno al diagnóstico de una gran cantidad de usuarios de esos servicios. Desde hace algunas décadas, el diagnóstico estructural viene sirviendo más a la confrontación de diferentes certezas acerca de un mismo caso que al establecimiento de diagnósticos consensuales.
Es posible, entonces, que los «neo-desencadenamientos», las «neo-conversiones» y la «neo-transferencia», así como las nociones de “desconexión” (débranchement) y «clínica de la conexión», entre otras, reflejen mucho más un cambio de enfoque teórico que un cambio significativo en las manifestaciones psicopatológicas de la actualidad. En otras palabras, nos parece mucho más probable que el abandono o el redimensionamiento de ciertos pilares teóricos y la búsqueda de otras formulaciones hayan obedecido más al agotamiento de la rigidez estructural dominante en la psicopatología lacaniana que a una nosología contemporánea específica, incluso si admitimos la existencia de esta última.
Por lo tanto, se comprende que en uno de los debates de la Jornada mineira, uno de los presentes haya empleado el término “revisionismo» para designar los intentos de analizar desde la perspectiva de la segunda clínica algunos de los casos presentados. En efecto, una apreciación de varios de los casos relatados —tanto por los psicoanalistas de Minas Gerais como por los franceses reunidos en Angers, Arcachon y Antibes— genera la fuerte impresión de que ciertas manifestaciones psicopatológicas muy sugestivas de neurosis clásicas, o casos de psicosis perfectamente compatibles con la teoría de la forclusión del Nombre-del-Padre, fueron procustianamente encorsetados en los moldes de la segunda clínica. Es lo que se deja ver, por ejemplo, cuando Antonio Teixeira —miembro de la sección de Minas Gerais de la Escuela—, invitado a comentar desde la perspectiva de la forclusión generalizada (segunda clínica) uno de los casos presentados en la Jornada mineira, no duda en identificar en el relato varias evidencias de la forclusión restringida (primera clínica). Punto de vista que fue corroborado, además, por Éric Laurent.
Como ilustración más detallada de esta tendencia procustiana, creemos oportuno retomar un relato de caso presentado por la Sección Clínica de Clermont-Ferrand durante la Convención de Antibes.
Se trata de un joven de dieciocho años, atormentado por pensamientos compulsivos que le hacen temer un pasaje al acto. Inicialmente esos pensamientos giran en torno a una posible autoagresión con objetos cortantes o punzantes: cortar el pelo, raparse la cabeza, cortarse el cuello, perforarse los ojos, etc. Ello le genera una fuerte angustia cada vez que se encuentra cerca de tales objetos, así como la necesidad imperativa de retirarlos de los ambientes que frecuenta. Hasta el punto de que su permanencia en la escuela se vuelve imposible, pues los bolígrafos y otros materiales escolares bastan para desencadenar las crisis de angustia. Estos pensamientos compulsivos que, aunque angustiantes, eran aún tolerables, se vuelven totalmente insoportables cuando comienzan a incluir a otras personas —entre ellas la madre y otros familiares del paciente— como sus posibles víctimas. Es entonces cuando solicita que se le dé algún medicamento. Sin embargo, atendiendo a la sugerencia del analista, inicia un «tratamiento por vía de la palabra» y rápidamente constata una disminución de la angustia relacionada con la idea de raparse la cabeza, una de las que más lo atormentaban.
Reconfortado por esta señal de que era posible obtener alivio por medio de un tratamiento no medicamentoso, el paciente retoma sus actividades escolares mientras prosigue el tratamiento analítico. Durante las sesiones, mantiene una cierta fijación de la mirada, presta mucha atención a lo que ocurre ante sus ojos y lo describe todo rigurosamente, mostrando así una actividad frenética de pensamiento, pero desprovista de cualquier sentido, como si fuera un espectador del automatismo de sus pensamientos. Sin embargo, las angustias relacionadas con la posibilidad de herir los ojos, el corazón o la garganta no ceden tan fácilmente y determinan una forma de defensa que el analista califica de «schreberiana», es decir, en palabras del paciente: «Puedo combatir mis ideas ocupando la mente». Las conversaciones y ruidos de sus compañeros en la escuela, la radio encendida en casa o una lectura en la que evita deliberadamente atender al significado de las palabras y frases le ayudan a protegerse contra la invasión de los pensamientos obsesivos.
Pues bien, este cuadro clínico, absolutamente sugestivo de una neurosis obsesiva clásica, lleva a los ponentes del caso a pensar en una psicosis:
«La cuestión de la psicosis se plantea para este sujeto en relación con la fijación de la mirada, con la búsqueda de una castración en lo real y con su posición como espectador, a distancia, del automaton de sus pensamientos compulsivos, en un contexto diferente al del Hombre de las ratas. Ello da lugar a una descripción del proceso invasivo y sus variaciones y, en fin, a un esfuerzo (mise au travail) por bordear el agujero central, a la manera de Schreber, movilizando una actividad de pensamiento carente de sentido: un ruido, un bullicio en lo real»(3).
Obviamente no existe algo que pueda considerarse un caso clínico independiente de las narrativas e interpretaciones que buscan darle forma y significado. Sin embargo, convengamos que la descripción de las vivencias de este paciente es claramente indicativa de un sufrimiento neurótico grave, pero clásico. Querer ver en el acto de leer evitando el significado de las palabras una evidencia del «manejo de la letra en lo real», o identificar, a partir de la idea de lesionarse o de herir a otros, una «búsqueda de la castración en lo real», sólo puede ser una cuestión de elección, determinada por la necesidad de adecuación a una teoría que se quiere confirmar. La afirmación de que, en este caso, el automaton de los pensamientos difiere totalmente de lo que Freud observó en el «hombre de las ratas» termina sonando fuertemente denegadora si recordamos, por ejemplo, la «jaculatoria» que el paciente de Freud usaba para evitar los pensamientos obsesivos vinculados a Gisela.
Además de este caso, que nos parece particularmente ilustrativo del carácter revisionista de la llamada «segunda clínica», otros varios, relatados y discutidos en los encuentros ya mencionados, sorprenden por presentar manifestaciones clínicas perfectamente compatibles con diagnósticos de histeria o de psicosis clásicas. Esta constatación nos lleva a suponer que no se trata tanto de la necesidad de adecuar la teoría a las exigencias de una clínica supuestamente contemporánea, frente a la cual la forclusión del Nombre-del-Padre se habría revelado insuficiente, como de un cambio impuesto por la necesidad de liberar la teoría de la clínica de un cierto privilegio de lo simbólico, en beneficio de un enfoque centrado en lo real y el goce. Por lo tanto, no se trata solo de un declive de la importancia atribuida al Nombre-del-Padre, sino de un declive de la teoría del significante entendido como pura diferencia y de una valoración de la dimensión de goce contenida en el propio significante, así como de una consideración preferencial de su soporte material no fonético, a saber, la letra.
Podemos sospechar, entonces, que los casos inclasificables o raros y, de un modo general, lo que se acordó denominar «segunda clínica» son mucho más la consecuencia de una reforma teórica que un factor determinante de esta última. Queda por entender, entonces, cuáles fueron los motivos que llevaron a la reformulación de la teoría.
Constricción binarista
La lista de estos motivos podría ser extensa y tal vez debería encabezarla el evidente agotamiento del estructuralismo, que conlleva cierto debilitamiento de lo simbólico. Sin pretender discutir en profundidad hasta qué punto Lacan puede ser considerado estructuralista, difícilmente su teoría del significante podría desvincularse del estructuralismo. Esta proximidad se hace evidente, por ejemplo, al constatar que la teoría lacaniana del sujeto, lejos de excluir el punto de vista estructuralista, necesita de la estructura para su formalización (4).
Paralelamente al debilitamiento del estructuralismo como modelo teórico en las ciencias humanas, la lista de los motivos que llevaron al cambio de énfasis teórico sin duda también incluye la crítica formulada por Derrida a la concepción lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje. Por ejemplo, al denunciar que en el «Seminario sobre la carta robada» Lacan desestima todos los fenómenos del «doble» en beneficio de una interpretación enteramente fundada en las relaciones triádicas, Derrida socava uno de los pilares de la teoría del inconsciente estructurado como un lenguaje y contribuye a que el pensamiento de Lacan se desplace de la combinatoria significante hacia lo real y el goce (5).
Pero hay otro motivo que nos parece, si no más importante, al menos más interesante, en la medida en que se encuentra muy vinculado a cuestiones clínicas. Se trata de lo que podríamos llamar la constricción clínica del binarismo estructural. El funcionamiento binario, del tipo sí o no, + o -, 0 o 1, etc., implica una exactitud casi siempre incompatible con el funcionamiento psíquico. Esta resistencia a las oposiciones excluyentes es justamente lo que hace que la oposición fálico/castrado forme parte de las teorías sexuales infantiles y, al mismo tiempo, de lo que ellas intentan negar (6). En el caso específico de la teoría lacaniana de las psicosis, esta constricción clínica se manifiesta sobre todo en la exigencia de que los cuadros psicóticos se ajusten estrictamente a las consecuencias lógicas y estructurales de la forclusión del Nombre-del-Padre. Entre estas consecuencias destacan las siguientes: 1) La ausencia de significación fálica, pues el fracaso de la metáfora paterna imposibilitaría atribuir el deseo de la madre (del Otro) a su condición de castrada, es decir, de no poseedora del falo. 2) El desencadenamiento, es decir, el carácter abrupto de la instauración del cuadro psicótico, derivado de alguna circunstancia de la vida del sujeto en la que el significante Nombre-del-Padre forcluido es solicitado “en posición tercera”, es decir, «en oposición simbólica al sujeto». Concebida así, la psicosis no incluiría ninguna «prehistoria» y su desencadenamiento se daría necesariamente cuando, una vez invocado, ese significante ausente en el Otro surgiera de manera alucinatoria en lo real. 3) La metáfora delirante, entendida como un intento de compensación de la ausencia de significación fálica. La producción delirante crea una modalidad alternativa (no fálica) del ordenamiento del goce, como por ejemplo el «orden del universo» concebido por Schreber. 4) Los fenómenos elementales —alucinaciones, neologismos, automatismos mentales, además del propio delirio— derivados de la ausencia de un significante fundamental en el Otro, de sus efectos desestructurantes y de los intentos de frenarlos o compensarlos.
Además de estas consecuencias mayores de la forclusión del Nombre-del-Padre, otra, cuya presencia en la teoría es bastante más tímida, resalta un aspecto del abordaje lacaniano de las psicosis que nos parece particularmente fecundo, a pesar de que lo concebimos de una manera muy diferente de la presentada por Lacan. Se trata de la noción de «empuje a la mujer». Tomando como ejemplo los fenómenos de feminización experimentados por Schreber, Lacan entiende este empuje como otra consecuencia estructural de la ausencia de la significación fálica. La falta del significante ser padre y la consecuente imposibilidad de simbolizar la función procreativa habrían inducido a Schreber al error de creerse embarazado como una mujer para, así, realizar imaginariamente la función ser padre.
Sobre estos elementos centrales de la teoría lacaniana, hay que decir de entrada que permiten captar aspectos esenciales y organizar de manera sumamente eficaz y operativa las manifestaciones, muchas veces completamente desconcertantes, de las esquizofrenias y, principalmente, de la paranoia. No sorprende, por tanto, la fuerte adhesión de los psicoanalistas a este modelo teórico, incluso entre quienes no se consideran lacanianos. Creemos que este modelo, aunque construido a partir de una teoría estructuralista del significante, contiene elementos que pueden desvincularse de ella sin perder su fuerza e interés, e incluso ganar consistencia con esa desvinculación. Entre ellos destacamos la función paterna y su relación con el posicionamiento del sujeto frente al sexo; el carácter reparador del delirio; la relación de las alucinaciones con un elemento que no logra insertarse en una determinada continuidad o encadenamiento de los procesos psíquicos; y, principalmente, la importancia de la feminidad en la construcción y manifestación de los delirios y alucinaciones.
Desvincular estos elementos de la teoría estructuralista del significante supone, ante todo, superar el razonamiento binario del tipo «¿sí o no?» y abrir la posibilidad de concebir distintos grados de exclusión o aislamiento de ciertos contenidos psíquicos, así como distintos grados en sus efectos. Defendemos, pues, un enfoque continuista en psicopatología y consideramos que la ausencia de desencadenamientos típicos, de un claro empuje a la mujer o de neologismos, por ejemplo, no debería llevar a abandonar la teoría de la forclusión del Nombre-del-Padre ni a reducir la instauración de la función paterna a una simple modalidad de «amarre» de los registros RSI, quitándole su lugar privilegiado entre la infinita gama de «síntomas» destinados a la conexión de esos registros. A este respecto, nuestra tesis principal puede formularse así: la instauración de la función paterna y su incidencia reguladora —tanto por lo que prohíbe como por lo que propicia— sobre la relación del niño con el otro primordial (la madre) y sobre el posicionamiento del sujeto en vías de constitución ante la diferencia de sexos, géneros y generaciones es el proceso psíquico fundamental en la determinación del destino psicopatológico de cualquier sujeto. Que esta función paterna sea pensada en términos de metáfora y de inclusión de un significante fundamental en el gran Otro del lenguaje, o como resultado de una inscripción filogenética, por ejemplo, no altera en nada su posición privilegiada en la constitución del sujeto psíquico y solo refuerza la evidencia de que cualquier fenómeno puede describirse de innumerables maneras. Asimismo, podemos decir que cualquiera que sea la capacidad de las sociedades para hacer prevalecer la función paterna —sea que padezcan un exceso o una insuficiencia de quienes ocupan la posición de padre—, la importancia de esta función permanece intacta. Esto significa que ni el declive de la teoría estructuralista del significante —o de cualquier otra teoría— ni el supuesto declive histórico de las figuras del padre y de la autoridad en la sociedad contemporánea son suficientes para afirmar un declive correspondiente de la importancia de la función paterna en la constitución del psiquismo humano, al menos mientras los seres humanos nazcan incapaces de asegurar mínimamente su supervivencia y tengan que posicionarse tanto frente a la constricción anatómica de la diferencia de sexos como a las diferentes modalidades de satisfacción pulsional que resultan de ella.
Por lo tanto, podemos concluir que el concepto de forclusión del Nombre-del-Padre, aunque afectado por lo que llamamos la constricción binaria, se encuentra vinculado a una concepción teórica sumamente esclarecedora de las más diversas manifestaciones psicóticas, lo que justifica considerarlo un referente teórico importante para el avance del abordaje psicoanalítico de las psicosis.
«Empuje a la mujer» y procreación: señales de un extravío
La posibilidad de preservar algunos de los aspectos más interesantes y útiles de la teoría lacaniana de las psicosis, formulada en los años 50, liberándolos de los efectos constrictivos del binarismo estructural, ya aparece delineada en el propio Seminario sobre las psicosis. Junto a una explicación de la feminización de Schreber basada enteramente en la falta del significante ser padre y en el intento de suplirla atribuyéndose imaginariamente la capacidad de quedar embarazado, otra explicación (que no se presenta como otra, sino como una confirmación de la primera) permite una comprensión muy diferente de la transformación alucinatoria de Schreber.
Al comienzo de su Seminario sobre las psicosis, al hablar de la condensación (Verdichtung) como la ley del malentendido, Lacan subraya lo importante que es para todo hombre satisfacer simbólicamente sus tendencias femeninas y, al mismo tiempo, preservar su virilidad en los planos de lo imaginario y lo real. Recibir la palabra hablada, por ejemplo, implica una posición femenina que, para Lacan, no es solo metafórica:
«La participación en la relación de la palabra puede tener múltiples sentidos a la vez, y una de las significaciones involucradas puede ser justamente la de satisfacerse en la posición femenina, en cuanto tal esencial a nuestro ser»(7).
En contraposición a esta posibilidad de satisfacción simbólica de la feminidad, Lacan se refiere a Schreber para decir que el fenómeno psicótico es la emergencia, en la realidad, de una “significación enorme” que permanece aislada por no haber podido entrar nunca en el sistema de simbolización. Esa significación enorme no es la función ser padre, sino, curiosamente, la feminidad.
«En el caso del presidente Schreber hay manifiestamente una significación que concierne al sujeto, pero que es rechazada y sólo se proyecta de manera difusa en su horizonte y su ética, y cuya reaparición determina la invasión psicótica. Veréis hasta qué punto lo que la determina es diferente de lo que determina la invasión neurótica: son condiciones estrictamente opuestas. En el caso del presidente Schreber, esa significación rechazada guarda la más estrecha relación con la bisexualidad primitiva de la que les hablaba hace un momento. Como intentaremos ver en el texto, el presidente Schreber nunca integró ninguna forma femenina»(8).
La secuencia del Seminario sobre las psicosis muestra con claridad una especie de torsión en el pensamiento de Lacan, impuesta por la necesidad de inscribir el aislamiento/rechazo de esa «enorme significación» en el marco general de la forclusión del Nombre-del-Padre. El nexo entre ambos es la procreación. A Lacan le resulta difícil concebir que el simple rechazo o represión de una pulsión femenina experimentada en la transferencia con Flechsig pudiera haber llevado a Schreber a concebir su «enorme delirio”. Es interesante notar que, aun manteniendo con estos adjetivos la debida proporción entre el delirio y la significación, Lacan piensa que debería haber «algo un poco más proporcionado al resultado en cuestión»(9). Se trata, como ya mencionamos, de lo que considera la «función femenina en su significación simbólica esencial, y que solo podemos reencontrar en el nivel de la procreación»(10). Esta extraña reducción de la dimensión simbólica de la función femenina a la procreación no puede sino sorprendernos. ¡Precisamente la procreación! Una función que se confunde —o al menos se relaciona estrechamente— con el “instinto maternal”, considerado por el Lacan de los «Propósitos directivos» (texto de 1958, es decir, casi contemporáneo del Seminario sobre las psicosis) como aquello que escapa a la mediación fálica y se constituye como inanalizable (11).
Entre varias formas posibles de relacionar la «enorme significación» femenina con la no menos importante significación paterna, Lacan eligió la vía de la procreación porque, para bien o para mal, le permitía subordinar todas las manifestaciones de la psicosis a la ausencia de un significante. Para él, toda la feminización de Schreber debía entenderse como consecuencia de la forclusión del significante paterno y no como expresión de mociones pulsionales que atentaban contra la función paterna, poniéndola en jaque o, al menos, volviéndola problemática. Consideramos que establecer una relación supuestamente necesaria entre la falta del significante ser padre y la «imagen» de un hombre embarazado muestra claramente el efecto de extravío que la teoría del significante ejerce sobre el pensamiento de Lacan. Es como si se hubiera preguntado cómo la feminización de Schreber podía ser una aparición en lo real de los significantes paterno y fálico forcluidos y hubiera concluido que la respuesta era la procreación. Si la significación fálica, que debería haber sido instituida por la metáfora paterna, es esencialmente la significación de la falta, la procreación debería hacer surgir en lo real no solo el significante ser padre, sino también, de algún modo, esa falta. Es en este sentido como podemos entender la famosa frase, tan repetida como poco comprendida: «al no poder ser el falo que le falta a la madre, le queda la solución de ser la mujer que le falta a los hombres» (12). Y, para hacerla más clara, tal vez habría que añadir: no se trata de la mujer que los hombres desean tener, sino de la mujer embarazada que los hombres no pueden ser. En esta operación, el útero que falta a los hombres se equipara al falo que falta a las mujeres. Así, Schreber, transformado en la matriz de la nueva raza, es nada menos que la aparición de la falta en lo real.
Pues bien, pese al extravío impuesto por la lógica del significante, la teoría lacaniana de las psicosis de los años 50 mantiene su importancia e interés sobre todo por señalar una relación necesaria entre la función paterna y la feminidad y, más ampliamente, la inextricable relación entre las psicosis y lo sexual. Llegamos así a un punto importante para comprender el significado de las «novedades» en la teoría y la clínica lacanianas: la hegemonía de lo simbólico en el Lacan de los años 50 preserva, mal que bien, la primacía de lo sexual que interesa al psicoanálisis, es decir, de lo sexual indisociable de la ley, la prohibición y el superyo. En cambio, al privilegiar los dispositivos destinados a mantener la cohesión de los registros real, simbólico e imaginario, la 2a clínica y el Lacan 2 desplazan al par sexualidad-prohibición de la posición central que Freud le atribuyó y pierden de vista su primacía en la constitución y el funcionamiento normal y patológico del psiquismo humano.
Una buena ilustración de lo que acabamos de señalar aparece en los comentarios sobre un caso de psicosis relatado por los miembros de la sección clínica Aix-Marseille y Niza en la Convención de Antibes. Se trata de una joven sin antecedentes psiquiátricos que fue internada en medio de una bouffée délirante caracterizada por un delirio de influencia en el que la paciente decía estar siendo físicamente manipulada por sus vecinos de alojamiento universitario. El seguimiento del caso fue interrumpido prematuramente y el analista que atendió a la paciente hizo el siguiente comentario:
«El episodio psicótico comienza después de una primera relación sexual. Ella describe entonces una invasión de su cuerpo por una sensación extraña: el orgasmo así descrito no es reconocido como tal. Parece que este modo de desencadenamiento no responde a la configuración clásica del encuentro con Un-Padre, tal como es evocado en «Cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis». Se trataría, más bien, del encuentro con un goce enigmático por falta de la significación fálica. Es decir, se trataría más del encuentro de fo que de Po. Es cierto que es posible referir fo a Po: la propia forclusión del Nombre-del-Padre es la condición de la ausencia de la significación fálica. Sin embargo, aquí el desencadenamiento se da por el encuentro con el goce»(13).
La dificultad que trasluce este comentario puede considerarse una excelente muestra del empeño de la 2a clínica por sustituir el Nombre-del-Padre por el goce como principal referencia teórica en las psicosis. Ante todo, cabe preguntar por qué, en este caso, el desencadenamiento no respondería a la configuración clásica. Es decir: ¿cómo podría la primera relación sexual de una joven dejar de invocar el Nombre-del-Padre en oposición simbólica al sujeto? A continuación, cabe preguntarse también por qué la «invasión del cuerpo por una sensación extraña» es equiparada de manera tan inmediata y simple al orgasmo. Lo que resulta evidente en la presentación de este caso es el empeño de quien lo relata por sustituir la importancia del significante paterno por la de lo real del goce. Pero al hacerlo es inevitable que la falta de significación fálica sea evocada y, por esta vía, que la forclusión del Nombre-del-Padre vuelva necesariamente a escena, ya que fo remite a Po. Poco importa que una cosa remita a la otra, parece decir el analista: lo que realmente interesa es que el encuentro con el goce (y no con Un-Padre) haya sido responsable del desencadenamiento.
Si aplicáramos este razonamiento al caso Schreber, podríamos decir que el desencadenamiento se dio por el encuentro con el goce expresado en la idea de lo deseable que sería ser mujer y someterse al acto de copulación. Al igual que la joven psicótica francesa, que se sentía físicamente manipulada por los otros, la extraña sensación que Schreber experimentó en la noche que marcó el comienzo de su brote se desplegó como una experiencia alucinatoria de transformación femenina y de abuso de su cuerpo. Podríamos concluir, entonces, que el desencadenamiento se debió mucho más al encuentro con un goce enigmático que al hecho de haber sido nombrado Senatspräsident del Tribunal de Dresde, es decir, al encuentro con Un-Padre. Si Lacan hubiera seguido este razonamiento, habría podido evitar todo un tortuoso recorrido teórico destinado a vincular, vía procreación, la feminización con la falta del significante ser padre. Sin embargo, habría corrido el riesgo de perder de vista la relación esencial entre el goce y la prohibición.
¿Todo el mundo está loco sin querer?
Estas consideraciones nos llevan a la siguiente conclusión: el privilegio concedido al goce por la orientación teórica lacaniana más reciente comporta dos aspectos cuyos efectos teóricos y clínicos deben evaluarse de manera totalmente distinta.
Por un lado, este privilegio supone reconocer finalmente un hecho que nos parece evidente: la aparición de la psicosis tiene una relación decisiva con exigencias pulsionales que se presentan como enigmáticas y amenazadoras en la medida en que resultan incompatibles con lo que puede reconocerse como perteneciente al yo, es decir, en la medida de su alteridad. Sin embargo, es necesario mantener la idea de que esta alteridad pulsional es eminentemente sexual, incluso (o principalmente, como diría Laplanche) en sus aspectos más mortíferos y “demoníacos”. Aunque en la perspectiva lacaniana el registro de lo simbólico monopoliza lo sexual, el concepto de goce, aun asimilado a lo real, no debería desvincularse de lo sexual. El carácter enigmático que adquiere en las psicosis debe asociarse plenamente a la noción de «cuerpo extraño interno», con todo lo que ello implica en términos de ataque interno de la pulsión, es decir, de una alteridad interna y constitutiva de la subjetividad.
Por otro lado, ese privilegio concedido al goce, al desplazar al Nombre-del-Padre de la posición central que ocupaba en la teoría, corre el riesgo de reducir la función paterna a una simple modalidad de conexión psíquica entre otras de igual importancia. A este respecto, el concepto de forclusión generalizada, uno de los pilares de la segunda clínica, permite destacar un aspecto fundamental: la realidad depende del asentimiento del sujeto a la función ordenadora que el significante-maestro ejerce sobre el conjunto del discurso. Se trata, pues, de un significante cualquiera que, elevado arbitrariamente a la condición de maître-mot, asegura los efectos de significación y la posibilidad de juicio sobre la verdad y el error, sin que pueda cuestionarse su función ordenadora. La lógica del lenguaje, al sostenerse enteramente sobre la base ilógica del asentimiento incondicional, deja ese pacto ciego permanentemente expuesto a su desarticulación y a la consiguiente descomposición de la realidad. El psicótico ya no sería aquel a quien le falta un significante específico, sino cualquiera que llegara a rechazar esa arbitrariedad ilógica que instituye la realidad(14). Es decir: la falta irreparable de un principio lógico no arbitrario capaz de ordenar la relación entre lenguaje y significación implica una especie de fragilidad irreductible de la realidad e instituye una situación de forclusión generalizada. Así, la cuestión central sobre las psicosis se desplaza radicalmente: ya no se trata de explicar por qué un determinado sujeto es psicótico, sino de encontrar las razones por las que no todos lo son. Dado que el Nombre-del-Padre pasa a ser un significante cuyo poder ordenador ya no se distingue estructuralmente del de cualquier otro significante elevado a la condición de significante-maestro, debemos concluir que el famoso aforismo de Lacan «no está loco quien quiere» debería transformarse en «todo el mundo está loco sin querer».
Es difícil imaginar a Lacan, en los años 50, modificando esta inscripción que se empeñaba en exhibir en su sala del Hospital Sainte-Anne; e incluso en los años 70, no parece tan claro que hubiera renegado de ella. La fuerza y precisión con que Lacan describe el papel del padre en el surgimiento de las psicosis en su seminario de 1955-56 constituye una buena razón para dudar de un cambio de perspectiva tan radical. En ese seminario, Lacan destaca la estrecha relación entre la forclusión y las formas en que el padre se posiciona ante la ley:
«Se trata de personajes [algunos padres de psicóticos] a menudo marcados por un estilo de brillo y éxito, pero de modo unilateral, en el registro de una ambición o de un autoritarismo desenfrenados, a veces de talento, de genio. No es obligatoria la presencia de genio, mérito, mediocridad o maldad; basta con que exista lo unilateral y lo monstruoso»(15).
Función paterna y gradación
Este aspecto de la teoría lacaniana es esencial porque vincula una característica del comportamiento y la personalidad de una persona con el efecto de forclusión del significante paterno. Lo que se delinea es la posibilidad de superar el carácter binario de la forclusión mediante una gradación de esas características. Las personas pueden estar poco, no muy o muy marcadas por «un estilo de brillo y éxito». Incluso la unilateralidad puede darse en distintos grados: puesto que un lado no es un punto, se puede estar enteramente de un lado y, al mismo tiempo, más o menos cerca del otro. Del mismo modo, la «monstruosidad», la «ambición» y el «autoritarismo desenfrenado» son todas categorías cuantificables y, por tanto, incompatibles con enfoques binarios: “monstruoso, ¿sí o no?” no es una proposición admisible.
Tanto esta caracterización de la personalidad paterna asociada a la etiología de las psicosis como las observaciones sobre la imposibilidad de Schreber de integrar cualquier forma de bisexualidad psíquica son indicios de una orientación distinta en la teoría lacaniana de las psicosis, que no resistió la constricción impuesta por el binarismo de la teoría del significante y terminó por perderse casi totalmente. Recuperar esta orientación teórica, cuyos indicios llaman nuestra atención, requeriría básicamente una articulación entre la forclusión del Nombre-del-Padre y la feminización que no tuviera que someterse a la lógica del significante y pudiera evitar el recurso sesgado a la procreación. Más ampliamente, y de manera menos comprometida con la terminología lacaniana, podríamos decir que esta orientación, que convendría recuperar, se refiere a las condiciones de inscripción de la función paterna y su relación con fuerzas pulsionales originarias, en cuyo marco se sitúan los orígenes femeninos de la sexualidad y del sujeto psíquico.
En un libro que publicamos recientemente, dedicamos algunas páginas a examinar las posibles relaciones entre el surgimiento del superyo y su función en las neurosis y las psicosis. En ese libro defendemos, en síntesis, la existencia de una continuidad entre esas dos categorías diagnósticas. Partiendo de la formulación de una identificación femenina primaria que debe reprimirse en ambos sexos, planteamos que la instauración de la función paterna (entendida de forma amplia: como representante de la ley, agente de la castración simbólica y ordenadora de la diferencia de los sexos y las generaciones, etc.) depende enteramente del grado de compatibilidad entre quienes se presentan como agentes de esa función y las mociones pulsionales femeninas que prevalecen en los estados primitivos de constitución del yo. Retomando los términos de Lacan, podríamos decir que, en los peores casos de psicosis, la función paterna no se constituye como tal precisamente porque la “monstruosidad” y la “unilateralidad” de quien la ejerce suponen un impedimento radical para la integración de cualquier forma de bisexualidad psíquica.
Podemos concluir, entonces, que el encuentro con un goce enigmático no puede ser independiente de la función paterna, es decir, de su mayor o menor eficacia, de su mayor o menor capacidad para formar compromisos y permitir simbolizaciones. Por lo tanto, la “clínica de la conexión” debe ser una clínica de la continuidad entre las condiciones originarias del sujeto psíquico y la introducción de la Ley.
Continuidad o discontinuidad: «Recurrir a Leibniz en caso de dificultad”
Los casos llamados raros o inclasificables que se encuentran en el origen de las innovaciones en la teoría y la clínica lacanianas de las psicosis suscitaron una importante discusión sobre si existe o no una continuidad entre neurosis y psicosis. Aunque es evidente que una gran mayoría de lacanianos se empeña en seguir defendiendo la hipótesis discontinuista, hay quienes no están tan convencidos de esa bipartición tan bien delimitada y se preguntan cómo mantenerla en ausencia de esa línea divisoria hasta entonces supuestamente infalible que era la forclusión del Nombre-del-Padre.
Entre quienes pretenden mantener el discontinuismo, las estrategias varían. Jean-Pierre Deffieux, por ejemplo, en su presentación en la Conversación de Arcachon, defiende la «barrera estructural» entre neurosis y psicosis y no duda en decir que la “clínica del síntoma”, aunque todavía necesita perfeccionarse, es apta para incluir en la categoría de las psicosis una amplia gama de los actualmente llamados casos raros, los cuales corren el riesgo de recibir los diagnósticos más variados (borderline, neurosis narcisista, trastorno del ánimo, histeria, etc.) dependiendo de la formación y orientación teórica de quien realiza el diagnóstico. En otras palabras, esos casos raros no serían en realidad tan raros y todos podrían incluirse en una nueva concepción de la psicosis, basada en la forclusión generalizada y en la clínica universal del delirio.
En esta misma línea de defensa de la hipótesis discontinuista, encontramos la idea de una gradación dentro del campo de las psicosis, de manera que la propia neurosis podría considerarse como un subconjunto de la psicosis(16). En este caso, se trata mucho más de una especie de monismo que de discontinuismo. Sobre esta estrategia, cabe señalar que la idea de gradación dentro de una misma estructura contradice la propia lógica estructural si consideramos que esta opera a partir de la pura diferencia, es decir, de la combinatoria de elementos cuyos contenidos o significados no deben tenerse en cuenta. Establecer grados dentro de la estructura equivaldría, por lo tanto, a dotar de dimensión a lo que debería ser puntual, o a conferir cualidades e intensidades a lo que debería ser tratado como pura diferencia. En otras palabras, es como si la pregunta «Nombre-del-Padre, ¿sí o no?» pudiera reemplazarse por «Nombre-del-Padre, ¿mucho o poco?» sin contradecir la lógica binaria que la rige.
En efecto, en la clínica de la conexión, de los nudos o del síntoma, la pregunta clave dejó de ser «Nombre-del-Padre, ¿sí o no?» y pasó a formularse privilegiando la presencia o ausencia de un punto de capitoné capaz de sostener el anudamiento de los registros RSI. Sin embargo, el empeño en preservar el punto de vista discontinuista no impide que la idea de gradación termine por insinuarse y producir malestar. En la Conversación de Arcachon, por ejemplo, J-A Miller llega a afirmar, en un primer momento, lo siguiente:
«Del lado del binario clásico neurosis-psicosis tenemos un rasgo distintivo pertinente, Nombre del Padre sí o no, que responde al principio lévistraussiano. En cambio, si se leen las exposiciones, es más difícil precisar cuál es el elemento diferencial de la segunda formalización. Tenemos más una gradación que una oposición tajante. Y por eso, en efecto, como recuerda Marie-Hélène Brousse, yo veía que esta formalización más continuista se oponía a la discontinuidad de la primera»(17).
Curiosamente, al ser interpelado por uno de los participantes de la Conversación (18), que se decía perturbado por la introducción de la idea de gradación en la clínica de los nudos, J-A Miller se defiende con la siguiente argumentación:
«Antes de la respuesta clínica, quiero dar una breve respuesta sobre la gradación. Usted no es suficientemente leibniziano, pero creo que yo lo soy perfectamente. Leibniz es capaz de decir que el reposo es un caso límite del desarrollo y demostrarlo. Se trata de articular conceptualmente lo discontinuo y lo continuo. Por un lado, está claro que el reposo se opone al movimiento: son dos conceptos polares, pero, desde otra perspectiva, el reposo no es más que el caso límite —una extenuación— del continuo del movimiento. Veo que Berghem, que estudió filosofía, se divierte. Es aproximativo, sin duda. Quedémonos con la clínica»(19).
No es necesario haber estudiado filosofía para divertirse con este tipo de argumentación. De hecho, es muy divertido ver a Miller sacar el conejo de la discontinuidad de la chistera de la gradación. Pero también es divertido observarlo dar un salto inesperado de la discontinuidad entre neurosis y psicosis a la continuidad del proceso patológico, dando a entender que es preferible una psicosis que mantiene su curso de manera continua a una psicosis con sobresaltos:
«No creo necesario hacer girar todo en torno a lo continuo y lo discontinuo porque acabamos como en Los viajes de Gulliver : extremo grueso contra extremo fino. El único punto realmente interesante es práctico: ¿Cómo hacer para que la evolución del sujeto sea preferentemente continua y no discontinua, es decir, para evitarle crisis, desencadenamientos y pausas? En el plano teórico les propongo la solución leibniziana. Leibniz siempre encontró fórmulas para que todo fuera compatible. Así que también puede ayudarnos. Recurrir siempre a Leibniz en caso de dificultad»(20).
Lo real es sexual y el goce aún más
La hipótesis de la continuidad entre las estructuras clínicas puede entenderse como una especie de engrosamiento del punto o como la presencia de viscosidad donde se creía que prevalecía la dureza del diamante. De modo que estamos ante un problema nada gulliveriano, cuya verdadera dimensión solo puede evaluarse debidamente si tenemos en cuenta que lo que está en juego es la separación misma entre lo real y lo sexual.
Al destacar el goce enigmático y privilegiar lo real, la segunda clínica lacaniana, aun sin poder admitirlo, se abre a una dimensión de lo sexual mucho más amplia que la restringida a la castración y al falo. Además, el contraste entre la pérdida de centralidad de la forclusión del Nombre-del-Padre en la teoría y la tenacidad con la que este concepto se adhiere a las descripciones clínicas sugiere que la segunda clínica, pese a privilegiar lo real e intentar liberarse de la muletilla “Nombre-del-Padre ¿sí o no?», difícilmente logra desprenderse de la función paterna. En otros términos, podríamos decir que, en la clínica de los nudos, no es fácil saber si el segmento de lo sexual pertenece al lazo de lo real o al anillo de lo simbólico. Así, la continuidad entre neurosis y psicosis se deriva, en última instancia, de la imposibilidad de circunscribir lo sexual a lo simbólico y su lógica binaria. Desde nuestro punto de vista, para que la segunda clínica suponga una verdadera novedad deberá considerar que lo real es sexual y el goce lo es aún más.
Podemos concluir, entonces, que, en un momento en que la teoría y la clínica lacanianas avanzan hacia la superación de varias discontinuidades, sorprende que se reafirme la barrera estructural entre neurosis y psicosis. Este empeño parece responder a un esfuerzo insensato por mantener la continuidad entre dos orientaciones: la adhesión fervorosa al enfoque lingüístico-estructural, que prevaleció de forma casi absoluta entre la mayoría de los lacanianos hasta hace poco tiempo, y la reciente adopción de nuevas directrices teóricas y abordajes clínicos, en muchos aspectos incompatibles con las posiciones anteriores. Para preservar esa continuidad doctrinal, se desestiman una serie de evidencias que cuestionan la barrera estructural entre neurosis y psicosis, reconfortando así a quienes durante tanto tiempo hicieron de la teoría lingüístico-estructural del inconsciente la A y la Z de la clínica de las neurosis y las psicosis.
Aquí cabe recordar la intervención de J-A. Miller en la Conversación de Arcachon: «Leibniz siempre encontró fórmulas para que todo fuera compatible. Así que él también puede ayudarnos. Recurrir siempre a Leibniz en caso de dificultad». Es decir: si encontramos continuidad ahí donde durante tanto tiempo afirmamos perentoriamente la discontinuidad, recurramos a una filosofía de la continuidad para sostener que entre continuidad y discontinuidad hay continuidad. Ciertamente, no sólo Leibniz, sino también Derrida y otros pueden ayudar. Pero no a hacer que todo sea compatible cuando la incompatibilidad de los distintos momentos de un pensamiento pone en aprietos a quienes pretendían hablar en nombre de la Verdad, sino más bien a superar oposiciones pretendidamente insuperables, identidades supuestamente bien establecidas y barreras presuntamente infranqueables. Si la dificultad reside en preservar la diferencia pura y la discontinuidad de las estructuras, Leibniz tal vez ya no sea tan útil. En ese caso sería preferible permanecer con Lévi-Strauss.
Notas
(1) De Carvalho Ribeiro, P. (2001). «O real é sexual: mal-estar na clínica lacaniana das psicoses», en Percurso n° 27 – 2/2001.
(2) Éric Laurent (2000). «Há algo de novo nas psicoses», Curinga-Escola Bresileira de Psicanálise -MG, °n 14, Belo Horizonte, pp. 152-163.
(3) La Convention d’Antibes, Ed. Institut du Champ Freudien, Paris, 1998, p. 47.
(4) Cf. Gilson laninni, «Cartografia de um desencontro: estrutura e sujeito em Jacques Lacan», in Psicanálise e filosofia, O futuro de um mal-estar (G. Massara &A. Teixeira, org.), Ed. Opera Prima, Belo Horizonte, 2000.
(5) Cf. «Le facteur de la vérité», in La carte postale, de Socrate à Freud et au-delà. Spéculer – sur «Freud». Paris: Flammarion, 1980.
(6) Cf. una larga discusión sobre este punto en el último capítulo de nuestro libro O problema de la identificación en Freud, Recalcamento da identificação feminina primária, São Paulo: Escuta, 2000.
(7) Lacan, J. (1981). El Seminario. Libro 3. Las psicosis, Buenos Aires: Paidós, 1984, p. 122.
(8) Lacan, J. (1981). O seminário, livro .3 As Psicoses. Rio de Janeiro: Jorge Zahar Ed, 1985, p. 102,
(9) bid., p. 105.
(10) Ibid., p. 105.
(11) «Propos directifs pour un Congrés sur la sexualité féminine», in Ecrits, Paris: Seuil, 1966, p. 730. Con respecto a esta cuestión, remitimos al lector interesado a dos otros libros: 1) Luiz Carlos Tarelho, Paranoia et théorie de la séduction généralisée, Paris: PUF, 1999, p. 9 y siguientes. 2) Jacques André, Aux origines féminines de la sexualité, Paris: PUF, 1995, p. 63.
(12) Ecrits, op. cit. p. 56.
(13) La Convention d’Antibes: Le néo-déclenchement, La Néo-conversion, Le néo-transfert, Institut du Champ Freudien, Paris, 1998, P. 22.
(14) Cf. Antônio Teixeira, «Forclusão Generalizada: como é possível não ser louco?», Curinga, n° 14, Belo Horizonte, 2000, pp. 60-65.
(15) Lacan, op. cit., p. 232.
(16) Cf. Marcia Rosa , «Forclusão e fenomenos elementares», Curinga, op. cit., p. 31.
(17) Miller, J-A. et al. (1999). Los inclasificables de la clínica psicoanalítica. Buenos Aires, Paidós, p. 319.
(18) Se trata de Herbert Wachsberg, op. cit.
(19) Os casos raros, inclassificáveis da clínica psicanalítica. A Conversação de Arcachon. São Paulo: Biblioteca Freudiana Brasileira, 1997, p. 109.
(20) Op. cit., p. 112.
Deborah Golergant
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«Traumatisme, subjectivité et subjectalité» (2021), en Revue Belge de Psychanalyse N°85, 2024.