Apres-coup_Nº8_articulo_2

La teoría «traductiva» de la génesis del aparato del alma (Jean Laplanche): ¿«nuevos fundamentos» para una clínica psicoanalítica del niño*

Jean-Marc Dupeu

                                                                                                  «La realidad psíquica no es creada por mí; es invasiva»                                                                                                                                                                               Jean Laplanche


Esta contribución se propone examinar algunos de los efectos de retorno del pensamiento metapsicológico de Jean Laplanche en la clínica psicoanalítica del niño. Quizá la legitimidad de la articulación entre estos dos dominios no sea evidente a priori para un lector poco familiarizado con la obra de Laplanche, o para un psicoanalista cuya práctica lo mantiene alejado de los problemas extremadamente complejos que plantea la importación del método analítico al campo de la clínica infanto-juvenil. Así, para justificar esta puesta en relación tal vez sea necesario un rodeo bastante largo.


Esta necesidad obedece tanto a razones de hecho como a motivos de fondo, menos evidentes, vinculados tanto a la situación de Laplanche en la historia del psicoanálisis como al método y al estilo que orientaron su investigación. Una investigación que, a lo largo de poco más de medio siglo (1959-2012), muestra una perseverancia y una coherencia casi sin precedentes en nuestra disciplina.


Razones de hecho: Jean Laplanche no era psicoanalista de niños, ni tampoco psiquiatra infantil de formación. Su experiencia clínica en estos campos era casi nula (2). Además, hasta donde sé nunca participó en los numerosos debates mediáticos que, desde hace varias décadas, se proponen periódicamente dilucidar las consecuencias en el campo educativo —y más ampliamente en nuestras relaciones con la infancia y la adolescencia— de los considerables cambios antropológicos que vienen ocurriendo desde hace unos cuarenta años en Europa occidental.


Después de la elaboración y la difusión de la Teoría de la Seducción Generalizada (1987) —y su “codicilo”, la teoría traductiva de la génesis del aparato del alma—, Jean Laplanche comenzó a prestar atención a los testimonios, sugerencias e interrogantes que le planteaban sus jóvenes colegas dedicados a la clínica psicoanalítica con niños. Sin embargo, siempre se cuidó de no “saturar” con prescripciones técnicas prematuras las propuestas metapsicológicas que traía a debate, lo que no le impidió examinar con atención los aportes de quienes intentaban integrar en su práctica las precisiones y los cuestionamientos inspirados en sus planteamientos metapsicológicos. Tales propuestas, de las que aquí ofreceré algunos ecos, siguen siendo en gran medida programáticas y requerirán ser validadas por futuros  testimonios, investigaciones y elaboraciones.


Recepción, situación y coherencia del pensamiento de Laplanche


Quien se detenga a considerar la importancia —tanto cuantitativa como metapsicológica, por no hablar de sus alcances filosóficos— de la obra de Jean Laplanche no puede dejar de sorprenderse por la relativa subestimación que parece mostrar su recepción, sobre todo si se la compara con la de Lacan.  Los motivos de esta subestimación son probablemente numerosos y merecerían un estudio separado. Más allá de las cuestiones de estilo y modalidades enunciativas —que tienen su peso— habría que considerar un factor fundamental que atañe a la situación de Laplanche en la historia del psicoanálisis, en particular a su relación con los dos grandes pensadores con quienes mantuvo —por obras interpuestas— un diálogo muy exigente: Lacan y Freud. De su relación con la obra de Freud podría decirse, en efecto, lo que él mismo señaló, no sin humor, acerca de su relación con Lacan. Al volver sobre su presentación, en el coloquio de Bonneval de 1959, de la doctrina lacaniana según la cual el inconsciente está “estructurado como un lenguaje”, explicaba la ambivalencia de su recepción por haber aparecido —y seguir apareciendo— como “a la vez demasiado y no lo bastante lacaniano”.


Esta primera intervención sobre la naturaleza o, como él prefería decir, el “modo de ser” del inconsciente freudiano —problema que seguirá siendo la preocupación central de su trayectoria teórica— es absolutamente ejemplar y merece que nos detengamos en ella un momento. En ese muy famoso coloquio (3), verdadera “escena primitiva” del psicoanálisis a la francesa, Jean Laplanche, entonces con 35 años, presentó en colaboración con su amigo Serge Leclaire, por encargo de Lacan (su maestro y psicoanalista), la concepción “lingüística” del inconsciente de este último. Ahora bien, sin dejar de cumplir con seriedad y competencia su tarea, en su exposición deslizó subrepticiamente algunas frases que refutaban claramente la tesis (que supuestamente estaba presentando) de un inconsciente “estructurado como un lenguaje”, o  al menos subrayó, apoyándose en citas, que esa concepción era incompatible con la concepción freudiana del inconsciente, tal como ella se expone en los grandes escritos metapsicológicos de 1915. Esta toma de posición provocaría, en los años siguientes, su ruptura con Lacan, quien se mostraba por lo menos intolerante frente a la libertad de pensamiento de sus alumnos más originales. Esta “escena primitiva”, que marca el inicio de la reflexión metapsicológica de Laplanche, es emblemática porque ilustra su rechazo a ser ubicado en un lugar preconcebido en la controversia teórica.


Ahora vayamos al punto crucial donde se juega la reelaboración —y la “refundación”— de la metapsicología freudiana por Laplanche. Se trata de su objeción a una toma de posición freudiana fundamental, considerada por la mayoría de los historiadores del psicoanálisis como el acto fundador de la disciplina: la decisión de Freud —muy precisamente fechada (4)— de renunciar a su teoría etiológica de las neurosis, conocida como teoría de la seducción o del traumatismo en dos tiempos, que había desarrollado e ilustrado en Estudios sobre la histeria y textos contemporáneos.


Es importante comprender que el proceso epistemológico que Laplanche entabla contra Freud opera en dos niveles, pues se trata de objetar una objeción. No para invalidarla y así “retroceder” a una proto-teoría que hoy se considera “pre-psicoanalítica” —como muchos críticos de mala fe pretenden imputar a Laplanche—, sino para, sin abandonar el reexamen crítico de la primera teoría etiológica, reelaborar la forma precipitada y mal argumentada en que Freud desarrolla su objeción, al pasar de un error de tipo pars pro toto —la teoría de la seducción “restringida” solo es válida para un pequeño número de pacientes efectivamente víctimas de abuso sexual— a un extravío mucho más grave para la teoría, que puede calificarse de solipsista. Desde entonces, se supondrá que la neurosis y la vida psíquica inconsciente en general encuentran su génesis en sí mismas. Laplanche mostrará que este extravío solipsista conduce, in fine, a una regresión biologizante: el postulado de la herencia del “recuerdo” de un acontecimiento prehistórico, “transmisión filogenética” cuya posibilidad, sin embargo, ¡ha sido claramente refutada por la teoría darwiniana de la evolución!


La primera audiencia de este proceso epistemológico abierto por Laplanche es mucho más temprana de lo que suele pensarse, pues puede situarse en el Vocabulaire de la psychanalyse —escrito en colaboración con J.-B. Pontalis—, obra que dista de ser una simple puesta a punto escolar de conceptos que por entonces ya gozaban de consenso. Cualquiera que se tome el trabajo de releer los largos comentarios que problematizan cada definición notará fácilmente que constituyen el programa de reelaboración crítica del pensamiento freudiano, que Laplanche desarrollará a lo largo de sus cursos universitarios entre 1970 y 1992 (5). Para comprobarlo, basta remitirse al artículo «Seducción» del Vocabulaire: la leyenda, ampliamente aceptada, que convierte el abandono de la teoría de la seducción y su sustitución por la teoría de la fantasía inconsciente en el acto fundador del psicoanálisis ya se denuncia claramente como una reconstrucción académica que no se sostiene sin simplificaciones indefendibles. En apenas dos páginas de extraordinaria densidad, los autores del Vocabulaire exponen detalladamente  los argumentos que socavan esa reconstrucción. Remito a su lectura, limitándome a citar un párrafo conclusivo:


«…todo el problema estriba en saber si se debe considerar el fantasma de seducción como una simple deformación defensiva y proyectiva del componente positivo del complejo de Edipo, o si es preciso ver en él la traducción de un dato fundamental: el hecho de que la sexualidad del niño está totalmente estructurada por algo que le viene como del exterior: la relación entre los padres, el deseo de los padres, que preexiste al deseo del sujeto y le da una forma. En este sentido, tanto la seducción realmente vivida como la fantasía de seducción no serían más que la actualización del dato mencionado» (6) [subrayado por J-M. D.].


Aquí ya no se trata de “elegir” entre hechos de seducción y fantasías de seducción —esa alternativa binaria introducida en la “carta del Equinoccio”, que rige la reconstrucción simplificadora de la historia del psicoanálisis—, sino de explorar ese «algo que viene como del exterior» y que remite, aunque aún de manera alusiva, a la sexualidad… de los padres. Incluso comienza a perfilarse la referencia a un proceso de “traducción” en la génesis del fantasma de seducción, pues deja de sostenerse la hipótesis de una simple «deformación defensiva del componente positivo del complejo de Edipo». La forma en que los autores plantean la alternativa entre las dos soluciones a la “cuestión” casi no deja dudas sobre la opción que prefieren. Se trata de ese “algo” a la vez exterior al sujeto y preexistente a él, que encontrará en la obra de Jean Laplanche una elaboración cada vez más precisa, hasta culminar en la noción de mensaje enigmático.


Dejo aquí, provisionalmente, esta breve reseña para hacer un primer reconocimiento de las cuestiones cruciales ligadas a la práctica psicoanalítica con niños que serán retomadas —y esclarecidas— en las propuestas metapsicológicas alternativas planteadas en Nuevos fundamentos para el psicoanálisis (1987).


Problemas metapsicológicos y técnicos vinculados a la importación del método analítico al ámbito de la clínica infantil
  

Los problemas —indisociablemente técnicos, epistemológicos y metapsicológicos— vinculados a la importación del método y del aparato conceptual del psicoanálisis a la clínica infantil son casi tan viejos como el psicoanálisis. Muchos indicios sugieren que Freud intuyó muy pronto, con suma agudeza,  esos problemas, aunque se mostró incapaz de ordenarlos con precisión y de dar cuenta de ellos de manera satisfactoria, delegando en otros —en primer lugar en su hija Anna— la tarea de elaborar las respuestas teórico-técnicas más adecuadas para cada situación particular.


Al no lograr aportar una solución metapsicológica coherente a la diversidad de estas cuestiones prácticas, Freud  no dejó de oscilar, a lo largo de su obra, entre opciones contradictorias, dando lugar, por lo mismo, a diversas corrientes antagónicas que pueden describirse retrospectivamente como el aislamiento de ciertos ejes de su reflexión. De ahí las famosas Controversias que, entre 1941 y 1945, tuvieron lugar en la Sociedad Británica de Psicoanálisis entre Anna Freud, Melanie Klein y sus respectivos discípulos. En ellas, ambos bandos pudieron, con razón —y pese a sus antagonismos exacerbados por los enfrentamientos entre escuelas—, invocar al fundador en apoyo de sus respectivas posiciones. Así, el beneficio indudable de la relectura de esas Controversias  —que convierten en “antagónicos” puntos de vista que, en Freud, solo se sostienen porque aparecen aislados unos de otros— fue hacer evidente la necesidad de una refundación de la metapsicología, capaz de superar sus contradicciones más agudas.


La convicción que orienta esta contribución —en la línea de la reelaboración laplanchiana de la metapsicología— es que la fuente de esas contradicciones en el pensamiento freudiano está en los intrincados problemas teóricos originados por la “renuncia” a la teoría etiológica de las neurosis (llamada teoría de la seducción). En efecto, esa renuncia-represión reemplazó la cuestión de la causa de las neurosis —y de la génesis de un inconsciente sexual correlativa a ella— por la problemática del funcionamiento del aparato psíquico, a riesgo de “relegar” la cuestión de su génesis. Por lo demás, se ha observado que el punto de vista genético está notablemente ausente de los “puntos de vista” (económico, dinámico y tópico) que Freud recomienda tomar en cuenta para una descripción metapsicológica exhaustiva. Y no es de extrañar que, en el seno de la clínica infantil, esta represión del problema ineludible que constituye la génesis del aparato psíquico ( y del inconsciente como uno de  sus componentes) resulte particularmente embarazoso. En efecto, ¿cómo dar cuenta del funcionamiento psíquico de los niños y de cómo se verán afectados por el método y la situación psicoanalítica —que no fue concebida para ellos— sin plantear algunas hipótesis sobre la forma en que se constituye —¿o no?— el psiquismo durante la infancia?


Para mayor claridad, podríamos trazar una tipología de las grandes corrientes del psicoanálisis de niños, según cómo intentan superar o cómo se adaptan a esta incomodidad ligada a la represión de la cuestión de la génesis del aparato psíquico como consecuencia de la renuncia a la teoría de la seducción.


1/ La forma más radical de acomodarse a la represión de la cuestión de la génesis del psiquismo consiste en relegarla a un pasado inasignable, ya sea individual (los primeros meses de vida y hasta las primeras semanas) o prehistórico, incluso “mítico”, lo que dispensa de precisar cualquier datación. La temporalidad del “mito” hace innecesario referirse a una historicidad real, así como indicar la forma en que ese pasado mítico (colectivo) se inscribiría en cada individuo singular. El vago recurso al “mito” permite deshacerse cómodamente del problema de la génesis del fantasma individual.


Los defensores de esta solución sostienen que lo que está “disponible” desde el comienzo de la vida, mucho antes de la pubertad, no es solo el Inconsciente, sino el aparato psíquico en general, ya estructurado en instancias (fantasías inconscientes llamadas “arcaicas”, más o menos derivadas de fantasmas originarios universales, yo primitivo, superyo precoz). Ello permitiría proponer al niño un psicoanálisis en toda regla, con variaciones mínimas respecto del dispositivo de la cura tipo en el adulto. Desde esta perspectiva, ni siquiera la falta de acceso al lenguaje constituye un obstáculo insalvable, pues se postula que el juego puede utilizarse como un equivalente estricto, sin resto, de la asociación libre que se prescribe al adulto. Esta toma de posición plantea cuestiones insondables para quien considere fundamental la cuidadosa distinción freudiana entre proceso primario y proceso secundario.


En esta descripción —evidentemente esquemática, y en algunos aspectos caricaturesca— podrá reconocerse la versión extrema de un kleinismo “puro y duro”, tal como se desprende de las primeras publicaciones clínicas de Melanie Klein. Cabe preguntarse cuál es hoy la presencia efectiva, incluso en tierra kleiniana, de este tipo de práctica, dada la alta frecuencia de las sesiones y la poca importancia que se da a la alianza de trabajo con los padres, así como las resistencias de los niños —sobre todo en la nueva clínica— a aceptar una técnica tan exigente.


Esta versión radical del kleinismo en la clínica infantil ha sido criticada en varias ocasiones, ya sea durante las Controversias londinenses o posteriormente (7), pero limitarse a esa técnica históricamente situada —que hoy dista de ser habitual incluso entre quienes la reivindican— sería no hacer justicia a la inventiva de las corrientes neo-kleinianas (inspiradas en Bion). De hecho, los continuadores de Melanie Klein terminaron por introducir una referencia a la actividad psíquica parental en ese esquema solipsista, pero no en el origen de la psique del niño (la endogénesis de la fantasía inconsciente sigue siendo el dogma inatacable compartido por las distintas tendencias kleinianas), sino como receptora de sus ataques pulsionales para ayudarle en la “metabolización” de los elementos más arcaicos (llamados elementos beta en la terminología de Bion), transformándolos en elementos psíquicos (alfa) susceptibles de ser introyectados e integrados en una cadena simbólica. Aquí el mecanismo prevaleciente, muy precoz, no deja de ser la proyección del niño, primero sobre la madre y luego, por efecto de la transferencia, sobre el psicoanalista. Así, lo que generaría problemas del lado de los padres sería su respuesta inadecuada frente a los ataques fantasmáticos de los que son destinatarios, por no decir el blanco, o sea su incapacidad para “devolver” al niño elementos psíquicos susceptibles de ser introyectados. 


Para el observador un poco distanciado de esta concepción teórico-práctica, todo  ocurre como si el psicoanalista kleiniano, sin ser plenamente consciente de ello —e incluso negándolo ferozmente—, tendiera a suplir las carencias de la psique materna, acogiendo con benevolencia, en su lugar, el bombardeo pulsional «arcaico» del niño para devolverle una simbolización adecuada (función de “alfa-betización”, para retomar un juego de palabras utilizado por algunas corrientes que toman como referencia a W. Bion).


Soy consciente de que la complejidad de los problemas planteados al psicoanálisis de niños por las corrientes kleinianas, post-kleinianas y neo-kleinianas no se agota con las observaciones precedentes. Aquí solo se trataba de mostrar que la represión freudiana del punto de vista genético en la descripción del funcionamiento psíquico —favorecida por la concepción de los fantasmas originarios transmitidos por vía filogenética, que desplaza a un pasado inasignable (individual o colectivo) la génesis del aparato psíquico— puede desembocar en una clínica psicoanalítica del niño que lo trata como un “adulto en miniatura”.


Haré una última observación sobre esta corriente, que se acomoda a la ausencia de referencia a una génesis del psiquismo inconsciente para proponer un dispositivo analítico casi totalmente calcado del dispositivo del psicoanálisis de adultos. Lejos de limitarse a los partidarios de la escuela kleiniana, algunas corrientes del lacanismo parecen sostener una concepción doctrinal que da lugar a una práctica muy similar. En este caso prevalece la referencia a la «estructura», en gran medida ahistórica, así como a un supuesto “sujeto del inconsciente”, postulado por Lacan, que preexistiría al yo y tendría más o menos la misma función que las fantasías originarias transmitidas por vía hereditaria. Lo que prevalece en ambos casos es una concepción ahistórica del aparato psíquico, sea que se apoye en la “estructura” o en una prehistoria mítica. De hecho, el examen sin concesiones de las corrientes teórico-prácticas efectivas muestra que estas suelen desbordar, sin que sus propios representantes lo adviertan,  las divisiones institucionales y doctrinales.


2/ Llego a una segunda corriente del psicoanálisis de niños que, lejos de acomodarse a la represión de la diacronía y de la génesis del aparato psíquico —consecuencia de la renuncia a la teoría etiológica—, ha intentado más bien suplirla, introduciendo en la metapsicología freudiana un cuarto punto de vista: el genético, pero en el sentido de “desarrollo libidinal”. Se trata de la corriente desarrollista, de la que veremos que también desborda las fronteras interinstitucionales.


Como la anterior, esta corriente se inspira en propuestas ampliamente heredadas de Freud, en particular en la problemática del desarrollo de la libido, que se impone de manera cada vez más hegemónica a lo largo de las reediciones de Tres ensayos de teoría sexual y de los textos contemporáneos. Mientras que la edición original (1905) insistía en la dimensión abierta, individual e impredecible de los destinos de la pulsión sexual —de la que Freud destacaba su carácter “antivital”—, las adiciones sucesivas, incorporadas al texto sin preocupación por la coherencia, introducen una descripción del desarrollo que vuelve a un determinismo de aspecto biológico y, por lo mismo, normativo.


Ahí reconocemos la deriva “estadial”, denunciada primero por Lacan y luego por Laplanche, aunque el primero, reacio a cuestionar al fundador (y deseoso de reconstruir para su uso un Freud lacaniano precursor), atribuía esta desviación a los post-freudianos (comenzando por la escuela annafreudiana) mientras que, como lo ha mostrado ampliamente Laplanche, esta concepción estadial de inspiración biologizante —en la que ve uno de los efectos de la renuncia a la teoría de la seducción— está efectivamente presente en toda una serie de publicaciones freudianas, cada vez más abundantes a partir de la década de 1910.


La escuela annafreudiana es probablemente la tendencia del psicoanálisis de niños que más ha integrado en su doctrina y su técnica esta referencia a la concepción estadial de la libido, llegando incluso a relacionarla con “etapas” de la cura analítica del niño. Esta técnica prescribe un estilo interpretativo sistematizado que pretende favorecer, independientemente de las particularidades de la historia familiar, el paso del niño de un estadio del “desarrollo” a otro. En esta orientación, Laplanche denunció un extravío biologizante de la primera concepción freudiana de la pulsión sexual, según la cual esta se describe más bien como emancipada de los imperativos de la pulsión de autoconservación, regida por las necesidades psicofisiológicas. Lo que corre el riesgo de perderse con este retorno a un punto de vista biológico-normativo es el sentido mismo de la cura analítica como apropiación de un destino singular.


Aquí haré una observación similar a la que cerraba el apartado anterior: aunque la corriente annafreudiana es sin duda la que más ha contribuido al biologismo normativo, éste también se encuentra en algunas corrientes de la escuela lacaniana, para las que la “superación” de las diversas “castraciones” (orales, anales, etc.) no deja de presentarse como un imperativo normativo, cuya “asunción” se busca y celebra como un progreso significativo en la economía de la cura. Así, una concepción estadial no confesada —o confesada con reticencia— puede infiltrarse en la práctica de psicoterapeutas identificados con orientaciones psicoanalíticas cuya marca distintiva es el rechazo indignado de toda determinación normativa.


Más en general, e independientemente de cualquier afiliación doctrinal precisa, sería inútil negar que la demanda social, así como la legítima preocupación de los padres, ejercen sobre cualquier psicoterapeuta de niños —por mucho cuidado que ponga en preservar la singularidad de su pequeño paciente— una presión que tiende a valorar y, por lo mismo, a favorecer una dirección de la cura que satisfaga lo más rápidamente posible esa normatividad psico-biológica y social. De ahí el riesgo de que la terapéutica analítica derive en una reeducación, muchas veces sin que el propio terapeuta se percate de ello.


3/ Una tercera corriente podría denominarse ambientalista, o de inspiración educativa. Tomando en serio la dimensión abierta e impredecible de los destinos pulsionales, y rechazando escudarse en la referencia a una normatividad del “desarrollo de la libido” de aspecto biológico, esta tendencia se vio llevada a enfatizar la importancia de las actitudes educativas y culturales provenientes del entorno —entendidas en sentido amplio, es decir, no necesariamente coordinadas o intencionales— en la constitución de la personalidad del niño y de sus avatares patológicos.


Pese al antagonismo a menudo feroz que la opone a las otras dos, esta corriente tampoco carece de numerosos antecedentes, sumamente precisos, a lo largo de la obra freudiana. En efecto, como contrapeso a la corriente desarrollista, Freud no deja de subrayar la importancia del proceso educativo —o proceso civilizador— en la constitución del aparato psíquico. Un testimonio incontestable de ello se encuentra en su breve pero denso prefacio al libro de August Aichhorn (8), creador y director de una institución destinada a acoger y educar a niños víctimas de abandono desde una perspectiva “psicoanalíticamente orientada”. El aval que Freud otorga al autor va acompañado de una crítica metapsicológica implacable —aunque no se formule explícitamente— a las opciones teórico-clínicas de Melanie Klein: «el trabajo educativo es algo sui generis que no debe confundirse con la influencia ejercida por el psicoanálisis ni ser reemplazado por ella. El psicoanálisis de niños puede ser un complemento al servicio de la educación. Pero no es apto para ocupar su lugar». La primacía otorgada al proceso educativo parece justificada por el hecho de que este contribuye activamente a la estratificación del aparato psíquico en instancias, condición necesaria para la instauración del verdadero método analítico (problema de la génesis del superyo, pero también del yo, que es una manzana de la discordia entre Freud y la corriente kleiniana). Sin embargo, lejos de describir el proceso educativo y el proceso analítico en una relación antagónica, Freud aprovecha el testimonio de este educador abierto al psicoanálisis para afirmar que, bien conducida, la educación previa al análisis puede convertirse después en su aliada: afinidad, por no decir identidad, de los objetivos (posteriormente inscritos en el registro de la Kulturarbeit (9)), pero distinción de los métodos, que deja abierta la cuestión de su sucesión en el tiempo o de su eventual articulación.


Pero se habrá notado que lo que le guía entonces, antes de cualquier discusión técnica, es la invocación de argumentos metapsicológicos. En primer lugar, la necesidad de pensar la génesis del psiquismo y su estratificación en instancias en relación con el proceso educativo, haciendo de la constitución suficientemente lograda del aparato psíquico una condición del método analítico propiamente dicho: «un niño, incluso un niño descarriado y abandonado, todavía no es precisamente un neurótico, y la posteducación [aquí Freud designa con este término al propio psicoanálisis] es algo muy distinto de la educación de aquello que aún está en proceso de constitución».


Tal vez esta referencia al proceso educativo en la obra freudiana, aunque persistente, sigue siendo bastante vaga. Y podemos considerarla, con razón, como un concepto en espera para pensar la complejidad de las relaciones entre el mundo adulto y cada niño acogido en él. Ese concepto en espera, todavía designado por la noción de “entorno”, es el que intentará renovar esta tercera corriente del psicoanálisis de niños, lo que la llevará a precisar las indicaciones diferenciales y las modalidades de articulación entre intervenciones educativas “analíticamente orientadas” y dispositivos analíticos considerablemente modificados para responder a las complicaciones creadas por la coexistencia de los dos procesos.


Aquí cabe pensar en varios teóricos y escuelas, comenzando por Ferenczi, primer explorador de los efectos patógenos de ciertas actitudes educativas denunciadas como traumáticas, y Winnicott, que durante las Controversias londinenses elige mantenerse al margen del enfrentamiento entre las dos escuelas rivales antes de dar a conocer su propia concepción del “ambiente” psíquico; o incluso Bruno Bettelheim. El movimiento francés de los Centros médico-psicopedagógicos donde se han formado, desde su creación, generaciones de jóvenes terapeutas, intentó articular —de manera menos unilateral y menos pasional— la orientación a los padres, las intervenciones educativas e incluso pedagógicas y la psicoterapia de inspiración psicoanalítica.


Dentro de la escuela lacaniana —y en ruptura con la corriente normativa y desarrollista de inspiración “doltiana”— podemos citar también la corriente iniciada por Maud Mannoni, quien formula la hipótesis de que en algunas formas de patología del niño este aparece como el “síntoma” de la madre. Esto la llevará a intentar un acercamiento con las tesis “comunicacionales” de la antipsiquiatría inspiradas en la escuela de Palo Alto (10). Por último, las corrientes de pedagogía y de psicoterapia institucional, también de inspiración lacaniana, iniciadas respectivamente por Jean y Fernand Oury, constituyen otra ilustración de esta corriente psicoanalítica, orientada a corregir los efectos patógenos de algunos avatares del proceso educativo.


Dejo aquí este inventario y esta tipología de las grandes corrientes del psicoanálisis de niños, evidentemente demasiado esquemáticos. En efecto, para ser justo sería necesario mostrar que entre esos tres grandes vectores, una gran cantidad de terapeutas de buena fe —reacios a comprometerse con una orientación doctrinal exclusiva— buscan, en función de sus temperamentos y sus trayectorias profesionales, compromisos y formas de articulación casi innumerables. El camino queda despejado para examinar la perspectiva que la refundación metapsicológica propuesta por Jean Laplanche aporta  a estas cuestiones recurrentes.


De la teoría de la seducción generalizada a la teoría traductiva de la génesis del aparato del alma

 
Lo que Jean Laplanche designa, con insistencia creciente desde comienzos de los años 90, como su teoría “traductiva” de la génesis del aparato del alma (11) consiste en un conjunto de propuestas teóricas correlativas a su propia teoría de la seducción generalizada, o dicho de otro modo: ambos conjuntos de enunciados son como el anverso y el reverso de una misma teoría que propone a la discusión como capaz de constituir unos nuevos fundamentos para el psicoanálisis, despojados de ciertas contradicciones, imprecisiones y extravíos que, a su juicio, comprometen gravemente  la coherencia de la metapsicología freudiana.


El concepto de seducción originaria propuesto por Laplanche no refuta la existencia de una posible seducción infantil (por un adulto perverso), ni la de una seducción precoz del lactante (en el marco de los cuidados maternos), sino que aspira a esclarecer retrospectivamente esos fenómenos al entenderlos como avatares psicopatológicos. Con ello pretende “generalizar” la intrusión de la sexualidad del adulto en el niño según un modelo a la vez universal y necesario: «Con el término de seducción originaria calificamos entonces esta situación fundamental en que el adulto propone al niño significantes no-verbales tanto como verbales, incluso comportamentales, impregnados de significaciones sexuales inconscientes» (12). El carácter universal de este proceso remite a lo que Laplanche denominará posteriormente situación antropológica fundamental, a la luz de la cual los avatares de la propia dinámica edípica se reducen a cierta contingencia cultural, familiar o psicopatológica.


Aquí son necesarios algunos comentarios para precisar las articulaciones de un pensamiento  cuyo mérito reside en buscar coherencia y sistematicidad. Por un lado, Laplanche no tardará en reemplazar el término de significantes (heredado de Lacan) por el de mensajes para designar una realidad más amplia, no limitada a una secuencia significante precisa —el “mensaje”  desborda la materialidad de los significantes por los que transita—, pero percibida por el niño como un mensaje dirigido específicamente a él y como algo que exige de su parte una “traducción”. Laplanche llama enigmáticos a esos mensajes (al menos en la problemática neurótico-normal) sobre todo porque lo son para su propio emisor, en el sentido de que la propia sexualidad reprimida se infiltra en los contenidos preconscientes-conscientes. Por otro lado, para precisar su modo de intrusión en la psique del niño, Laplanche forjará posteriormente el concepto de implantación: «Designo así el hecho de que los significantes [por tanto, ahora, los mensajes] aportados por el adulto se encuentran fijados, como en superficie, en la dermis psicofisiológica de un sujeto en el cual una instancia inconsciente no está aún diferenciada. Es sobre estos significantes recibidos pasivamente que se realizan los primeros intentos activos de traducción, cuyos restos son lo reprimido originario» (13).

 
Así pues, dos procesos distintos y correlativos concilian, al dialectizarlos, los términos de la alternativa tramposa indicada en nuestro inventario de las grandes corrientes del psicoanálisis de niños:


1/ La seducción originaria corresponde a un movimiento que Laplanche califica de “copernicano” (para el individuo en cuestión, “aquel de quien se habla”) en la medida en que describe la implantación por parte de los adultos tutelares concretos —casi siempre los padres, pero no necesaria ni exclusivamente ellos— de mensajes enigmáticos. Entretejidos con significaciones sexuales inconscientes —desconocidas por los propios adultos—, esos mensajes resultan a fortiori inasimilables (“intraducibles”) en su totalidad por el niño, debido a su inmadurez psicosexual (14). Tendríamos que detenernos más extensamente en el lugar tópico de esta implantación, aquí metaforizado por Laplanche como una “dermis psicofisiológica” (15). Esta propuesta es coherente con su afirmación según la cual, aunque el aparato del alma (freudiano) no está constituido en los primeros tiempos de la vida, el aparato neuro-psico-fisiológico, encargado de las funciones de autoconservación, sí está ahí desde el comienzo, aunque inmaduro. Así, lejos de negar la existencia y la importancia de éste último, la tarea del metapsicólogo supone pensar la articulación entre ambos “aparatos”, que, al obedecer a imperativos y modos de constitución heterogéneos, ¡pueden entrar en tensión! La metáfora que    surge espontáneamente para representar esa tensión en cada ser humano concreto es la de la colonización. La simbolización de las pulsiones —y en caso de fracaso o desbordamiento de esta, la terapéutica psicoanalítica— busca suscitar alianzas que permitan establecer compromisos entre los intereses del “colonizado” y los del “colonizador”, es decir, entre los imperativos de la conservación de la vida (y de “la adaptación”) y los del principio de placer.


2/ Lo anterior nos lleva al segundo movimiento, correlativo del primero. Se refiere a la necesidad que experimenta el niño de darse una “traducción”, al menos parcial y aproximada, de los mensajes por los que se ve literalmente bombardeado. Un intento más o menos logrado de apropiación activa, en primera persona, de lo que le fue implantado contra su voluntad. De esta teorización se deduce una interpretación laplanchiana del famoso “juego del carretel”: a la vez figurativo y lenguajero, este juego aparece como un primer intento de figurar-traducir en primera persona los “mensajes enigmáticos” que constituyen para el niño las ausencias repetidas de la madre; es, en cierto modo, una primera elaboración de la pregunta: «¿Qué quiere ella de mí… para “arrojarme” y “volver a cogerme” así?». Con esta interpretación laplanchiana del juego del carretel tenemos por fin una teoría satisfactoria de la propia fantasmogénesis como esfuerzo de elaboración de mensajes, micro-traumáticos en la medida en que no dejan de incluir un elemento sexual, intraducible para el niño; se trata de un trabajo de elaboración fantasmática al que asistimos aquí casi en directo, gracias a la genial capacidad de observación psicoanalítica de Freud.


Si esta rectificación de la teoría del fantasma y de su génesis —que vuelve caduca la hipoteca nefasta de su transmisión “filogenética”— está justificada, entonces vemos que la alternativa entre “fantasma” y “realidad del traumatismo” se diluye, en la línea de la “cuestión” planteada en el artículo «Seducción» del Vocabulaire de la psychanalyse citado anteriormente. En efecto,  ahí la primacía de la sexualidad adulta ya se entendía a la vez como causa de los hechos de seducción por el adulto (circunstancias patológicas o médico-legales) y como origen del fantasma de seducción del niño, en tanto intento de elaboración de lo que percibe obscuramente de la sexualidad de los adultos. Este movimiento de traducción-apropiación activa puede calificarse de ptolemaico, en la medida en que el egocentrismo natural del niño  hace que se perciba en el “centro del mundo” (16) y que interprete cualquier mensaje como algo “que se refiere a él”.


Laplanche retoma la descripción de este proceso traductivo —y el  propio término— de la teoría freudiana de la memoria, contemporánea de la primera teoría de la seducción, que encontramos en la carta a Fliess del 6 de diciembre de 1896 (17). En ese importante texto, comentado en varias ocasiones por Laplanche, Freud expone una teoría de la memoria según la cual existen inscripciones y “reordenamientos” sucesivos. Laplanche se sirve de esta propuesta freudiana para poner en relación esa descripción de la memoria, que conduce a la génesis de un aparato psíquico “estratificado”, con la teoría de la seducción que le es contemporánea. Así muestra —es su aporte personal— que el objeto de las sucesivas reinscripciones no está constituido por simples percepciones (como supone Freud), sino por mensajes procedentes del mundo adulto. Esta reformulación se justifica aún más si tenemos en cuenta que, en el transcurso de su argumentación, Freud añade que el fracaso parcial de la “traducción” define lo que en clínica llamamos represión. La conexión que Laplanche establece entre teoría de la memoria y teoría (sexual) de la seducción —separadas en Freud— resulta especialmente oportuna para recordar que la represión (originaria) no es un simple fallo cognitivo, sino que recae específicamente sobre el componente sexual, inasimilable por el niño, de los mensajes del adulto. Por lo tanto, a medida que progresa la maduración, las «traducciones» sucesivas aparecen como intentos reiterados de mejorar periódicamente la “captación” de ese componente, integrando las nuevas experiencias para acercarse a su “significación” sexual. Sin embargo, antes de acceder a una experiencia sexual completa (en su doble componente sexual y sentimental), el niño se topará con un límite irreductible, por lo que siempre subsistirá un resto rigurosamente intraducible. Aquí reencontramos el esquema bifásico de la primera teoría de la seducción, donde las dos “escenas” estaban necesariamente separadas por  “las metamorfosis de la pubertad”.


Después de este breve repaso, que no hace justicia al rigor de la argumentación de su autor,  se entiende mejor que, en lo que respecta a la génesis del aparato psíquico (del alma), estamos ante una tercera vía entre las dos “soluciones” descritas anteriormente, cuyas aporías no podían escapar ni siquiera a sus partidarios más convencidos. De ahí la proliferación de teorías ad hoc para intentar corregir, a lo largo de las décadas, la fragilidad de construcciones cuyos cimientos amenazaban constantemente con ceder ante la prueba de la realidad clínica.


Por un lado, era como si se hubiera optado por resolver los problemas suprimiéndolos. Es decir, retroproyectando en un pasado inasignable —un poco apresuradamente calificado de “mítico” o “prehistórico”— la incómoda cuestión de la génesis del psiquismo individual. Esta solución desembocaba en una extraña paradoja: mientras la patología neurótica del adulto se reconducía a sus fuentes infantiles (18), los trastornos tempranos se describían conforme a una doctrina que, en su versión extrema, terminaba negando la infancia y la represión. Por otro lado, dada la convicción de que una clínica psicoanalítica de niños no podía soslayar la cuestión de la génesis, la represión de la teoría traumática llevaba a reducir el punto de vista genético al modelo de un desarrollo de la libido calcado del de las funciones psicofisiológicas. Pero entonces se diluía toda la tensión entre el ámbito propio de las pulsiones de autoconservación, que responden a las necesidades vitales, y aquel donde reina la pulsión sexual y sus destinos impredecibles. Así, al asimilar los síntomas neuróticos a trastornos del desarrollo de corte biologizante, se corría el riesgo de disolver la especificidad de su explicación psicoanalítica; un reduccionismo que, a su vez, llevaba a concebir la intervención analítica con niños como una forma de reeducación.


La teoría traductiva de la génesis del aparato del alma supera las aporías de las dos corrientes anteriores, dando cuenta tanto de la singularidad de los contenidos psíquicos —fantasmas  individuales vinculados a cada destino y teorías sexuales infantiles que apuntan a una auto-simbolización de cada historia— como de la estructuración progresiva del aparato psíquico en instancias diferenciadas (susceptibles de entrar en conflicto), lo que permite evitar un determinismo biologizante, predictivo y normativo, desmentido por la infinita diversidad de soluciones individuales.


                                                                                            ✶


Esta refundación laplanchiana de la metapsicología tiene consecuencias considerables sobre numerosos puntos cruciales que siguen generando controversia en la comunidad psicoanalítica. Los límites de esta contribución ni siquiera permiten ofrecer una simple lista. Solo mencionaré, a modo de conclusión, dos de los temas que me vi llevado a reconsiderar gracias al estrecho contacto que mantengo con este pensamiento desde hace veinte años. El primero se refiere a nuestra concepción de la situación psicoanalítica y el segundo es una pieza clave a añadir al expediente de la teoría de la interpretación psicoanalítica, particularmente confusa en clínica infantil.


Respecto a la primera cuestión, Laplanche no dejó de señalar que, a lo largo de sus investigaciones, su preocupación central consistía en poner en relación lo que hay de fundador en la  práctica psicoanalítica con el proceso fundador del ser humano, en la medida en que se caracteriza por la formación de un inconsciente (19). Así, la teoría traductiva de la génesis del psiquismo está estrechamente relacionada con una teoría de la cura según la cual sus condiciones —el método asociativo y la situación analítica— están enteramente concebidas para “relanzar” una especie de neogénesis de lo sexual infantil. En el dispositivo, el analista ocupa el lugar del adulto “seductor”; evidentemente no como adulto perverso, sino como provocador del enigma, y la asimetría de la situación analítica reinstaura, por elección metodológica, algo de la asimetría fundadora de la situación originaria. En este sentido, Laplanche desarrolla la tesis según la cual el analista, por el lugar que acepta ocupar en la situación, “provoca” la transferencia; pero una transferencia susceptible de ser analizada, condición necesaria para el relanzamiento indefinido del proceso “traductivo”, que había quedado bloqueado por el compromiso psicopatológico.


Respecto a la cuestión de la interpretación en el campo de la clínica infantil, la nueva teorización sugiere distinguir la actividad “traductiva” —que puede concebirse como una forma de autointerpretación inherente al ser humano, más o menos activa y productiva según las edades de la vida y las crisis existenciales— de la interpretación psicoanalítica propiamente dicha.


En efecto, las traducciones sucesivas que se da el sujeto obedecen a una vectorización “progrediente”: cada nueva traducción intenta anexar al preconsciente fragmentos de realidad que habían escapado a las traducciones anteriores. La finalidad es ampliar el dominio del preconsciente. Este “trabajo de cultura” se ajusta a la máxima freudiana que prescribe que «Donde era Ello, Yo debe advenir». En esta tarea, el sujeto es acompañado a lo largo de su existencia por algunos auxiliares, comenzando por la psique materna —o sus sustitutos—, cuya “función interpretante” puesta al servicio del niño ha sido descrita. Más tarde, los maestros, los compañeros mayores y la cultura también asistirán al pequeño en su infinito trabajo de retraducción de los mensajes implantados durante la infancia. Este “progreso en la vida del espíritu” (Freud) tiende a extender asintóticamente el campo del preconsciente y, por lo tanto, de lo pensable, pero —al mismo tiempo— puede volverse cómplice de la represión.


Es indudable que, en el curso de todo análisis, la reactualización del “enigma”, vinculada al método y a la asimetría del dispositivo, tiende a relanzar el proceso traductivo. Cuando el paciente es invitado a decir “todo lo que le viene a la mente” (o a entregarse a la espontaneidad del juego) vuelve a poner en funcionamiento esa actividad preconsciente interminable de “traducción-retraducción”. Los relanzamientos y la disponibilidad benevolente del analista, así como la suspensión metodológica de la presión adaptativa, favorecen este trabajo. El acompañamiento benevolente del analista reproduce, desde cierto punto de vista, la función “interpretante” de la psique materna —¡al menos la que designamos, desde Winnicott, como suficientemente buena!

 

 

Sin embargo, Laplanche nos recuerda que, aunque deseable y necesaria, esta función de ayuda a la simbolización no es lo específico de la interpretación psicoanalítica, aun cuando la prepara y constituye su condición. Mientras que la función de acompañamiento y relanzamiento del proceso traductivo se acerca a la construcción (vectorización progrediente), la interpretación propiamente psicoanalítica debe concebirse, por el contrario, como un trabajo de detraducción de las traducciones antiguas; detraducción que tiene por meta el levantamiento de la represión, sobre la que se había construido la traducción anterior. Esta detraducción, que hace surgir un “resto” hasta entonces intraducido —vinculado al componente sexual de los mensajes infantiles—, es lo que constituye la especificidad de la interpretación psicoanalítica, irreductible a cualquier “hermenéutica”. El levantamiento de la represión, consecuencia de la detraducción, se anuncia mediante un afecto de júbilo particular, bastante bien expresado en una fórmula popularizada por una serie de televisión policíaca: «¡Vaya, pero si es evidente!(20)».


Estas dos figuras de la interpretación (relanzamiento progrediente de nuevas traducciones elaborativas que amplían el campo del preconsciente y “detraducción” brutal que anuncia el levantamiento de la represión según un movimiento regrediente) están presentes, en dosis variables, en cualquier abordaje auténticamente analítico. Y no es una paradoja menor constatar que el acompañamiento y la incitación a elaborar nuevas traducciones favorecen y anuncian, gracias a la magia de la situación analítica —que organiza las condiciones de una regresión moderada— momentos de “detraducción”, acompañados de un levantamiento de la represión. Esta dialéctica retoma y profundiza aquella descrita por Freud entre interpretaciones y construcciones durante el proceso analítico.


Desde esta perspectiva, se comprende fácilmente que cuanto más joven es el paciente, más “abierto” a la implantación de mensajes sexuales inasimilables puede considerarse su aparato psíquico, y más se verá llevado el analista a acompañar y favorecer la función de ayuda a la traducción, bastante cercana a la función interpretante de la psique materna descrita por Piera Aulagnier o por Winnicott. Aquí el objetivo prioritario no es tanto el levantamiento de la represión (pues el inconsciente reprimido aún se encuentra poco diferenciado), sino propiciar y acompañar los primeros esbozos de traducción de los mensajes que afectan actualmente al niño. Lo que se espera de esta ayuda a las primeras traducciones preconscientes es que posteriormente favorezca una “represión moderada”; el conjunto del proceso contribuye así a la estratificación progresiva del aparato psíquico en instancias susceptibles de favorecer el juego de la conflictualidad interna.


Por el contrario, en niños mayores o que presentan síntomas de tipo neurótico —que ya muestran un cierto “cierre” del aparato psíquico— la oferta de jugar o hablar libremente hará alternar, como en el adulto, períodos de traducciones (“progredientes”), fuentes de una satisfacción tranquila vinculada al enriquecimiento progresivo de las ligazones preconscientes, y episodios de bruscos levantamientos de la represión, acompañados de un placer de un tono distinto, que anuncian la producción de un material asociativo inédito. Este levantamiento de la represión está ligado a la regresión tópica y formal, en la que participa lo que aquí llamamos detraducción.
 

Durante nuestra brevísima exploración de la técnica kleiniana, hemos supuesto que esa concepción de la cura probablemente resulta eficaz porque el terapeuta acompaña en tiempo real, de manera a la vez activa y continente, una actividad de elaboración preconsciente de mociones “incestuosas” provenientes de la psique parental. Esa parece ser, en efecto, la función central de la interpretación simbólica, que, lejos de levantar la represión de contenidos inconscientes —vinculados a la singularidad de cada psique parental—, apunta a ligar el exceso de excitación pulsional del niño. La “mitología” kleiniana sería entonces heurística, no porque diga la verdad de una fantasía inconsciente ya constituida (o “heredada” filogenéticamente), sino por su función de ligazón, suficientemente “abierta” para adecuarse a la mayoría de las situaciones clínicas en las que prevalece ese exceso de excitación.


Este ejemplo muestra que la función de una teoría metapsicológica, más que “prescribir” lo que  se debe hacer en cada circunstancia, es ofrecer al analista una representación a la vez suficientemente amplia (para favorecer comparaciones) y precisa (para evitar que se engañe con palabras) de lo que hace: reinstaurar, gracias a las especificidades de su método, las condiciones que rigieron la constitución de un aparato psíquico singular. Esta reinstauración tiene la ambición de provocar en el paciente mutaciones psíquicas que merezcan calificarse de terapéuticas.


La convicción que he intentado compartir con mi lector es que la teoría traductiva de la génesis del psiquismo de Jean Laplanche —que es indisociablemente una metapsicología del método y de la situación analítica— es especialmente adecuada para cumplir esta misión: ofrecer al analista que quiera tomarse la molestia de confrontarla con su práctica, una representación más coherente de lo que realmente hace, a menudo sin saberlo, en lugar de preceptos sobre lo que “debe hacer”. Condición necesaria si aspira a modificar aunque sea mínimamente su práctica  para que se ajuste mejor tanto a sus expectativas como a las de sus pacientes.

Notas

 

(✶) DUPEU, J-M. (2013), «La théorie “traductive” de la genèse de l’appareil de l’âme (Jean Laplanche): de “nouveaux fondements” pour une clinique psychanalytique de l’enfant ?», Revue Belge de Psychanalyse, n.º 63, pp. 113-135. Traducción: Deborah Golergant.

 

(2) Añadamos que, al igual que Sandor Ferenczi, Anna Freud y D.W Winnicott —tres grandes nombres del psicoanálisis de niños— Jean Laplanche nunca fue padre. Esta observación, en la introducción de un trabajo cuyo enfoque es prioritariamente metapsicológico, puede parecer, en el mejor de los casos, anecdótica, y en el peor, fuera de lugar. La mantengo, sin embargo, porque no se puede excluir que esta situación psíquica haya favorecido (de una manera que es paradójica solo en apariencia) el desarrollo de una investigación rigurosa sobre el impacto de los primeros mensajes dirigidos por los adultos cuidadores a la psique del niño … impacto que el sujeto, convertido a su vez en padre, ¡puede tener excelentes razones para reprimir! Aunque Laplanche nunca se refirió a un posible vínculo entre su teoría de la génesis del inconsciente y el singular destino que le impidió ser padre, confío en que no nos choque que un psicoanalista se permita plantear este tipo de cuestión. Incluso si él no es, personalmente, el depositario de ninguna confidencia en la que pudiera apoyarse.

 

(3) Ey H. (1966).

 

(4) Freud S. (1897).

 

(5) Cf. en los siete volúmenes de las Problemáticas, publicadas en Presses Universitaires de France entre 1980 y 1993.

 

(6) Laplanche J. &  Pontalis J-B. (1967).

 

(7) Aquí podemos remitir al famoso artículo de Maurice Dayan, «Madame K. interpreta», donde el autor  desarrolla una crítica teórico-clínica de esta concepción de la interpretación en la clínica infantil (Dayan M., 1977).

 

(8) Freud S. (1925).

 

(9) «Donde era Ello, Yo debe advenir. Esto es un trabajo cultural [kulturarbeit], más o menos como el secado del Zuyderzee». (Freud S. 1932).

 

(10) Mannoni M. (1970).

 

(11) Traducción literal del alemán freudiano Seelenapparat, que, en su labor de traductor, Laplanche prefirió al sintagma «aparato psíquico» hasta entonces utilizado y al que reprochaba una connotación erudita ausente de los términos alemanes seele y seelen. Sin embargo, el hecho de que el francés no tenga un adjetivo formado a partir del sustantivo alma sigue planteando una dificultad. El adjetivo «anímico», utilizado a veces, introduce una confusión debido al sentido específico que tiene en antropología, donde designa la actitud (de los “primitivos” pero también de los niños, según Freud) «consistente en atribuir a las cosas un alma análoga al alma humana» (Grand Robert).

 

(12) Laplanche J. (1987/1989, p. 128).

 

(13) Laplanche J. (1990/1996, p. 106).

 

(14) Si [el mensaje emitido por el adulto] se presenta al niño como enigmático es porque excede sus posibilidades de comprensión y control; pero más fundamentalmente porque, en su duplicidad, resulta incomprendido aquel mismo que lo emite». (Laplanche J. 1994/200,  p. 113)

.

(15) En sus últimas intervenciones, Laplanche ha variado ligeramente su formulación sobre esta cuestión del lugar de implantación de los mensajes procedentes del adulto apelando a un “subconsciente”. Personalmente, la referencia metafórica a una “dermis psicofisiológica” me parece  más heurística, tanto desde el punto de vista teórico como para iluminar ciertas manifestaciones psicopatológicas.

 

(16) Un solo ejemplo de este “ptolemaísmo” espontáneo, tal como lo muestra la clínica: en caso de divorcio de los padres, es habitual que el niño reciba este acontecimiento como un mensaje que se refiere a él y que lo interprete como una consecuencia de sus propios comportamientos.

 

(17) Freud S. (1896).

 

(18) «El inconsciente es lo infantil en nosotros», explica Freud al hombre de las ratas para introducirlo en el método analítico.

 

(19) Laplanche J. (1993 b).

 

(20) «Bon sang, mais c’est bien sûr !». Expresión popularizada por la serie policial francesa Les Cinq Dernières Minutes, utilizada para expresar la súbita comprensión de un caso. [N. de T.]

 

(21) En el original: “refoulement bien tempéré”. La expresión francesa “bien tempéré” contiene la idea de algo mantenido en su justa medida, ni excesivo ni insuficiente [N. de T.]

 

 

Bibliografía

 

Dayan M. (1977). « Madame K. Interpréte, la théorie dans la pratique kleinienne », Topique n°19, avril 1977, p. 77-115.

 

Ey H. (dir.) (1966). L’inconscient (VIème colloque de Bonneval), Paris, Desclée de Brouwer.

 

Freud S. (1896). «Lettre 112 du 6 déc.1896». Trad. Fr. dans Lettres à Wilhelm Fliess, 1887-1904, Paris, PUF, 2006, p.263-273.

 

Freud S. (1897). «Lettre 139 du 21 septembre 1897 » Trad. Fr. dans Lettres à Wilhelm Fliess, 1889-1904, PUF, 2006, p 334-337.

 

Freud S. (1925). « Préface à Jeunesse à l’Abandon », Trad. Fr. in OCP Vol XVII , Paris PUF, 1992. p.159-163.

 

Freud S. (1932). «La décomposition de la personnalité psychique », XXXIe Leçon, in :

« Nouvelles suites des leçons d’introduction à la psychanalyse », trad. Fr. in OCP, vol XIX,1995, p.140-163.

 

Laplanche J. et Pontalis J-B. (1967). Vocabulaire de la Psychanalyse , article « Séduction ». Paris, PUF, 1967, p. 439.

 

Laplanche J. (1970).  Vie et Mort en psychanalyse, Paris, Editions Flammarion, 1970, p.43.

 

Laplanche J. (1984). «La pulsion et son objet-source», Repris dans : La révolution copernicienne inachevée , Paris, Presses universitaires de France, 2008, p.238-239.

 

Laplanche J. (1987). Nuevos fundamentos para el psicoanálisis, Buenos Aires: Amorrortu, 1989,

 

Laplanche J. (1990a). « Implantación, intromisión», en La prioridad del otro en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 2008, p 106.

 

Laplanche J. (1990b). « Le temps et l’autre », in La révolution copernicienne inachevée, Paris, PUF, 2008, p.380.

 

Laplanche J. (1993a). Problématiques VII : Le fourvoiement biologisant de la sexualité chez Freud. Paris,  PUF, 2006.

 

Laplanche J. (1993b). «Court traité de l’Inconscient». In Entre Séduction et inspiration : l’homme. Paris, PUF, 1999, p. 68.

 

Laplanche J.(1994). « Les forces en jeu dans le conflit psychique », in Entre Séduction et inspiration : l’homme . Paris, PUF, 1999, p.132.

 

Mannoni M. (1970).  Le psychiatre, son « fou » et la psychanalyse. Paris, éditions du Seuil.

 

 

Resumen

 

La teoría «traductiva» de la génesis del aparato del alma de Jean Laplanche se sitúa en relación con su teoría de la seducción generalizada, de la que constituye una especie de “codicilo”. Aquí se examina desde el punto de vista del esclarecimiento que puede aportar a las controversias teórico-prácticas surgidas de la importación del método psicoanalítico a la clínica infantil. El autor muestra que permite superar algunas de las aporías vinculadas a las concepciones “innatista” (fantasías originarias) y desarrollista, abriendo así una serie de propuestas técnicas.

 

 

Palabras clave

 

Teoría de la seducción generalizada, clínica psicoanalítica del niño, génesis del psiquismo, fantasías originales, Jean Laplanche, traducción, interpretación.

Deborah Golergant

Maria Teresa de Melo Carvalho

Fragmento del capítulo II, «Vida e morte no segundo dualismo pulsional», en Daniel Kupermann (coord.), Por que Laplanche?, São Paulo: Zagodoni Editora, 2017. pp. 53-57.

Jean-Marc Dupeu

«La théorie “traductive” de la genèse de l’appareil de l’âme (Jean Laplanche): de “nouveaux fondements” pour une clinique psychanalytique de l’enfant ?», Revue Belge de Psychanalyse, n.º 63, 2013, pp. 113-135.

Francis Martens

«Trois nuances de vide dans le discours de Lacan», in  Le Coq-Héron, n.º 261, 2025/2, pp. 25-29.

Paulo De Carvalho Ribeiro

«O real é sexual: mal-estar na clínica lacaniana das psicoses», en Percurso n° 27 – 2/2001.

Hélène Tessier

«Entre une psychanalyse raisonnable et une psychanalyse raisonnée : la subjectivité psychologique dans la psychanalyse américaine actuelle». Psychologie clinique et projective 2006/1 (n° 12), p. 231-250.

Dominique Scarfone

«Traumatisme, subjectivité et subjectalité» (2021), en Revue Belge de Psychanalyse N°85, 2024.