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Deborah Golergant

Presentación

«Quien se detenga a considerar la importancia —tanto cuantitativa como metapsicológica, por no hablar de sus alcances filosóficos— de la obra de Jean Laplanche no puede dejar de sorprenderse por la relativa subestimación que parece mostrar su recepción […]. Los motivos de esta subestimación son probablemente abundantes, y merecerían un estudio separado» (J-M. Dupeu, 2006, p. 2).


Este número reúne textos que se apoyan en el pensamiento de Jean Laplanche para abordar una serie de problemas, revisando críticamente las formas en que estos suelen ser tratados por algunas de las corrientes más influyentes del psicoanálisis postfreudiano. Nos referimos, por un lado, a aquellas que han repensado la metapsicología a partir de la práctica con niños (kleiniana —y postkleiniana—, anafreudiana, winnicottiana, entre otras) y, por otro, a la tradición lacaniana y al psicoanálisis intersubjetivo y relacional.


La puesta en relación de estas perspectivas —creemos— puede ayudar a comprender la subestimación que parece afectar a la obra de Laplanche. En efecto, hacer visibles los supuestos teóricos que estas corrientes presentan como evidentes y que Laplanche pone en cuestión permite esclarecer las dificultades que encuentra su pensamiento para inscribirse en tradiciones ya consolidadas. Por otro lado, la exigencia de coherencia teórica que sostiene su obra la vuelve refractaria a las lógicas eclécticas (cf. el texto de J-M. Dupeu).


El número pone de manifiesto tres ejes del pensamiento de Laplanche, tres conjuntos de ideas en las que solemos coincidir quienes consideramos su aporte como fundamental. Esos tres ejes, estrechamente vinculados entre sí, se refieren, respectivamente, al método de estudio de la obra de Freud, a la metapsicología y a la práctica clínica.


El primer eje es, entonces, su defensa del método psicoanalítico como fundamento de una forma específica de producción teórica, y se expresa en su propuesta de un «retorno sobre Freud». Esta consiste en trasladar, con las modificaciones necesarias, el método que usamos en nuestra práctica clínica al estudio de la obra freudiana. Es decir, un estudio psicoanalítico —extramuros— de una obra cultural mayor (1). Así, lejos de buscar mantener la coherencia de la obra freudiana, se trata de detectar y repensar los puntos donde esta se rompe. Laplanche muestra que esos puntos de ruptura no deben entenderse como simples cambios de opinión de Freud, sino como un intento de preservar, pese al abandono de su primera teoría del trauma psíquico —la teoría de la seducción—, su descubrimiento del inconsciente. Como los síntomas en psicoanálisis, esos quiebres en la coherencia de la obra suelen cumplir una función que no se limita a indicar la existencia de un problema: permiten sostener el descubrimiento al mismo tiempo que lo deforman. Un claro ejemplo de este reacomodo sintomático lo encontramos en el segundo dualismo pulsional, que mantiene el aspecto atacante de la pulsión (pulsión de muerte), pero al precio de su desexualización. Esta forma de leer a Freud lleva a Laplanche a interpretar la teoría freudiana de la sexualidad como atravesada por el olvido masivo —equiparable a una represión— de esa primera teoría del trauma psíquico que fue la teoría de la seducción. Un olvido que finalmente conduce a borrar la distinción entre instinto y pulsión, que resulta entonces “catastrófico”, en términos de Laplanche, si se tiene en cuenta que el psicoanálisis se constituye como campo específico de conocimiento a partir de una comprensión de la Trieb que, lejos de hacer de ella un impulso natural innato, nos permite pensar su constitución a partir de la historia individual y en relación con la alteridad (cf. el texto de M. T. de Melo).


Este abordaje contrasta con el «retorno a Freud» de J. Lacan, que, lejos de «hacer trabajar» a Freud, puede funcionar como una forma de legitimación retroactiva: las reconfiguraciones que introduce Lacan son atribuidas retrospectivamente a la obra de Freud, lo que desdibuja tanto las condiciones de elaboración del pensamiento freudiano como las de la operación lacaniana que introduce esas transformaciones. En este contexto, la inestabilidad del sentido —al borrar referencias y mezclar planos de lectura— dificulta la delimitación de objeciones precisas (cf. el texto de F. Martens). La tensión entre estos dos abordajes de la obra freudiana se hace evidente por primera vez en el coloquio de Bonneval (1959), donde Laplanche presenta la lectura lacaniana según la cual el inconsciente está «estructurado como un lenguaje» y pone de manifiesto que esta, pese a ser presentada por Lacan como una recuperación de la concepción freudiana, no corresponde a lo que Freud plantea acerca del inconsciente (cf. el texto de J-M. Dupeu).


El segundo eje —el de la metapsicología— introduce una concepción del aparato psíquico y de la pulsión como constituidos a partir de mensajes de los cuidadores adultos, a los que el bebé se encuentra expuesto desde el comienzo de su vida en el marco del vínculo de apego. Mensajes que Laplanche describe como inicialmente no verbales, pero, sobre todo, como enigmáticos, sobrecargados de significaciones sexuales —inconscientes para el propio emisor— y, por lo mismo, imposibles de simbolizar e integrar plenamente por un yo infantil apenas en vías de constitución. El modelo traductivo propuesto por Laplanche da cuenta de la forma como el niño se enfrenta a esos primeros mensajes: simbolizando après-coup, con la ayuda de ciertas herramientas y códigos culturales —juegos, canciones, mitos, relatos, ideologías— la parte de ellos que puede ser integrada y relegando en el inconsciente —a través de la represión originaria— aquello que excede sus posibilidades de simbolización. En este punto, la teoría laplanchiana introduce una ruptura decisiva: la realidad psíquico-pulsional, que entrará en relación y en tensión con el equipamiento instintivo inicial y con las funciones adaptativas innatas, deja de pensarse como endógena y pasa a entenderse como implantada por el otro adulto. Así se recupera —generalizándola— la teoría etiológica del trauma psíquico: se trata del aspecto genético de la metapsicología, es decir, el que responde a la pregunta de cómo se constituyen la pulsión y el aparato psíquico (2).


J-M. Dupeu muestra cómo la práctica psicoanalítica con niños se ve especialmente afectada por el relego del aspecto genético, y analiza las formas en que las corrientes postfreudianas surgidas de esa práctica intentaron responder a los impases creados por el abandono de la primera teoría del trauma psíquico. La respuesta que terminará imponiéndose consiste en considerar innata la pulsión —confundida así con el instinto— y en apelar a la transmisión hereditaria o filogenética de los llamados fantasmas originarios, a no ser que los conceptos de pulsión y de fantasía inconsciente se vean desplazados a un segundo plano, como ocurre en el psicoanálisis intersubjetivo y relacional. Los textos de D. Scarfone y de H. Tessier muestran que no basta con pasar de “subjetivo” a “intersubjetivo” cuando, justamente, lo que cuestiona el psicoanálisis es la propia noción de sujeto como instancia unificada.


Respecto a la tradición lacaniana, en ella la constitución del inconsciente y de la pulsión tiende a pensarse en términos de entrada en el lenguaje, mientras que el Edipo y la castración adquieren un carácter estructurante y universal. Laplanche, por su parte, se distancia claramente de esta posición al considerar que el Edipo y la castración funcionan como códigos mito-simbólicos de traducción, finalmente contingentes, susceptibles de transformación o reemplazo (3). Dicho de otro modo, para él lo contingente no es la necesidad de traducir y ligar lo pulsional —es decir, de ponerle límites—, sino las herramientas culturales con las que se realiza esa tarea. Esta diferencia remite a una divergencia más general respecto del estatuto de lo simbólico: «considero que lo que [Lacan] llama lo Simbólico pertenece al dominio de la ideología […] debe ser analizado por el psicoanálisis» (4).


En la concepción lacaniana, lenguaje, deseo y falta constitutiva quedan estrechamente articulados. Así como ningún objeto puede colmar definitivamente la falta que sostiene el deseo, ningún significado puede clausurar la cadena significante y estabilizar definitivamente el sentido. Ahora bien, esta indeterminación puede radicalizarse hasta amenazar con disolver incluso las referencias relativamente estables que hacen posible la producción de sentido, como muestra F. Martens. La propuesta de Laplanche, en cambio, permite plantear la cuestión en otros términos: el punto de partida se desplaza de la falta constitutiva hacia un exceso de significación —sexual y enigmática— procedente del otro adulto que desborda las posibilidades de simbolización del niño. En este sentido, De Carvalho defiende que aquello que resiste a la simbolización y que Lacan sitúa en el registro de lo real debe ser pensado como sexual. Su lectura del caso Schreber resulta particularmente ilustrativa: frente a una explicación centrada en la forclusión del Nombre-del-Padre, recupera en el propio Lacan otra vía: aquella que permite pensar la etiología de la psicosis a partir de una «significación enorme» ligada a la feminidad que no pudo ser integrada en el sistema de simbolización. Desde la perspectiva de Laplanche, esa «significación enorme» puede entenderse como un exceso de significación sexual y enigmática presente en los mensajes del padre. Y aquí reencontramos la teoría del trauma psíquico como teoría etiológica de la psicopatología.


Después de indicar algunos de los elementos más importantes de la propuesta de Laplanche, tanto en lo que respecta a su método de elaboración teórica como al resultado de su puesta en práctica —una refundación de la metapsicología a la que podemos referirnos como teoría de la seducción generalizada—, estamos en condiciones de presentar nuestro tercer eje: el conjunto de ideas que puede ayudarnos a comprender en qué consiste nuestra práctica y qué la distingue de otras prácticas psicoterapéuticas.


Hemos indicado que la metapsicología laplanchiana permite distinguir, operando en cada individuo, dos órdenes de funcionamiento psicobiológico. Por un lado, el de las funciones instintivas y adaptativas, incluyendo los procesos cognitivos y afectivos involucrados en la relación del individuo con su medio ambiente; por otro, el de la pulsión sexual, la fantasía inconsciente y los significados individuales, que se constituye a partir del otro en cada historia singular. Ambos órdenes de funcionamiento, diferentes por su génesis y por aquello que los organiza y orienta, suelen entrar en tensión (5). Desde esta perspectiva, la especificidad de la práctica psicoanalítica puede comprenderse a partir del hecho de que los seres humanos no solo buscamos adaptarnos a nuestro entorno, sino también manejarnos en el universo del significado de una manera que nos permita mantener una relación suficientemente armoniosa con nosotros mismos, es decir, con aquello que desconocemos de nosotros y de nuestro deseo. Que ambas metas no necesariamente coincidan es algo que nuestra práctica no puede pasar por alto.


La idea que se desprende de los textos reunidos en este número es que la confusión entre estos dos órdenes de funcionamiento no solo pone de manifiesto un problema teórico, sino que tiene consecuencias en nuestra práctica clínica. En efecto, ciertas concepciones sobre el ser humano pueden favorecer, en diferentes grados, modos de práctica centrados en la interpretación hermenéutica o en la adaptación normativa, así como en formas de intervención donde el privilegio concedido a la desestabilización del sentido parece acompañarse de cierta desvalorización de los procesos de ligazón mediante los cuales el paciente organiza su experiencia. El contraste que emerge aquí no coincide necesariamente con las oposiciones habituales entre corrientes, pues ciertas posiciones teóricamente alejadas pueden aproximarse más de lo que sugieren sus diferencias manifiestas.


Al dar por supuestos significados inconscientes innatos y universales, la interpretación psicoanalítica corre el riesgo de concebirse como una práctica hermenéutica, es decir, orientada al desciframiento de esos contenidos supuestamente preexistentes (una atribución de sentido o traducción por parte del analista a partir de sus propias teorías); en contraste, lo que Freud llamó Deutung es una intervención que busca señalar las incoherencias o fisuras de las traducciones singulares con las que cada paciente intentó, a lo largo de su vida, dar sentido a los mensajes enigmáticos que recibió de sus cuidadores (una operación que supone, al contrario, un trabajo de detraducción). La diferencia principal entre ambas prácticas es que, si bien la hermenéutica puede ayudar a ligar un exceso de excitación pulsional, solo la Deutung favorece el levantamiento de la represión, con la consecuente aparición de elementos asociativos que, al ser retomados en nuevas traducciones, permiten integrar algo de ese material que había permanecido poco accesible. Ahora bien, esta diferencia fundamental no invalida el hecho de que nuestra práctica también concede gran importancia al acompañamiento de procesos de simbolización capaces de favorecer una “represión moderada” (cf. el texto de J-M. Dupeu) (6).


Si este acompañamiento se distingue de la atribución de sentido propia de la hermenéutica, también debe diferenciarse de una práctica centrada en la co-construcción de sentido. Porque, incluso si el sentido no se considera como “ya dado”, la centralidad otorgada a su co-construcción relacional puede favorecer una clausura de la alteridad inconsciente. En esta concepción, el riesgo no sería tanto la sugestión autoritaria clásica (el analista imponiendo significados), sino la detención prematura del trabajo psíquico que resulta de una atenuación de la dimensión de extrañeza propia del inconsciente. En la co-construcción de sentido, la Deutung freudiana también queda relegada, aquí en favor de intervenciones donde las impresiones, sensaciones y emociones del analista se convierten en instrumento privilegiado de conocimiento: la interpretación tiende a basarse en resonancias empáticas más que en la detección de los derivados del inconsciente (cf. el texto de H. Tessier).


Pero la empatía elevada al rango de método también se critica porque tiende a favorecer que el paciente sea pensado como víctima. Desde esta perspectiva, el riesgo consiste en que la comprensión empática termine obstaculizando aquello que el análisis debería facilitar: la recuperación de una posición desde la cual el sujeto pueda responder por su deseo. En este sentido, podría decirse que el método analítico preserva algo así como el derecho a asumir la propia responsabilidad: no la responsabilidad culpabilizante que el traumatismo o el agresor imponen, sino la que permite no quedar reducido a una posición de objeto pasivo de la propia historia (cf. el texto de D. Scarfone) (7).


Tanto las perspectivas desarrollistas clásicas —en particular ciertas orientaciones de la psicología del yo— como algunas corrientes intersubjetivistas contemporáneas corren el riesgo de deslizarse hacia una clínica orientada a la adaptación, aunque bajo formas diferentes. En el primer caso, el ideal era la resolución normativa de los complejos de Edipo y castración, en una concepción del desarrollo que tendía a aproximar la pulsión al instinto —por ejemplo, mediante la valorización de la heterosexualidad y de la maternidad como desenlaces “maduros” del desarrollo libidinal— (cf. el texto de H. Tessier).  


En el segundo caso, la escucha empática, la experiencia emocional compartida, el reconocimiento mutuo o la co-construcción de sentido pueden favorecer una concepción de la cura centrada en la transformación de las modalidades relacionales y afectivas del sujeto. Pero el énfasis en la mutualidad de la relación puede hacer perder de vista la asimetría propia de la situación analítica y, con ella, el poder de sugestión que inevitablemente tiene el analista sobre el paciente. Aquello que se presenta como construido entre dos puede responder también a la tendencia del paciente a adecuarse a las expectativas, explícitas o implícitas, del analista. En este punto conviene recordar —con Ferenczi, y en una línea que Laplanche generaliza posteriormente— que una de las consecuencias más frecuentes del traumatismo es precisamente la sobreadaptación: al agresor, al deseo del otro, al grupo o a la demanda implícita del entorno. Desde esta perspectiva, la cuestión de la adaptación se desplaza completamente: ya no se trataría de que el paciente se adapte mejor a su entorno relacional, sino de reabrir la posibilidad de que asuma una posición propia sin quedar absorbido por la demanda del otro, incluso cuando ello implique conflicto, separación o resistencia respecto de ese entorno (cf. el texto de D. Scarfone).


Ciertas orientaciones de la tradición lacaniana parecen conducir a un problema distinto. Cuando se radicaliza la indeterminación del sentido, el privilegio concedido a la opacidad del significante y a la disolución de las fijaciones imaginarias puede hacer que esa indeterminación adquiera valor por sí misma en la práctica analítica. Si bien el trabajo de detraducción que favorece la Deutung supone una desestabilización de las traducciones existentes, ese trabajo abre la posibilidad de nuevas traducciones mediante las cuales el paciente puede ampliar y complejizar las simbolizaciones que sostienen su autoconstrucción (8). La radicalización de la indeterminación del sentido puede llevar a una experiencia de vaciamiento de significado cuando los desplazamientos y las asociaciones entre significantes adquieren valor por sí mismos, en lugar de orientarse a la reelaboración de los significados individuales (cf. el texto de F. Martens).


Finalmente, en lo que respecta a la relación entre neurosis y psicosis, tanto P. De Carvalho como D. Scarfone cuestionan, desde perspectivas diferentes, una concepción basada en una discontinuidad radical entre ambas y defienden la posibilidad de pensarlas en términos continuistas. La teoría etiológica del trauma favorece, precisamente, esta perspectiva, al permitir comprender las diferencias psicopatológicas atendiendo, sobre todo, a los distintos grados y modalidades de intrusión del adulto en el proceso de constitución del aparato psíquico del niño.

 


La teoría de la seducción generalizada permite articular una concepción del trauma psíquico como constitutivo de la situación originaria adulto-niño con una concepción de la situación analítica (transferencia y método) capaz de reactivar esa dimensión traumática para favorecer el proceso de su reelaboración (cf. los textos de J-M. Dupeu y D. Scarfone). La exigencia de coherencia teórica que atraviesa la obra de Laplanche no supone considerar esa coherencia como adquirida de una vez por todas: su propio pensamiento permanece abierto al trabajo de un método capaz de poner de manifiesto sus contradicciones y puntos de ruptura. Tomando distancia de la necesidad de comprender prematuramente aquello que desborda al sujeto, Laplanche subraya la importancia del «rehusamiento de saber» del analista, que puede pensarse como una defensa, tanto ética como metodológica, de la necesidad de mantener y respetar el enigma del inconsciente frente a la tendencia espontánea de toda teoría —y quizá de toda relación humana— a producir certezas definitivas allí donde el psicoanálisis propone sostener el conflicto y la interrogación.

Deborah Golergant

Maria Teresa de Melo Carvalho

Fragmento del capítulo II, «Vida e morte no segundo dualismo pulsional», en Daniel Kupermann (coord.), Por que Laplanche?, São Paulo: Zagodoni Editora, 2017. pp. 53-57.

Jean-Marc Dupeu

«La théorie “traductive” de la genèse de l’appareil de l’âme (Jean Laplanche): de “nouveaux fondements” pour une clinique psychanalytique de l’enfant ?», Revue Belge de Psychanalyse, n.º 63, 2013, pp. 113-135.

Francis Martens

«Trois nuances de vide dans le discours de Lacan», in  Le Coq-Héron, n.º 261, 2025/2, pp. 25-29.

Paulo De Carvalho Ribeiro

«O real é sexual: mal-estar na clínica lacaniana das psicoses», en Percurso n° 27 – 2/2001.

Hélène Tessier

«Entre une psychanalyse raisonnable et une psychanalyse raisonnée : la subjectivité psychologique dans la psychanalyse américaine actuelle». Psychologie clinique et projective 2006/1 (n° 12), p. 231-250.

Dominique Scarfone

«Traumatisme, subjectivité et subjectalité» (2021), en Revue Belge de Psychanalyse N°85, 2024.

Notas

 (1) Como Freud lo hizo, por ejemplo, en «El Moisés de Miguel Ángel» (1914), Obras completas, vol. XIII, Buenos Aires, Amorrortu. Un ejemplo mucho más cercano de esta forma de pensar y de trabajar la teoría —en este caso, la teoría lacaniana— puede encontrarse en este número de Après-coup, en el texto de P. De Carvalho.


(2) El texto de J-M. Dupeu pone en evidencia la importancia de recuperar este aspecto genético.


(3) Laplanche, J. (2006), «Castration et Œdipe comme codes et schémas narratifs», en Sexual. La sexualité élargie au sens freudien, París, PUF, 2007.


(4) Cf. Laplanche, J. (1998), «Entretien avec Patrick Froté», en P. Froté, Cent ans après, París, Gallimard, colección «Connaissance de l’inconscient», pp. 205-206.


(5) La relación y la tensión entre estos dos tipos de funcionamiento de la psicobiología humana, así como sus consecuencias en nuestra práctica clínica, son tratadas en los estudios de Laplanche (1980-1987) tanto sobre el apuntalamiento (PIII. La sublimación) como sobre lo que denomina «La cubeta» (cf. PV. La cubeta. Trascendencia de la transferencia). Esta relación constituye un problema central para dos campos de investigación: la psicosomática y la psicodinámica del trabajo.


(6) Aunque fundamental desde el punto de vista clínico, este acompañamiento no constituye por sí mismo lo específico de la práctica psicoanalítica.


(7) Sobre esta cuestión de la responsabilidad —penal y moral— véase Laplanche, J. (1983), «Reparación y retribución penales: una perspectiva psicoanalítica», trad. D. Golergant, ALTER. Revista de psicoanálisis, nº 5, mayo de 2009, y Laplanche, J. (1997), «Responsabilidad y respuesta», en Entre seducción e inspiración: el hombre, Buenos Aires, Amorrortu, 2001.


(8) El hecho de que Freud se rehúse a producir él mismo nuevas síntesis, dejando esta tarea al paciente, no supone que les conceda escaso valor.