Apres-coup_Nº8_articulo_6
Traumatismo, subjetividad y subjetalidad*(1)
Dominique Scarfone
En este trabajo me propongo abordar el problema del traumatismo psíquico principalmente en lo que atañe a sus efectos sobre el estatuto de sujeto. Adoptaré una posición crítica frente a dos tendencias observables en psicoanálisis a propósito del traumatismo. En efecto, da la impresión de que los psicoanalistas, ya sea en su práctica clínica o en sus escritos, tienden a considerar que el traumatismo 1) es un problema particular, incluso excepcional; 2) requiere algo distinto del método fundamental del psicoanálisis.
El traumatismo está en el centro de la práctica y de la teoría psicoanalíticas
En lo que respecta al primer punto, en un trabajo anterior intenté mostrar que el traumatismo está inextricablemente ligado a la vida psíquica (Scarfone, 2017). Me parece bastante evidente que toda la construcción práctica y teórica freudiana gira en torno a la cuestión del traumatismo, desde los primeros artículos sobre la histeria hasta las revisiones introducidas en Más allá del principio de placer (Freud, 1920) y en textos posteriores. Tanto en el plano clínico como en el teórico es posible mostrar que el traumatismo, concebido desde la metapsicología freudiana, preside el nacimiento mismo de la psique (Laplanche, 1987). La represión originaria —es decir, la división primordial de la psique que da lugar, por un lado, al inconsciente reprimido y, por otro, al yo preconsciente-consciente— es resultado de la implantación del elemento sexual en la psique del niño. Se trata de la implantación de un cuerpo extraño, una espina irritativa con la que el sujeto siempre tendrá que lidiar. Ciertamente, los traumatismos pueden ser de diversa magnitud y, ya en el origen del inconsciente, se puede distinguir la implantación propiamente dicha de su versión violenta, la intromisión (Laplanche, 1990). El impacto traumático manifiesto de la implantación parece leve porque, en lugar de causar un daño duradero, inicia un proceso de diferenciación psíquica. Sin embargo, la implantación es un auténtico traumatismo, pues perturba, o más bien desvía, el devenir de la psique-cuerpo, y la fuerza a reaccionar al impacto del mensaje del otro (después de todo, “desviación” es el primer significado de “seducción”). Esta desviación no solo es inevitable, sino que no admite una versión no desviada, del mismo modo que, en la concepción freudiana, la sexualidad humana es ya siempre desviante.
Esto da lugar a un quiasma. Porque, aunque la implantación se presenta como la forma leve del trauma provocado por el impacto del otro, en realidad es su forma fundamental e ineludible; mientras que la intromisión, aunque más manifiestamente traumática, es su forma contingente, teóricamente evitable. Pero, en realidad, no hay una implantación pura, ya que cierta intromisión es probablemente inevitable (2), lo que significa que, después de todo, la fuerza traumática efectiva de la implantación no es tan “soft” y que siempre hay una cierta violencia inherente a la seducción originaria (3). Parece que la diferencia entre implantación e intromisión depende menos de lo sexual, que viaja como pasajero clandestino en el mensaje del otro, que del contexto de su emisión y, sobre todo, del grado de libertad que se concede al infans en sus esfuerzos por descifrar el mensaje comprometido. En todo caso, se puede considerar a la psique como traumatizada desde siempre, desde siempre fracturada, como nos dicen los poetas (4).
El devenir desviado de la psique está ligado a la naturaleza traductiva (5) de su funcionamiento. La meta fundamental de la función traductiva es dar un sentido a lo vivido, obtener una representación fiable del entorno y predecir, en la medida de lo posible, los cambios que puedan producirse en él. Ahora bien, aquí el término “entorno” no designa algo inerte o pasivo, pues el entorno más importante para el sujeto humano está compuesto principalmente por otros sujetos. De ahí que se trate de un entorno sometido a cambios constantes, incluso menos previsible que el entorno material.
Sin embargo, la diferenciación psíquica que tiene su origen en la implantación y es producida por la traducción no elimina la espina irritativa que la provocó, cuerpo extraño interno que, al seguir suscitando el esfuerzo de crear sentido, da lugar a la formación de un conjunto duradero de significados. Se trata de formas relativamente estables en las que el sujeto podrá replegarse cuando no logre afrontar de manera realista los desafíos que le plantee la vida. Aquí me refiero a la reserva de teorías sexuales infantiles que sirven como prototipos para la vida fantasmática y organizan las formaciones patológicas. Los traumatismos que pueden considerarse de intensidad manejable solo lo son efectivamente en la medida en que la psique tiene la posibilidad de reaccionar en un primer momento, sobre todo retirándose provisionalmente al dominio del fantasma. Esto, sin duda, distorsiona en diversos grados la relación con la realidad, pero esa distorsión permanece dentro de los límites de la comunicabilidad; más que alejar al sujeto de sus semejantes, colorea su mundo. El espacio transicional y el lugar de la experiencia cultural (Winnicott) son ejemplos de estos acomodos benignos con los traumatismos corrientes que resultan de las intrusiones ordinarias en los sujetos. Por lo demás, estas distorsiones benignas están abiertas a la contradistorsión bajo la influencia de otros sujetos: aquí entramos en el dominio de la subjetividad y la intersubjetividad, sobre el que hablaremos más adelante. Evidentemente, estas posibilidades de revisión son saludables porque permiten un ajuste, al menos parcial, entre dos (o más) sujetos; pero, como veremos, el encuentro de las subjetividades presenta sus propios problemas.
Traumatismo y mecanismos psíquicos: el rol central de la repetición
Es evidente que cuando los analistas hablamos de experiencias traumáticas pensamos en ejemplos más bien dramáticos y tendemos a relegar la forma genérica de traumatismo que venimos de describir al ámbito de la interferencia benigna. Sin embargo, espero mostrar que esta distinción, aunque tiene sentido en el lenguaje común (nadie intenta curar al sujeto del traumatismo que dio origen a su inconsciente), llevaría a errores teóricos y prácticos si sugiriese que el “verdadero” traumatismo requiere un abordaje ajeno al método analítico.
Sostengo, por el contrario, que los traumatismos, graves o leves, comparten los mismos mecanismos y que lo que los distingue no es una diferencia de estructura ni, en sentido estricto, una cuestión de intensidad. Por supuesto que la intensidad es importante, pero no es suficiente en sí misma, lo que puede parecer contraintuitivo. Después de todo, los cirujanos se preocupan menos por una extremidad rota que por lesiones que comprometen los órganos vitales. Pero cabe señalar que, en nuestro campo, el término “traumatismo” se utiliza solo por analogía con el traumatismo físico. La analogía y las metáforas son útiles, pero tienen sus limitaciones. El traumatismo físico se refiere a daños causados a las estructuras: la carne resulta herida, los huesos se rompen, los órganos son aplastados, etc. En el dominio psíquico, en cambio, conviene recordar que, aunque digamos que la psique está diferenciada y estructurada, resulta más adecuado entenderla como un conjunto de procesos que como un conjunto de estructuras. Aquí también hablamos de estructuras psíquicas por analogía (cf. la metáfora freudiana del edificio y los andamios), pero los procesos son la cosa misma
Esto significa que, exceptuando los estados extremos de casi-muerte psíquica —por ejemplo, los “muselmänner” en los campos de exterminio nazis (Levi, 1958; Semprun, 1994; Agamben, 1998)—, generalmente tratamos con personas que, pese a haber sufrido traumatismos en diversos grados, muestran la persistencia de procesos psíquicos normales. De hecho, los propios rasgos patológicos nos indican que los mecanismos normales siguen actuando y se esfuerzan por superar las consecuencias del traumatismo. Uno de los fenómenos más comunes del estado postraumático es, como sabemos, el retorno compulsivo de escenas y afectos no deseados que obstaculizan la vida cotidiana del sujeto. Sin embargo, esta compulsión de repetición no es patológica en sí misma. Ahora surge de manera estridente, aunque siempre había estado allí, en segundo plano, actuando ciertamente más allá del principio de placer, pero su forma bruta estaba revestida de una rica variedad de formaciones psíquicas que sí entran en el marco del principio de placer. Este vínculo secreto entre el núcleo de repetición y la envoltura psíquica se le escapó durante un tiempo a Freud, quien, en 1920, se da cuenta de que su imagen de los procesos psíquicos había sido hasta ese momento incompleta. Comprende entonces, après coup, que la repetición no deseada siempre había estado presente, especialmente en la transferencia.
La presencia normal de la repetición y la posibilidad de superar su forma bruta quedan bellamente ilustradas por el juego del fort/da, inventado por el nieto de Freud. ¡Y hay que notar que Freud lo describe justo después de haber hablado de los traumatismos de guerra! Esta contigüidad no es fortuita, porque Freud siempre vio en la psicopatología una lente de aumento que ayuda a comprender fenómenos normales. Al yuxtaponer, entonces, la neurosis de guerra y el juego del niño con el carretel, vemos que el problema de toda psique traumatizada, independientemente de la intensidad del trauma, es esencialmente el mismo: ¿cómo superar el mecanismo básico de la repetición y lograr una simbolización abierta? El nieto de Freud tuvo éxito allí donde los soldados traumatizados habían fracasado.
El enfoque comparativo de Freud también ilumina nuestra práctica cotidiana, si es verdad, como creo, que el traumatismo actúa en todos los niveles del funcionamiento psíquico y, por lo tanto, el método psicoanalítico se aplica tanto con pacientes gravemente traumatizados como en casos más “leves” (6). Porque en todos los casos la psique es un sistema que tiene vida propia y funciona según sus leyes internas. De modo que todos los fenómenos clínicos observados en la práctica remiten a los mismos procesos de base, en cuyo centro se encuentra la compulsión de repetición. Una repetición que, como dijimos, no tiene nada de patológica en sí misma, sino que, por el contrario, es esencial para cualquier proceso vivo. La repetición es, ante todo, la afirmación y la reafirmación constante de las características vitales de todo ser vivo, y refleja la necesaria redundancia de todo sistema que, para mantenerse vivo, lucha contra la tendencia al equilibrio energético (entropía). Así, la repetición refleja el cierre operacional constantemente restablecido que define cualquier sistema vivo (Varela, 1979), sea biológico, psicológico o social (Luhmann, 2002). Por lo tanto, en los estados postraumáticos, en lugar de tener un papel causal en la patología, la repetición representa la lucha de la psique por la supervivencia (7). Lo que el estado postraumático presenta de anormal es la repetición desnuda. De hecho, la patología resulta de una inhibición de los procesos más finos y complejos de producción y elaboración de sentido, como si, en respuesta a la abrasión de la envoltura psíquica, la psique suspendiera esos mecanismos para concentrarse únicamente en la repetición a fin de asegurar su supervivencia. La repetición, siempre presente pero normalmente oculta, sale entonces a la luz y arrastra en su movimiento circular a la función psíquica de elaboración —habitualmente abierta—, condenándola también a funcionar en bucle, en una simbolización cerrada. Para un sistema complejo como la psique, la necesidad de sobrevivir obliga a elegir la redundancia —con las cargas que conlleva— antes que la eficacia y su fragilidad.(8)
Así, no hay separación tajante entre la llamada patología traumática y la no traumática. Más aún: simplemente no existe una psicopatología no traumática (9). Sin embargo, si los síntomas indican que la psique sigue viva y activa, también indican que está totalmente ocupada en sobrevivir, por lo que no puede seguir transformándose.
La teoría del traumatismo y el método freudiano
La concepción del traumatismo a la que me refiero se basa en lo que Freud (1920) formuló en Más allá del principio de placer. En primer lugar, declara lo siguiente: «Es probable que el displacer específico del dolor corporal se deba a que la protección antiestímulo fue perforada en un área circunscrita» (p. 29); luego, piensa que podemos «atrevernos a concebir la neurosis traumática común como el resultado de una vasta ruptura de la protección antiestímulo» (p.31). Pero, como señalé en otro lugar (Scarfone, 2017), por la misma época en que Freud escribía Más allá del principio de placer también redactaba la introducción al libro escrito por Ferenczi, Abraham y Simmel sobre las neurosis de guerra, y ahí concluía: «es posible, con buen derecho, caracterizar la represión, que está en la base de toda neurosis, como reacción a un trauma, como neurosis traumática elemental» (Freud, 1919, p. 208). Esta observación me parece una clave importante, al menos si consideramos necesario preservar la coherencia de la teoría psicoanalítica y un abordaje psicoanalítico consecuente de la psicopatología.
En el artículo donde discutí más detenidamente esta observación de Freud, también me había sorprendido la frase anterior: «Hasta podría decirse que en las neurosis de guerra lo temido es, a fin de cuentas, un enemigo interno, a diferencia de las neurosis traumáticas puras y en analogía con las neurosis de transferencia» (p. 217). El omnipresente enemigo interno sitúa claramente a las neurosis traumáticas dentro del campo específico del psicoanálisis, que es el de la realidad psíquica; una realidad constituida esencialmente por lo que Freud también llamaba «un Otro cuantitativo-cualitativo» (qualitativ-quantitativ Anderes) (Freud, 1923a, p. 249; v.f. Freud, 1923b, p. 266), es decir, lo reprimido. Vemos a Freud insistir en que, incluso cuando la fuente de la afección traumática sea manifiestamente externa, la atención de los analistas siga centrándose en el inconsciente reprimido. Así, los términos “externo” e “interno” son engañosos, pues los acontecimientos externos solo adquieren un carácter patógeno duradero cuando funcionan como realidad psíquica, es decir, cuando ejercen, en palabras de Freud, una compulsión persistente, por oposición a una «compulsión neurótica […] [que] perdura breve lapso […] y luego se disipa con el tiempo» (Freud, 1895, p. 395). Aunque los traumatismos masivos, como los que resultan de la experiencia en el campo de batalla o de abusos sexuales graves, atraen la atención hacia su fuente externa, lo cierto es que el traumatismo psíquico no se define por el tipo de impacto sufrido ni por su magnitud. La patogenicidad del traumatismo —que Freud también abordó en su ya citada introducción al psicoanálisis de las neurosis de guerra— depende esencialmente de sus efectos en el sujeto que lo sufre. Para aclarar este punto, ahora debemos examinar el propio término “sujeto”, lo que más adelante me llevará a distinguir entre subjetividad y subjetalidad y, por tanto, entre lo intersubjetivo y lo intersubjetal.
El sujeto humano y el yo: ambigüedades
“Sujeto” es un término cuya polisemia y estatuto conceptual son tema de una vasta literatura que no puedo abordar aquí (pero véase, por ejemplo, Descombes, 2004). En psicoanálisis, el término también es controvertido. Aunque Freud casi nunca utilizó la palabra, sustantivó “Ich”, pronombre y sujeto gramatical, convirtiéndolo en “das Ich”, lo que crea una ambigüedad para sus traductores. Strachey optó sistemáticamente por “Ego”, mientras que las traducciones francesas optaron por “le moi” [el yo] y, desde un punto de vista lingüístico, ninguna de esas opciones es criticable. Sin embargo, desde un punto de vista conceptual, si examinamos la descripción que Freud hace del yo tendremos muchas razones para distinguir claramente entre “Yo” y “yo” (10).
Si hablamos del yo, el psicoanálisis ha mostrado desde sus inicios que no es amo en su propia casa. En la última parte de El yo y el ello, Freud (1923) presenta un yo atrapado en una compleja red de relaciones de dependencia. Lo describe bajo dos aspectos contrapuestos: por un lado, se encarga de funciones importantes como la prueba de realidad y el aplazamiento de las descargas motoras (p. 56). Sin embargo, este poder del yo «es, por otra parte, más formal que fáctico; con respecto a la acción, el yo tiene una posición parecida a la de un monarca constitucional sin cuya sanción nada puede convertirse en ley, pero que lo piensa mucho antes de interponer su veto a una propuesta del Parlamento» (Ibíd.). Y unas líneas después, el cuadro se oscurece aún más:
«[…] vemos a este mismo yo como una pobre cosa sometida a tres servidumbres y que, en consecuencia, sufre las amenazas de tres clases de peligros: de parte del mundo exterior, de la libido del ello y de la severidad del superyó […] Con su posición intermedia entre ello y realidad sucumbe con harta frecuencia a la tentación de hacerse adulador, oportunista y mentiroso…» (pp. 56-57).
En suma, ¡no precisamente alguien con quien te irías a tomar algo!.
Sin embargo, Freud afirma que «el psicoanálisis es un instrumento destinado a posibilitar al yo la conquista progresiva del ello» (Ibíd.). Declaración que cobra aún mayor fuerza una década más tarde con la famosa fórmula: «Donde Ello era, Yo debo devenir» (Wo Es war soll Ich werden) (Freud, 1933, p. 74).
Pero aquí, como sabemos, la traducción es delicada. Strachey eligió nuevamente la palabra latina Ego, con su aire erudito. Las traducciones francesas de «soll Ich werden» oscilan entre «du moi doit advenir» [«debe advenir Yo»] (Laplanche y otros) y «dois-je advenir» [«yo debo advenir»] (Lacan). Pero estas diferentes traducciones remiten a las ambigüedades del propio Ich freudiano, cuyos papeles contrapuestos de dominio y sumisión acabamos de mencionar. Por tanto, no es necesario resolver esta ambigüedad: los límites borrosos entre “yo” y “Yo” reflejan las ambigüedades de la vida real. Con todo, el Ich freudiano también designa un sujeto y, como espero mostrar, la distinción entre la noción de sujeto y la de Yo es absolutamente necesaria.
En francés, como en otras lenguas, “sujeto” tiene varias acepciones, entre las cuales se encuentran «persona sometida a una autoridad soberana» o, al contrario, «ser individual, persona considerada como soporte de una acción, de una influencia» y «ser pensante, considerado como la sede del conocimiento» (Le Petit Robert, entrada: sujet). Pienso que este contraste entre los dos polos de la definición, entre un ser sometido y un sujeto soberano, también se aplica al término derivado “subjetividad” y, de ahí, a “intersubjetividad”. En efecto, una misma persona puede, igual de subjetivamente, saberse sometida a una autoridad y/o considerarse un “ser pensante” por sí mismo. Sin embargo, como analistas, seamos prudentes cuando recurramos a las definiciones del diccionario, porque incluso en la segunda acepción citada se omite algo importante. Como nos lo recuerda el psicoanálisis, el ser pensante no es tan consciente y libre como podría… ¡pensar!
En términos generales, se puede definir al sujeto —el que debe obedecer y el que piensa de manera autónoma— como un centro de acción. Pero aquí el término “centro” sólo se aplica si nos basamos en una observación empírica, en tercera persona: “El sujeto S realiza la acción A”. Esta simple definición puede resultar engañosa si tenemos en cuenta que el psicoanálisis se basa en la observación —extraída tanto de la experiencia clínica como de la vida cotidiana— de que el sujeto está a la vez dividido y descentrado. La división se refiere, por supuesto, a la escisión primaria entre el yo coherente y el inconsciente reprimido; escisión constantemente renovada por el proceso mismo de traducción (o de construcción de sentido) que describimos anteriormente. En cuanto al descentramiento, es consecuencia de la primacía del otro en la existencia y el devenir humanos. En efecto, se basa en que las cosas no comienzan con el sujeto, sino que el otro humano está ahí desde el primer momento y, de hecho, incluso antes de que el sujeto comience a existir objetivamente —por ejemplo, en el deseo de la madre y su proyecto de tener un hijo. Pero ¡cuidado!: “descentrado” no significa que el centro se haya desplazado del sujeto hacia el otro, porque el otro también está descentrado. El descentramiento es radical: no hay centro en ninguna parte. Sin embargo, el yo se experimenta a sí mismo en el centro y debemos respetar esta vivencia egocéntrica y abordarla desde una perspectiva que no sea la de una simple oposición entre lo objetivo y lo subjetivo. Sin entrar todavía en los detalles de esta cuestión, baste señalar que, desde un punto de vista psicoanalítico, “sujeto” designa el estatuto paradójico de un “centro de acción descentrado”. Una paradoja tan irreductible como la ambigüedad fundamental del ser humano. Ahora bien, esto es precisamente lo que justifica el uso de los términos “subjetal” y “subjetalidad”, destinados a trascender la dualidad objetivo/subjetivo.
Enfoques de la subjetalidad
Resumiendo, si el sujeto psicoanalítico está dividido, su subjetividad también lo está, porque se aplica tanto al agente consciente como a la persona sometida. Además, dentro de este sujeto dividido, la razón de ser del yo es resistir al retorno de lo reprimido, para lo cual intenta apoyarse en otros “yo”. Esto explica su tendencia a adoptar convicciones que no se basan en la percepción y el razonamiento, sino en el “lazo libidinal”, según la definición freudiana de la sugestión que está en la base de la psicología de masas (Freud, 1921, p. 108). Así, en esta vertiente “yoica”, el sujeto puede adoptar posiciones subjetivas que escapan al examen crítico. Por la misma vía por la que el yo buscaba armarse contra lo sexual, este termina por alcanzarlo, podría decirse, mediante el “lazo libidinal” que lo une a la masa. Un movimiento circular que, alejándonos de la fuente del problema, nos devuelve a ella al final del recorrido, pero dotados de la buena conciencia de estar en el “camino correcto”, el de la ideología dominante…
Además, por su proximidad con la noción de identidad, se podría ver al yo como portador de la subjetividad del sujeto en su manifestación cotidiana. La otra vertiente del sujeto —que también podemos designar como “yo” [je] (11)— contrasta con esta aparente estabilidad y hasta circularidad del yo [moi]; “yo” [je] se presenta más bien como un momento de apertura al devenir. Para evitar cualquier confusión terminológica, hablaré de esta apertura más bien en términos de subjetalidad. A diferencia de la subjetividad, la subjetalidad no es constante; designa momentos críticos del sujeto que contrastan con el proceso lento y cotidiano del yo. Aquí me inspiro en los “momentos subjetales” de Viviane Chétrit-Vatine (2014) (12). Por mi parte, en la expresión “momentos críticos” entiendo “momento”, por un lado, como el segmento de tiempo en que la subjetalidad aparece en la escena del mundo y, por otro, como momento dinámico, es decir, como la fuerza de su impacto real en esa escena. En cuanto al adjetivo “crítico”, indica que en ese momento, y por él, se producen decisiones cruciales (13), como constatamos, por lo general après coup, durante un análisis.
Ocurre que la subjetalidad surge en las encrucijadas del análisis, cuando llega el momento de reconocer los propios deseos y asumir la responsabilidad por ellos. Como es de suponer, esos momentos no perduran. El pulso acelerado del análisis, que en esos momentos sacude al yo en su subjetividad, provoca un gasto de energía tal que la psique debe poder descansar de vez en cuando. El descanso se obtiene replegándose defensivamente en los procesos habituales y más lentos del yo, pero aún más profundamente —claro está— mediante el sueño o estados análogos donde el propio yo es relegado al margen del funcionamiento psíquico.
Pero en lugar de seguir avanzando en la discusión conceptual, he optado por presentar una viñeta clínica que, espero, ilustrará la emergencia de la subjetalidad (o del je) y, al mismo tiempo, mostrará que lo que está en juego en el traumatismo psíquico es precisamente el estatuto del sujeto según se lo sitúe en el plano de la subjetividad o en el de la subjetalidad.
Ella
Cuando, después de nuestras entrevistas iniciales, informo a Ella, una mujer de unos treinta años, que si lo desea puede comenzar a utilizar el diván, se echa a reír. Me dice que creía que el diván era cosa del pasado, que ya nadie lo usaba. Necesitó algunas sesiones más para finalmente decidirse a acostarse en él, después de convencerse de que, mientras estuviera allí tendida, yo no miraría su cuerpo y solo la escucharía. Había buscado un análisis para superar un bloqueo en la redacción de su tesis. Era profesora y había retomado sus estudios para terminar el doctorado; había superado brillantemente todo salvo la redacción de la tesis. En los primeros meses de análisis, notamos que sus dificultades para terminar su doctorado se parecían a lo que ocurría cada noche en sus sueños. Estos se iniciaban “normalmente”, es decir, cada uno tenía un comienzo distinto, pero terminaban siempre de manera idéntica, lo que la despertaba angustiada: al final de cada sueño «alguien vomitaba un líquido blanco». Pudimos asociar esta escena recurrente con varios temas de su vida y el análisis parecía seguir un curso bastante productivo a medida que Ella exploraba temas como el cáncer de mama de su madre, su propio embarazo, la maternidad, los conflictos conyugales y la separación del padre de sus hijos, etc. Un día me di cuenta de que hacía ya bastante tiempo que sus sueños no terminaban en la clásica escena del vómito. Aproximadamente dos años después del inicio del análisis, tuve que cambiar de consultorio, y fue entonces cuando el análisis de Ella dio un giro muy diferente. El nuevo encuadre físico revelaría que el diván del que se había burlado, más que pertenecer al pasado del psicoanálisis, era en realidad un elemento importante de su propio pasado —un pasado que, sin embargo, distaba mucho de haber quedado atrás. Al acostarse por primera vez en ese nuevo encuadre, Ella volvió a encontrarse frente a algo que no esperaba revivir. Poco después de haberse acostado, me comunica un malestar creciente: «Tengo la sensación de estar en un tren que va marcha atrás y a gran velocidad. No me siento bien, creo que voy a sentarme». Duda por un momento, pero finalmente decide permanecer acostada y comienza a explicar lo que le ocurre. Lo que le molesta no es tanto el diván como los estantes de libros de la pared que se alza frente a sus pies. Esas estanterías volvieron a ponerla frente a algo que conocía bien, pero cuya importancia había subestimado, al menos hasta esa primera sesión en el nuevo consultorio. Entre los siete y los catorce años, Ella solía encontrarse por la noche en una habitación tapizada con estanterías similares a las mías. Quien la llevaba allí —lo llamaremos “T”— era un consultor estacional al que su padre contrataba para ayudar en la empresa familiar y que vivía con ellos seis meses al año. T llegaba cada año justo antes del verano y se iba antes de las primeras nieves. Durante su estancia, casi todas las noches despertaba suavemente a Ella y la llevaba a su habitación. Nunca era brusco ni violento, y si Ella no quería seguirlo, respetaba su decisión. De lo que ocurría en esa habitación, Ella solo recuerda a T sentado en un sofá y a ella misma sentada sobre sus rodillas mientras él “le hacía cosas”. Pese a todos sus esfuerzos, no recuerda lo que le hacía ni sabría decir qué sentía en esos momentos. Lo único que recuerda es que, mientras la tocaba, ella miraba fijamente las estanterías… Ella había vuelto una y otra vez sobre su historia con T, pero lo que llama la atención es que nunca antes había considerado esos hechos como importantes o traumatizantes. Evidentemente, su reacción a mis estanterías contaba otra historia, y la ausencia de recuerdos claros sobre las “cosas” que T le hacía sugería que había congelado sus propias reacciones al abuso sexual. Sin embargo, en su relato de esos siete años no había indicios de que tuviera problemas psicológicos o de conducta. Dice que creció como una niña normal. Con el tiempo, se acostumbró a la relación particular que tenía con T e incluso se sentía orgullosa de ser la única entre todos sus hermanos a quien T traía regalos cuando regresaba. No fue hasta más tarde, ya adulta, que se preguntó por qué sus padres nunca habían notado el trato especial que le daba T. Pero en esa época simplemente terminó por considerarse su novia oficial. Además, intuitivamente sabía que debía mantener todo aquello en secreto, y por eso nunca se lo contó a sus padres. Pero un día, cuando T llegó para una nueva estancia de seis meses, las cosas dieron un giro más dramático. Ella, que entonces tenía catorce años, había decidido vestirse con algo sexy para la ocasión, en honor al hombre que consideraba su pareja. Pero para su gran sorpresa y consternación, T no estaba contento en absoluto. Cuando por fin estuvieron solos, le dijo que debería darle vergüenza: ¡las chicas decentes no se vestían así!
Ahora, en el diván, Ella se daba cuenta de que había sentido esa observación de T como más que una traición, como una conmoción absoluta de su universo.
Ahora, en el après-coup del análisis, se le hacía evidente que las cortinas se habían rasgado y que la realidad de lo que había estado ocurriendo durante siete años se le revelaba de repente bajo una luz brutal. Descubría que no se había tratado de una relación amorosa. La reprimenda de T la había devuelto a la condición de niña abusada sexualmente, pero también engañada, pues T la había llevado a creerse su igual en una historia de amor. Cuando esa historia terminó, Ella consiguió mantenerla latente, por así decir, sin haber llegado nunca a apreciar plenamente la magnitud de lo que había ocurrido, al menos hasta que se tumbó en el diván frente a las estanterías que la lanzaban hacia atrás en el tiempo o, más bien, traían al presente su vivencia infantil.
¿Qué había pasado? Creo que la conmoción repentina que Ella experimentó en mi nuevo consultorio es una buena ilustración de cómo eso que llamo “lo inmutable” [l’impassé (14)] reaparece en lo actual del análisis (Scarfone, 2014), ciertamente repitiendo un episodio traumático, pero, al mismo tiempo, ofreciendo a la dupla analítica la ocasión de reelaborarlo y transponerlo «en el dominio psíquico» (Freud, 1914, p. 159), o de «ponerlo en el pasado» (Winnicott, 1963, p. 91; traducción de D.S.). En términos temporales, se trata de hacer entrar en el curso ordinario del tiempo las huellas del traumatismo que habían quedado como encapsuladas en una envoltura de “tiempo actual”. Así, mientras lo inmutable es, por definición, insensible al paso del tiempo, su reactivación por el proceso analítico —principalmente en el marco de la transferencia— permite que actúe el après-coup, haciendo posible que ese inmutable [impassé] se convierta en un verdadero pasado [passé] (Scarfone, op. cit.).
Retorno al sujeto
La historia de Ella, sobre la que volveremos, me parece una buena ilustración de que el traumatismo psíquico concierne ante todo al sujeto en toda su complejidad. Esto puede parecer una obviedad: «¡Por supuesto!», se dirá, «¿quién más que un sujeto podría ser afectado por un traumatismo?». Pero pido al lector que tenga paciencia y considere lo siguiente. En primer lugar, cualquiera que conozca el famoso artículo «Confusión de lenguas entre los adultos y el niño», de Sándor Ferenczi (1932), habrá reconocido fácilmente en la historia de Ella el modelo de lo que describe el brillante analista húngaro. El traumatismo del abuso sexual prolongado solo se volvió realmente operante y quedó verdaderamente sellado cuando, después de siete años, T reprochó a Ella haber querido seducirlo, haber tomado la iniciativa, haberse presentado como una pareja sexual en pie de igualdad con él; en suma, como un sujeto más que como el simple objeto del deseo de T. Se trata de una versión de la desmentida que Ferenczi concibe como un componente esencial del traumatismo. La similitud llega a observarse incluso en los detalles, en particular el de la actitud moralizadora de T, bien descrita por Ferenczi: «Después de un acontecimiento como ese, no es raro ver al seductor aferrarse a una moral rígida o a principios religiosos» (1932, p. 131).
Ferenczi nos presenta un cuadro clínico rico en detalles. Describe, por ejemplo, cómo el niño maltratado introyecta los sentimientos de culpa del adulto (p. 130), reacciona con una madurez precoz (pág. 133) y siente que debe apaciguar los conflictos familiares (ibíd)… Todo esto, en mi opinión, refleja los esfuerzos del niño por reafirmar su estatuto de sujeto frente a la desmentida del agresor.
Pero este aspecto de la cuestión podría resultar engañoso si, al insistir en el daño causado al sujeto, pareciera que minimizo la dimensión sexual del abuso. Debo precisar entonces que la característica central del traumatismo consiste en reducir al sujeto a la condición de cosa o de instrumento, negándole el estatuto de centro, por muy descentrado que sea, de sus propias acciones. Sin embargo, sostengo que esa cosificación y esa instrumentalización constituyen efectivamente un abuso sexual. Lo digo, entre otras cosas, porque el ejercicio de tal poder y tal control forma parte del placer sexual del agresor. Suele citarse al ex secretario de Estado Henry Kissinger cuando afirma que el poder es el afrodisíaco más potente, y Harvey Weinstein probablemente estaría de acuerdo con esa estrecha asociación entre lo que Freud (1905) identificó como la pulsión de dominio o de apoderamiento (Bemächtigungstrieb) y la pulsión sexual. Este punto de vista puede pasar fácilmente inadvertido cuando el aspecto sexual y el aspecto agresivo de las pulsiones se consideran pulsiones distintas. Respecto a la pulsión de apoderamiento, Freud escribió lo siguiente:
«Sabemos que todavía no se ha logrado el análisis psicológico exhaustivo de esta pulsión. Es lícito suponer que la moción cruel proviene de la pulsión de apoderamiento y emerge en la vida sexual en una época en que los genitales aún no han asumido el papel que les corresponderá después. Predomina entonces en una fase de la vida sexual que más adelante describiremos como organización pregenital» (Freud, 1905, p. 149) (15).
Lamentablemente, Freud nunca llevó a cabo ese «análisis psicológico exhaustivo» de la Bemächtigungstrieb. Sin embargo, creo que la cita anterior muestra que él concibe esa pulsión de apoderamiento como indisociable de la pulsión sexual pregenital (16), la única esencialmente problemática para el yo. Esto parece esencial para entender que no importa si el traumatismo es consecuencia de un abuso sexual manifiesto o de un abuso y una humillación de apariencia psicológica donde la dimensión sexual parece ausente: en ambos casos la moción cruel (sexual y de apoderamiento) de la que habla Freud es la misma y tiene el mismo efecto aplastante en el sujeto.
También en «Confusión de lenguas…», Ferenczi continúa diciendo que, después de un traumatismo, lo único que queda en la psique son el ello y el superyo (p. 131), sugiriendo así que el yo ha abandonado la escena. Este es quizá un punto en el que, sin dejar de ser fiel al espíritu de Ferenczi, me siento justificado para introducir una pequeña pero importante distinción. En mi opinión, la idea de Ferenczi podría reformularse así: lo que desaparece de la escena no es el yo (que, como vimos, de todos modos no es muy confiable) ni la subjetividad, sino el sujeto o, más precisamente, la subjetalidad, cuya emergencia queda impedida por el proceso en bucle del yo arrastrado por el traumatismo aplastante. El sujeto, en el sentido banal, y su subjetividad siguen presentes; por ejemplo, Ella se siente, subjetivamente, herida y humillada, pero su capacidad de subjetalidad se ve anulada por el impacto traumático. Recordemos que con la palabra “subjetalidad” me refiero al momento en el que emerge un sujeto verdaderamente autónomo, un sujeto que sigue siendo un centro de acción, pero que demuestra la capacidad de intervenir de manera única y original, e incluso de dejar su huella en la historia, por pequeña que sea (17). Así, en términos psicoanalíticos, la acción subjetal se distingue radicalmente del actuar o del acting-out. Se trata, por el contrario, de intervenciones deliberadas y asumidas (18). Como vimos, la subjetalidad implica pensar al margen de la Opinión anónima, lejos y, por lo general, en oposición a la psicología de masas.
Subjetalidad e intersubjetividad
El término “sujeto” está tan naturalmente asociado a las palabras “subjetivo”, “subjetividad” e “intersubjetividad”, que resultó igualmente natural concluir que la meta general del psicoanálisis consiste en establecer o consolidar la subjetividad del paciente, apoyándose, para ello, en la relación intersubjetiva entre el paciente y el analista. Todo un movimiento dentro del psicoanálisis se ha desarrollado en esta dirección desde hace unos cincuenta años, especialmente en América del Norte. La corriente intersubjetivista en psicoanálisis, que surge como reacción a lo que podría llamarse la tradición objetivista del psicoanálisis americano, pone en el centro el encuentro entre dos sujetos (ver Stolorow & Atwood, 2014). Vale la pena detenerse en los argumentos de los autores que impulsan este enfoque. Al criticar una concepción del psicoanálisis que, según ellos, se ocupa de un aparato mental aislado, proponen más bien que «el psicoanálisis es único entre las ciencias en la medida en que el observador es también el observado» (Traducción de D.S.), lo que me parece irrefutable. Luego, definen el psicoanálisis «[…] como una ciencia de la intersubjetividad, centrada en la interacción entre los mundos subjetivos —organizados de manera diferente— del observador y el observado [y en la cual] la posición de observación se sitúa siempre dentro del campo intersubjetivo, no fuera de él…» (op. cit., p. 34; traducción de D.S.). Aquí también podríamos coincidir, a primera vista, si no fuera porque los autores ven en ello una razón para rechazar la metapsicología en su conjunto como un simple lastre (Stolorow & Atwood, 1989). Sin embargo, consideran que, en la interacción entre los dos mundos subjetivos «organizados de manera diferente», el mundo subjetivo del analista incluye también la teoría: «Las preferencias teóricas de todo analista (incluidas las nuestras) forman parte de su subjetividad personal, enraizada en sus experiencias vitales formativas», escriben, y añaden: «al reconocer que el impacto del observador y de sus teorías es intrínseco a lo que se observa, el psicoanálisis entra en la era de la relatividad» (Stolorow, Brandchaft y Atwood, 1991, p. 363; traducción de D.S.). Aquí también podríamos aceptar, si se quiere, que las preferencias teóricas del analista están determinadas por su propia organización subjetiva, si no fuera porque los autores no hacen la más mínima distinción entre las teorías personales implícitas e inconscientemente motivadas del analista y la teoría psicoanalítica manifiesta, abierta a la discusión y la confrontación; así, confunden la organización psíquica del analista, que incluye sus propias teorías infantiles, con una teoría general que desde luego puede ponerse a prueba en la experiencia práctica, pero también examinarse críticamente a la luz de principios científicos claros. En ausencia de esta distinción, la relatividad mencionada por los autores conduce a un relativismo teórico, o incluso a un subjetivismo absoluto. Irónicamente, la idea de que el psicoanálisis consiste en la interacción entre dos mundos subjetivos organizados de manera diferente plantea la cuestión de cómo concebir esas diferencias sin sostener, al mismo tiempo, una posición teórica tercera acerca de ellas.
En otro lugar propuse que la confusión entre las teorías (infantiles) que cada uno de nosotros, incluido el analista, lleva en sí y una teoría psicoanalítica abierta a la evaluación crítica extravió al propio Freud en lo que respecta a la feminidad (Scarfone, 2019). Aquí no volveré sobre esta cuestión; simplemente quiero recordar que la subjetividad y la intersubjetividad pueden definirse de muchas maneras, algunas de las cuales dejan la puerta abierta al subjetivismo, es decir, a la afirmación de que la perspectiva subjetiva y la preferencia teórica de uno son tan válidas como las del otro. Si el subjetivismo puede presentarse como el reflejo de la soberanía del sujeto, también abre de par en par las puertas a una ilusión intersubjetiva o colectiva. En efecto, nada impide que dos o más perspectivas subjetivistas confluyan en una ilusión grupal.
Traumatismo y psicología de masas
Esto nos hace volver a la cuestión de la psicología de masas, que no solo es la psicología de un grupo de individuos, sino también una dimensión de la psique individual, cuando esta renuncia al pensamiento crítico en beneficio del lazo libidinal (Freud, 1921, op. cit.). En la concepción de Freud, la psicología de masas se basa en una doble identificación del individuo: con un líder y con los otros miembros del grupo, que comparten el mismo ideal. Cuando prevalece la psicología de masas queda relegado a segundo plano el punto de vista personal y crítico, del que el sujeto puede asumir la responsabilidad después de haber ejercido su juicio. El problema es que ambas posiciones —la ilusión de grupo y el pensamiento crítico— podrían calificarse correctamente como subjetivas, y es lo que solemos hacer espontáneamente porque, en efecto, esas dos posiciones parecen surgir de un mismo sujeto empírico. Pero habrá quedado claro que dicho sujeto no está en la misma posición cuando es portador de la opinión y del punto de vista de la masa que cuando asume la responsabilidad de una posición verdaderamente personal —a la que llega después de un examen crítico profundo de sus propias posiciones—, en contra, si fuera el caso, de la opinión popular. Esto significa que si las opiniones y puntos de vista que forman parte de la subjetividad —y, por tanto, también de la intersubjetividad— pertenecen efectivamente a sujetos en el sentido genérico del término, pueden ser, y con harta frecuencia son, resultado de un lazo libidinal no reflexivo que opera por identificaciones; de modo que no reflejan una posición subjetal, crítica, tal como se definió más arriba. Por consiguiente, la mirada subjetiva obtenida mediante identificación podrá ser fácilmente influida por el mismo lazo libidinal inconsciente que une a los miembros de un grupo o una masa y, por tanto, podrá ser reemplazada por la siguiente opinión en boga. Conocemos las consecuencias desastrosas que ciertas corrientes de opinión, compartidas por una mayoría de la población, tuvieron en el siglo pasado, y actualmente asistimos, en muchos países, al resurgimiento de ese tipo de mentalidad de masa. Una razón más para recordar que la intersubjetividad puede ser engañosa, a menos que con esta palabra se designe claramente el encuentro entre dos “centros de acción descentrados”, en el sentido ya indicado.
Sigamos un poco más a Ferenczi: «cuando el miedo de las víctimas alcanza su punto culminante, las obliga a someterse como autómatas a la voluntad del agresor, a adivinar y satisfacer incluso el menor de sus deseos; olvidándose por completo de sí mismas, se identifican con el agresor» (Ferenczi, 1932, cursivas en el original; traducción de D.S).
Es sorprendente comprobar que la identificación con el agresor descrita aquí se corresponde perfectamente con las identificaciones que actúan en la psicología de masas. Sustituyamos «agresor» por «líder carismático» y veremos que ese mismo fenómeno ocurre en el comportamiento de los miembros de un grupo, que también se someten al líder y actúan sin espíritu crítico, adivinando y satisfaciendo sus deseos y llegando a veces incluso más lejos que él en su extremismo. Ahora bien, no se puede negar que las víctimas descritas por Ferenczi posean una perspectiva subjetiva, solo que esta les ha sido impuesta por una versión violenta de la seducción (Laplanche, 1990); lo mismo ocurre en el caso de los fieles fanáticos que actúan bajo la presión del grupo y bajo el efecto de lo que Freud llamaba el lazo libidinal (es decir, en ausencia de juicio crítico). Todos esos individuos parecen actuar como sujetos y, de algún modo, según una de las definiciones del diccionario, lo son (en el sentido, p. ej. de «súbdito [sujet] de Su Majestad»). Pero lo cierto es que su subjetividad es en gran medida una extensión de la voluntad del líder/seductor al que, según las palabras de Ferenczi, «se someten como autómatas».
Algunas implicaciones clínicas
La distinción entre subjetivo y subjetal me parece válida y útil en general, pero particularmente en el contexto del análisis. Si tenemos en cuenta la observación de Freud (1921) según la cual el vínculo hipnótico es «una formación de masa de dos» (pp. 108-109), es decir, basada en la suspensión del juicio crítico y la idealización del objeto, debemos tener presente que la misma idea se aplica a la situación analítica. La transferencia, con su sustrato libidinal y su idealización del analista, también puede considerarse una formación de masa, en la que la sugestión puede operar fácilmente a menos que el analista se resista activamente a su ejercicio. En efecto, el analista podría ocupar fácilmente el lugar del líder en la masa analítica de dos. Esta es una de las razones por las que comparto los planteamientos de Laurence Kahn (2014), quien considera que los analistas deben desconfiar de sus reacciones empáticas hacia sus pacientes. Y es que, aunque la empatía es inevitable, como fenómeno intersubjetivo tiene el poder de inducir una ilusión compartida en la pareja analítica: la experiencia intersubjetiva corre entonces el riesgo de caer en el intersubjetivismo. Por lo tanto, aunque sea inevitable —y a veces útil—, la empatía no puede ser elevada al rango de método psicoanalítico. Así, distinguir entre subjetivo y subjetal resulta esencial, tanto desde el punto de vista de la ética como de la tarea práctica del psicoanalista. En suma, se trata de establecer el principio de que el análisis está destinado a ayudar al paciente a alcanzar o a recuperar una capacidad de subjetalidad. Lo cual, por otra parte, no requiere más que el método freudiano de análisis. Sin embargo, esto exige que el analista, incluso en presencia de un paciente gravemente traumatizado, se preocupe esencialmente por el sujeto (19). En efecto, siempre es grande la tentación, en parte debido a la respuesta empática del analista, de ver a nuestro paciente esencialmente como víctima (Kahn, 2018), en detrimento de la subjetalidad y de todo lo que esta posición implica en términos de deseos y de responsabilidad.
Retorno a Ella
Aunque generalmente va en contra del comportamiento esperado, la irrupción de la subjetalidad no necesariamente es espectacular. En el caso de Ella, adoptó una forma que, a primera vista, difícilmente podría considerarse una irrupción. Muchos hablarían más bien de regresión a un estado de pasividad. Un día, Ella se quedó en silencio durante los primeros cinco a diez minutos de la sesión. Después, en cada nueva sesión, el período de silencio se alargaba, hasta el punto de que durante dos o tres semanas todas las sesiones transcurrieron en un silencio absoluto. Por razones que no comprendería hasta mucho después, decidí respetar el silencio de Ella durante todo el tiempo que durase. Por supuesto, mientras estaba sentado detrás del diván, se me ocurrían muchos pensamientos y fantasías; a veces me preguntaba qué pensarían mis estimados colegas de mi actitud, si eso era realmente lo que exigía la situación o simplemente estaba fracasando como analista. Tenía la sensación de que Ella estaba desafiando radicalmente el encuadre analítico, la libre asociación, la “cura por la palabra”, ¡y algunos días temía que durara para siempre! Unos meses después de finalizar su análisis, la propia paciente me informó, en una carta, que las sesiones silenciosas y el hecho de que yo las aceptara habían sido determinantes para que saliera de su estado postraumático y de la parálisis intelectual que lo acompañaba. Para un observador externo, su silencio habría parecido un ataque contra el proceso analítico, pero, visto desde dentro y en el après-coup, era un ataque necesario para que Ella recuperara la capacidad subjetal que le había sido negada por los abusos y la postura hipermoralizadora de T. (20)
La distinción entre subjetividad y subjetalidad es incluso más esencial en lo que concierne al traumatismo psíquico, ya que, como vimos, cualquiera que sea su forma manifiesta, quien termina siendo desautorizado [désavoué (21)] es siempre el sujeto. Ahora bien, un paciente traumatizado no pierde su subjetividad. Al contrario, como lo muestra Ferenczi, se produce un poderoso efecto intersubjetivo por el cual la víctima adivina los deseos del agresor y sabe cómo satisfacerlos.
Esto indica claramente que, en su sentido ordinario, la subjetividad no garantiza por sí misma la presencia de un sujeto en sentido pleno. La mayor parte del tiempo estamos inmersos en un estado de subjetividad porque, como dije, sería demasiado exigente mantener constantemente una posición subjetal. La subjetividad, con todas sus trampas, es el funcionamiento de base dentro del cual tan solo pueden producirse momentos subjetales (Chétrit-Vatine, op. cit. passim). Por lo tanto, lo importante es que la subjetalidad esté potencialmente presente, esperando, por así decir, entre bastidores, para manifestarse solo cuando la situación lo exige. Si, como he propuesto, esa potencialidad es lo que el traumatismo psíquico daña de manera más significativa, entonces recuperarse de él implica su reactivación. Afortunadamente, como ha mostrado el caso de Ella, la compulsión de repetición hace que el problema reaparezca en lo actual del análisis a partir de lo vivido en la transferencia, permitiendo así que el trabajo analítico favorezca esa emergencia.
Adendo
Los términos “subjetal” y “subjetalidad” no son nuevos. Mencioné que los encontré en el libro La séduction éthique de la situation analytique de Viviane Chétrit-Vatine (2012). Ella misma los tomó de la analista y filósofa Éliane Amado Lévy-Valensi (1962). Y también los utilizó, aunque en un sentido distinto, el analista francés Raymond Cahn (2016).
Curiosamente, el término subjetalidad fue propuesto de manera independiente por el filósofo chino Li Zehou (1999), en un contexto muy diferente y con otras preocupaciones teóricas, pero con la misma intención de oponerlo a la subjetividad. También es interesante notar que, como sucede a menudo, Li se vio llevado a introducir “subjetalidad” por una cuestión de traducción, creyendo que estaba inventando un neologismo. El problema al que se enfrentó es que, en chino, la palabra “subjetividad” puede traducirse por dos términos: zhuguanxing y zhutixing: «En el primero, guan se refiere a las ideas, y la palabra significa la conciencia del sujeto (el ser humano). En el segundo, ti se refiere al cuerpo; la palabra significa la sustancia material de los seres humanos» (op. cit., p. 174). Así, cuando quiso retraducir del chino al inglés, no pudo utilizar una misma palabra en inglés. Por eso, para zhutixing, Li propuso la palabra “subjectality”. Sin embargo, es evidente que el problema no es estrictamente lingüístico. En efecto, para Li el fundamento de la existencia humana, o su rasgo distintivo, no es la conciencia o el lenguaje (vinculados a guan), sino «la práctica universal y necesaria de la fabricación y el uso de herramientas» (ibíd.). Esto nos interesa en la medida en que la filosofía de Li, sin hacer ninguna referencia a los problemas psicoanalíticos que expuse respecto a la subjetividad y con una concepción diferente de lo que es específicamente humano, no deja de remitir a algo análogo al insistir en la acción del sujeto, una acción que, según él, tiene como resultado «mantener y desarrollar la especie humana» (p. 176).
En el pensamiento de Éliane Amado (1962), «nos parecía que la relación del sujeto con el mundo y con los demás en el diálogo permitía definir la «subjetividad» no tanto como la esencia del sujeto, sino como su trampa esencial» (p. 321). En cambio, para ella el adjetivo subjetal caracteriza el acto de un sujeto que «lleva sus propias categorías al encuentro del objeto, en lugar de proyectarlas en él» (p. 318), y la subjetalidad «sería, al final de un proceso en el que el sujeto se desprende de toda autocomplacencia, la apertura al conocimiento» (p. 326), más aún cuando «Spinoza señalaba que la lengua hebrea designa con una misma palabra el conocimiento y el amor» (p. 314).
Amado continúa diciendo que «la subjetalidad sería una síntesis de la subjetividad y la trascendentalidad, siempre que se entienda la primera como función heurística y la segunda como apertura» (p. 319). Todo esto, me parece, resuena bien con la concepción de Li Zehou de un sujeto destinado a «mantener y desarrollar la especie humana» (op. cit.).
Notas
(1) ✶«Traumatisme, subjectivité et subjectalité» (2021), en Revue Belge de Psychanalyse N°85, 2024. Traducción: Deborah Golergant.
(2) Aunque pertenece a un paradigma completamente diferente, aquí podría invocarse la noción de intrusión de Winnicott.
(3) Debo a los comentarios de mi colega y amiga Avgi Saketopoulou la presente formulación de la relación entre implantación e intromisión. Esto no deja de recordar la “violencia primaria” de Aulagnier (1975).
(4) «There is a crack, a crack in everything; that’s how the light gets in.» (L. Cohen, Anthem).
(5) Para ser más exacto, debería decir “transductiva”, pero no dispongo del espacio para explicitar la diferencia entre estos términos y aquí no es indispensable hacerlo.
(6) Pongo «leves» entre comillas porque, cualquiera que sea la patología que se presente, un análisis suficientemente avanzado terminará por alcanzar los procesos psíquicos que ponen en evidencia la repetición y el fracaso de la representación.
(7) Que Freud considere la repetición como un indicador de la pulsión de muerte es una historia complicada que no puedo abordar aquí.
(8) Es lo que la socióloga Zeynep Tufekci destacaba en su artículo del 24 de marzo de 2020, donde ya denunciaba los errores estratégicos del sistema sanitario estadounidense frente al COVID-19 por apostar demasiado por la eficacia (que implicaba el menor coste posible) frente a la redundancia, más cara pero mucho más segura. Véase «It Wasn’t Just Trump Who Got It Wrong», The Atlantic, 24 de marzo de 2020 (https://www.theatlantic.com/technology/archive/2020/03/what-really-doomed-americas-corona-virus- response/608596/)
(9) Al menos si nos atenemos a una concepción rigurosa del traumatismo psíquico.
(10) En el original: «entre “moi” et “je”». Ambos términos se traducen por “yo”; cuando corresponde a moi —yo como instancia psíquica—, distinguimos este uso mediante un determinante (“el yo”, “un yo”…) o, si este no aparece —como en la frase que da lugar a esta nota—, mediante mayúscula (“Yo”) [N. de T.].
(11) Aquí D. Scarfone sustantiviza también el “je” francés, por lo que, en estas líneas del texto, conservamos entre corchetes los términos franceses originales. [N. de T.].
(12) Me enteré de la existencia del concepto de subjetalidad gracias a Viviane Chétrit-Vatitne, quien, a su vez, lo toma del pensamiento de Éliane Amado Lévy-Valensi (1962).
(13) La fuente etimológica de “crítica” es el verbo griego krinein que significa separar, decidir, juzgar.
(14) Este neologismo combina la idea de un impase o atolladero con la de una vivencia insensible al paso del tiempo. [N. de T. ].
(15) Pero notemos que este fragmento fue añadido por Freud en la reedición de 1915.
(16) Véase Paul Denis, 1997.
(17) Doy a la palabra “acción” el mismo significado que Hannah Arendt en La condición humana (1958).
(18) Véase «À quoi œuvre l’analyse?», in Scarfone, D. (2012).
(19) Es interesante observar que esto tiene cierta resonancia con otra postura intersubjetivista, la expuesta por Jessica Benjamin (2018) en términos de reconocimiento mutuo, pero aquí no puedo desarrollar esta cuestión.
(20) El silencio de Ella puede verse como la “destrucción” necesaria del objeto, el cual, según Winnicott (1968), debe ser capaz de sobrevivir a ella.
(21) Este término también puede significar “rechazado”, “desacreditado” o “negado”. [N de T.].
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Resumen:
Adoptando una posición crítica respecto a las tendencias contemporáneas del psicoanálisis en materia de trauma, el autor aborda el problema del trauma psíquico principalmente desde el punto de vista de su incidencia en la condición de sujeto del paciente. Después de haber interrogado las nociones de sujeto y subjetividad, el autor ilustra la utilidad de la noción de “subjetalidad”, definida como un momento crítico de la subjetividad, necesario para elaborar las consecuencias del trauma. Se ofrece una ilustración clínica.
Palabras clave:
Trauma, subjetividad, intersubjetividad, subjetalidad, metapsicología.
Deborah Golergant
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«Traumatisme, subjectivité et subjectalité» (2021), en Revue Belge de Psychanalyse N°85, 2024.